Un día 17 de diciembre de 1997, Buenos Aires, Argentina, barrio de Núñez, estadio Monumental Antonio Vespucio Liberti, ante 81.521 espectadores, un chileno hizo historia.
José Marcelo Salas Melinao nació en Temuco un 24 de diciembre de 1974. La dictadura militar que se había tomado el poder en Chile estaba fresca, sembrando el terror a lo largo y ancho del país, pero al menos aquel día los problemas que había en la sociedad civil fueron dejados de lado donde los Salas Melinao para recibir la buena nueva del nacimiento de quien es, para mí, el mejor delantero chileno de la historia.
Le gustó el fútbol desde pequeño y se hizo bueno para la pelota. Siempre prefirió jugar adelante y era eficaz, porque metía hartos goles. Su arma mortal era la zurda, de chico siempre tuvo un guante en esa pierna. Menos mal que los agentes de la DINA y la CNI nunca se dieron cuenta de lo peligrosa y revolucionaria que llegaría a ser esa izquierda, porque seguramente la habrían buscado reprimir también.
Imagínese lo que hubiese sido de la infancia de todos aquellos que nacimos entre fines de los 80 y principios de los 90 sin esa sinistra en los campos de fútbol. La mía, sin lugar a dudas, habría sido distinta.
Inició su carrera en la Universidad de Chile, resultando clave en el torneo nacional de 1994 en el que su equipo volvió a erigirse campeón después de 25 años de sequía, consagrándose como el gran goleador del conjunto universitario. Esa temporada, con sólo 19 años, metió 27 goles en el campeonato y no salió pichichi porque la Universidad Católica tenía al Beto Acosta que logró 33.
Jovencito se robó el corazón de toda la hinchada azul, quedando en la retira lo ocurrido en la fecha 27 de la Premier League chilena de aquel año. Estaban empatados en puntos con la Católica y jugaban el clásico universitario. El contexto que rodeó el partido fue muy interesante, porque la prensa de la época le buscó dar una connotación socio económica a la rivalidad deportiva, presentando el juego como una lucha de clases, entre los cruzados millonarios que habían armado un plantel para ganar la Copa Libertadores con tres seleccionados argentinos como sus principales estandartes versus la popular escuadra bullanguera que se armó a pulso y que sustentaba su poderío en las fuerzas juveniles bajo el liderazgo de una vieja gloria de Paraguay como lo fuera Rogelio Delgado.
Jovencito se robó el corazón de toda la hinchada azul, quedando en la retira lo ocurrido en la fecha 27 de la Premier League chilena de aquel año. Estaban empatados en puntos con la Católica y jugaban el clásico universitario. El contexto que rodeó el partido fue muy interesante, porque la prensa de la época le buscó dar una connotación socio económica a la rivalidad deportiva, presentando el juego como una lucha de clases, entre los cruzados millonarios que habían armado un plantel para ganar la Copa Libertadores con tres seleccionados argentinos como sus principales estandartes versus la popular escuadra bullanguera que se armó a pulso y que sustentaba su poderío en las fuerzas juveniles bajo el liderazgo de una vieja gloria de Paraguay como lo fuera Rogelio Delgado.
Ese día se vio un festival de patadas, balones sacados en la línea, expulsiones controversiales y muchas contusiones, tanto físicas como emocionales. A diez minutos del final apareció el Matador, para controlar un centro enviado por el cirujano Víctor Hugo Castañeda y definir el partido más importante, seguramente por todo lo que se jugaba, de esa década. Eso permitió a la U sacarle dos de diferencia a la UC en la tabla de posiciones y llevarse el trofeo nuevamente tras un cuarto de siglo. Pensar todo lo que logró Salas con sólo 19 años te hace cuestionarte tu existencia: ¿en qué mierda estaba yo a esa edad?.

Los que lo recordamos concluimos que ese era un fútbol chileno muy distinto. El auge económico de los años noventa permitió que los equipos se reforzaran con futbolistas de primer nivel. Los tres grandes tenían como sus estrellas a tipos que habían vestido la camiseta de la Selección Argentina: Colo Colo tenía a Marcelo Espina, la U de Chile a Leo Rodríguez y la Católica a Sergio Vásquez, Gorosito y Acosta. Y no venían en el ocaso de su carrera, sino que cruzaban la cordillera en el mejor momento. Lo mismo a nivel de jugadores jóvenes que aparecían. Los azules sacaban un Salas, los cruzados un Rozental (que iba para ser igual que Salas) y los albos tenían un Manuel Neira y Héctor Tapia, que están un escalafón abajo de los dos anteriores, pero eran muy buenos delanteros también.
Una época donde los equipos de fútbol en Chile funcionaban como clubes deportivos, con muchos desórdenes a nivel económico, pero donde la prioridad era armar planteles competitivos y fomentar el desarrollo de jugadores jóvenes, cosa que se pierde con la irrupción de las sociedades anónimas deportivas. Como es más profesional todo, se juega por dinero principalmente, quedando la pasión en un segundo plano. En aquel entonces no se sabía si te iban a pagar el sueldo a fin de mes, pero los tipos se mataban en la cancha igual. Había que representar ciertos colores y ganar por un tema de honor, no por el premio metálico que te llegaba por levantar la copa.
