Un día 15 de mayo de 2002, Glasgow, Escocia, estadio Hampden Park, ante 50.499 espectadores, un francés construyó la obra de arte más hermosa de la que tenga recuerdo en vida.
El artista de dicha creación es un francés llamado Zinedine Zidane. Que sea francés es una coincidencia del destino, porque de no haber sido por la guerra de Argelia de principios de los 60, sus padres seguramente no habrían emigrado a Francia. La situación vivida por los Zidane es la que han pasado miles de personas a lo largo de la historia que deben abandonar su país de origen por conflictos políticos.
En ese momento histórico, las fuerzas del Frente de Liberación Nacional argelino luchaban contra los colonizadores franceses para lograr su independencia. Fue una guerra brutal, donde sólo en el frente independentista murieron más de 500.000 argelinos. Curiosamente, los métodos de tortura utilizados por los franceses en aquella guerra fueron enseñados posteriormente en la Escuela de las Américas, en cuyas aulas se "instruyeron" los principales militares golpistas latinoamericanos que comandarían los organismos de represión durante la década de los 70 en nuestro continente.
Los Zidane se instalaron en Marsella, en los suburbios populares donde se radicaban los inmigrantes africanos en aquel entonces. Un 23 de junio de 1972, nace Zinedine, el tercero de cinco hijos que tendría la pareja.
El mito dice que en sus comienzos no le llamaba la atención el fútbol, prefería practicar otros deportes como el badminton o el judo, pero un día su afición por los deportes cambió radicalmente a uno sólo: el balompié. ¿Cómo pasó eso?
En su ciudad natal el equipo más popular es el Olympique de Marsella. Sus hermanos y amigos lo invitan un día a ir al Velodrome a ver al club local. "Vamos mon frère, que se arma lindo en el estadio, que hay buen ambiente en serio, te va a gustar y después no vas a parar de ir", le dijeron para convencerlo. Zizou, un tanto escéptico con la invitación, aceptó ir al coloso marsellés, pero sólo si le pagaban la entrada. Su hermano mayor se la jugó, le compró la entrada que estaba a dos francos en la galería y le regaló un helado de caramelo.
El diez de ese equipo era Enzo Francescoli, un uruguayo con una técnica fuera de serie, un verdadero artista en el campo de juego. Zidane quedó fascinado con él y es ahí donde tomó la que, para todos los amantes del fútbol, es la mejor decisión que pudo haber adoptado: "Yo quiero ser como el Enzo, seré futbolista", le dijo a su hermano que lo había invitado al estadio, quien le respondió irónicamente: "Sí, seguro tú vas a llegar a ser igual de bueno que el Enzo.".
Por suerte, el ninguneo del cual fue víctima por parte de su núcleo familiar no fue obstáculo para que comenzara a jugar. De chico siempre fue un crack, destacaba por sobre sus compañeros, tenía buen porte, controlaba bien el balón, tenía potencia en su remate y era líder. Se echaba el equipo al hombro, mostrando una actitud poco usual en un adolescente.
Comenzó en el Cannes, conjunto en el cual debutó en la Ligue 1 el año 1989 con solo diecisiete años de edad. De la ciudad costera del sureste del territorio francés se cambió al suroeste, específicamente a Burdeos, donde vistió la camiseta del Girondins. Fue ahí donde adquirió reconocimiento en el concierto europeo, llamando la atención de la Juventus de Turín, que lo fichó en 1996.

El flaco no estaba para cosas chicas, sabía que podía jugar a gran nivel y lo demostraría. Cuando llegó al cuadro turinés fue lo máximo para él, jugaría con la crème de la crème del fútbol mundial. Competiría con un tal Alessandro Del Piero, un chico italiano que tenía una calidad magistral. Estaba contento y dispuesto a aprovechar esa chance, consciente de que tenía que sacrificarse porque quería ser el mejor.
Desde aquel entonces, los fanáticos del fútbol nos deslumbramos semana a semana con lo que Zinedine mostraba en el campo de juego. Se ponía la 10 del club más grande de Italia, se ponía la 10 de la selección francesa y parecía que estuviera jugando al futbolito con sus amigos del barrio en Marsella. Hacía lo que quería en la alta competencia, lo marcaban los mejores defensores del mundo y el tipo se los pasaba como si fueran conos de entrenamiento. Además de ser eficaz, de llevar a sus equipos a la victoria, el tipo era elegante; su fútbol era puro glamour.
Tenía nueve años en esa época en que Zidane jugaba para la Juve. Mis primeros recuerdos datan de partidos de Liga de Campeones de la temporada 1996-1997, donde la Juventus accede a la final y pierde con el Borussia Dortmund. Yo quedé alucinado con el 21 de los bianconeri, lo encontraba extraordinario y para mí pasó a ser el mejor del mundo de inmediato. En esa época a todos les gustaba Ronaldo, por ende, decir que Zidane era mejor y explicar las razones que me llevaban a esa conclusión resultaba prácticamente imposible, porque carecía de las herramientas argumentativas necesarias para convencer a los demás de porqué el francés era el número uno.
Todos esos conflictos que me atormentaban en mi niñez se resuelven cuando Zidane hace los dos goles en la final del Mundial 1998, donde fue la gran figura de la competencia y llevó a Francia a ganar su primera Copa del Mundo, pero además le había ganado la final a Ronaldo, que para mí a los nueve años fue lo máximo porque podía llegar al colegio al día siguiente, mirar a los que me habían considerado un loco por juzgarlo mejor que el crack brasileño y decirles escuetamente "chúpenla". ¡Como grité los goles de Zidane en esa final!
Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, estaba obsesionado con él. Intentó ficharlo el año 2000, cuando asumió la presidencia del club merengue pero no le resultó, por lo que terminó contratando a Figo. Al año siguiente, volvió a la carga. La historia dice que se encuentran presidente y jugador en una cena en Montecarlo. Florentino, cual galán de película romántica, le escribe en una servilleta una propuesta decente "¿Zinedine, quieres jugar en el Real Madrid?", a lo que el jugador respondió escuetamente "Oui". Dado que Pérez no sabía francés, pidió la traducción a uno de los comensales y éste le tradujo al español, indicándole que su respuesta era Sí.
Zidane venía de ser elegido mejor jugador del mundo por la FIFA los años 1998 y 2000, de ganar un Mundial y una Eurocopa con su selección, de ganar todo a nivel local con la Juventus, pero tenía una obsesión: la Champions League. Así que le pusieron la oferta sobre la mesa y no lo pensó dos veces, clavó la millonaria y se puso a las órdenes del bigotón Del Bosque.
Al comienzo de la temporada se pensaba que el Real Madrid ganaría la liga local trotando, la Copa del Rey caminando y que la Champions era el único torneo en que podría encontrar problemas. Nada más alejado de la realidad, porque fue una temporada que, si bien terminó con un final feliz, tuvo varios infortunios. La Liga la ganó el Valencia, quedando el Real Madrid tercero a nueve puntos del conjunto che. En la Copa del Rey, perdió la final en el mismísimo Santiago Bernabeú por 2-1 ante el Deportivo La Coruña, hecho recordado como "El Centenariazo", porque el club merengue celebraba cien años de vida. Con la Liga y la Copa perdidas había que poner todas las fichas a la Champions League.
Tras sortear una doble fase de grupos en la competición continental, el Real Madrid se encontró con el Bayern Múnich en cuartos de final y el Barcelona en semifinales, a quienes despachó para acceder a la final con el sorprendente Bayer Leverkusen, que había derrotado al Liverpool y al Manchester United.
Ante el Barcelona en semifinales, Zinedine se encargaría de exhibir una de sus obras artísticas. Partido de ida en el Camp Nou, Barcelona asediaba el arco madrileño, querían sangre y acorralaban a su presa para conseguir la recompensa del gol. Era el estilo inculcado por Luchito Van Gaal, quien muchos creyeron que iba a ser un Cruyff 2.0, pero lejos estuvo de aquello.
En el minuto 55 de partido, Raúl González Blanco se aprovecha de que los catalanes estaban jugando con la línea defensiva adelantada y cambia el balón hacia a la izquierda de la ofensiva madrileña, porque intuye que viene él, cabalgando en su propio Marengo, atacando tropas españolas como lo hiciera Napoleón hace doscientos años, con pleno conocimiento de que era el único que podía terminar la acción con éxito. Zidane recibe con campo abierto, controla, conduce; un futbolista común y corriente define a un costado, él se la picó al arquero. 1-0 y el campo del Barcelona enmudecido.

El día de la final en Escocia se presentía que iba a pasar algo histórico. La campaña del Bayer Leverkusen lo era de por sí, pero faltaba algo más, algo por lo que todos los amantes del fútbol recordaríamos ese último juego en Glasgow eternamente. Y ocurrió de la mano del maestro francés.
A los 11 minutos de juego ambos equipos habían anotado. Raúl para los blancos y Lucio para los alemanes. El partido estaba entretenido porque David se atrevió y enfrentó a Goliat de igual a igual. Zizou estaba sorpresivamente apagado, no se le veía inspirado, el artista daba vueltas y vueltas buscando iluminación, miraba el cielo pidiendo una señal, rogaba "Dios mío, ayúdame a encontrar el camino de salvación para mi ejército de hombres de buena fe".
Y la señal desde el cielo le llegó, pero no fue precisamente Dios quien acudió a su llamado, sino que Roberto Carlos. Primer tiempo ya terminaba, Solari envía un pase en profundidad al correcaminos carioca, quien llega a línea de fondo y envía un balón alto al área del Leverkusen. Zizou acudió a su llamado, se posicionó, fijó su mirada en el balón y en cuanto éste caía a su posición remató una volea con pierna izquierda que se clavó en el ángulo. GOLAZO. Señoras y señores, nace el "Zidanismo" (movimiento artístico postmodernista que surge a mediados de la década del 90 en Europa, cuyo auge se encuentra a principios de la década del 2000).
Todo lo que rodea ese gol es arte puro. En primer lugar, la postura adoptada por el artista cuando el balón se encuentra en el aire, en segundo lugar, el movimiento corporal que el artista realiza al momento de impactar el balón y, por último, el resultado que se obtiene una vez que remata, donde la precisión se mezcla con la magia, la ciencia con el arte, lo objetivo de colocar el esférico en el ángulo del pórtico rival para conseguir anotar con lo subjetivo de la belleza en la ejecución del disparo.
Como era un tipo llamado a hacer historia donde fuera que jugara, Real Madrid logró su novena Champions League gracias a esa volea alucinante. 2-1 terminó en Glasgow y se desató el carnaval en la capital española. Con ese tremendo remate el tipo marcó un antes y un después en la concepción del deporte rey como una mera disciplina deportiva para que el mundo se cuestionara si también podía ser entendido como una expresión de la creatividad del ser humano.
En lo personal, no concibo el arte francés a través de un cuadro de Claude Monet, de una canción de Edith Piaff o de una obra literaria de Jean Paul Sartre; lo concibo a través del fútbol de Zinedine Zidane, cuya máxima exhibición artística tuvo lugar aquel 15 de mayo de 2002 en el museo de Hampden Park en Glasgow.
Si a la gente le siguen surgiendo dudas acerca de si estamos o no en presencia de un artista, recuerde lo que hizo en su último partido como profesional. En la final del Mundial 2006 que disputó con su selección, asumió la responsabilidad de patear un penal a favor de su equipo, teniendo al frente al mejor arquero del mundo Gianluigi Buffon. Cualquiera hubiera definido a uno de los costados con fuerza, pero él no era así, él se la picó al arquero.
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