El Matador era igual que todos, tranquilo, disfrutando con su grupo de amigos y con la ilusión permanente de hacer historia. De chico se creyó el cuento, no tenía un gran porte pero sabía que tenía cualidades de sobra para destacar en la liga chilena, y si salía algo afuera, iba con toda la personalidad a sacarlo adelante.
Una época donde los equipos de fútbol en Chile funcionaban como clubes deportivos, con muchos desórdenes a nivel económico, pero donde la prioridad era armar planteles competitivos y fomentar el desarrollo de jugadores jóvenes, cosa que se pierde con la irrupción de las sociedades anónimas deportivas. Como es más profesional todo, se juega por dinero principalmente, quedando la pasión en un segundo plano. En aquel entonces no se sabía si te iban a pagar el sueldo a fin de mes, pero los tipos se mataban en la cancha igual. Había que representar ciertos colores y ganar por un tema de honor, no por el premio metálico que te llegaba por levantar la copa.
El Matador era igual que todos, tranquilo, disfrutando con su grupo de amigos y con la ilusión permanente de hacer historia. De chico se creyó el cuento, no tenía un gran porte pero sabía que tenía cualidades de sobra para destacar en la liga chilena, y si salía algo afuera, iba con toda la personalidad a sacarlo adelante.
Tras un nuevo título local en 1995 y una Copa Libertadores donde la U alcanzó las semifinales, en una eliminatoria donde cayeron con River Plate, que pasó a la posteridad por el robo con violencia sancionable con al menos una pena de presidio perpetuo simple de la cual fueron víctima los azules en el Monumental de Buenos Aires. Enojado, el once universitario pateaba las puertas de los camarines del coloso del barrio de Núñez, furioso con el arbitraje, maldiciendo a sus rivales, sin imaginar que en las tribunas muchos habían quedado impresionados con su calidad.
La historia cuenta que primero lo fue a mirar el archirrival Boca Juniors, pero un catedrático del fútbol argentino como Carlos Salvador Bilardo rechazó su contratación diciendo “nunca un chileno ha triunfado en Argentina”. Ahí el profe se anduvo equivocando más o menos, pero errar es humano y no haber creído en el Matador tendría sus consecuencias, especialmente negativas para la institución que en ese momento él dirigía.
El destino quiso que llegara a River. Lo cerraron en 2,5 millones de dólares, un billetón para esa época en América, por lo que la expectativa en torno al Matador era importante. Era una inversión fuerte, por lo que muchos dirigentes se preguntaron “¿no la habremos cagado trayéndonos a este chico al club?”, "hay tanto pibe bueno en la Argentina y venimos a apostar por un chileno". Mira que había que reemplazar nada más ni nada menos que a Hernán Crespo.
Por fortuna para la banda sangre, Salas la rompió toda e hizo historia, convirtiéndose en una leyenda viva para el cuadro millonario.
Como para empezar, el tipo debutó en las redes en el fútbol argentino en un clásico ante Boca Juniors en la Bombonera. De entrada se manda esa. El muchacho problemas de confianza no tenía, y eso que competía puesto con el jardinero Cruz, Cardetti, Rambert o Juan Pablo Ángel, y a todos los dejó viendo sus goles desde la banca.
Salas era un jugador que se sabía mover por todo el frente de ataque, con un oportunismo único, aprovechando cada pelota que rondaba el área rival, con una técnica increíble, un enganche hacia adentro que dejaba pagando a los mejores defensas del mundo y como si eso fuera poco, además tenía buena elevación para cabecear.
En el primer torneo que jugó, en el partido definitorio por la liga ante Vélez Sarsfield metió dos de los tres goles de su equipo. Al año siguiente lo ganaron todo a nivel local y consagraron su temporada con la obtención de la Supercopa Sudamericana. Era un plantel bestial. Al arco jugaba Burgos, los centrales eran Celso Ayala y Berizzo, jugaba Sorín, Solari, Astrada, muñeco Gallardo y Salas hacía dupla de ataque con Francescoli. Sin vergüenza se pasearon con ese desfile de cracks por todo el continente.

En el segundo semestre de 1997, River se encontraba disputando la mencionada Supercopa, torneo que concentraba a todos los ganadores de la Copa Libertadores. Después de una fase de grupo donde brillaron con luces propias, River accedió a semifinales, donde se encontró con Atlético Nacional de Medellín. ¿Y qué pasó? River triunfó en la eliminatoria ganando 2-0 en casa, con dos dianas del Matador. El segundo gol merece un relato aparte:
“La jugada transcurría por el costado derecho del ataque del Atlético Nacional, cercano a la mitad de la cancha. El lateral colombiano impacta el balón para buscar un compañero en mitad del terreno de juego, obteniendo como respuesta el anticipo felino del Matador, quien controla, deja picar el balón y clava un zurdazo de 35 metros, que pilla adelantado al arquero y se mete en el fondo de la red”.
Después de ese golazo se caía el estadio. La gente no entraba en razón con lo que estaba haciendo Salas en la cancha. El chileno había metido goles de derecha, zurda, cabeza, tanto fuera como dentro del área, pero anotar desde esa distancia era mucho. Y eso fue solo el anticipo de lo que vendría.
La final de ida de dicha Copa había concluido sin goles en São Paulo, por lo que todo se habría de definir en Buenos Aires. De capital a capital, de la fiesta brasileña a la pasión argentina. Uno de los dos se llevaría el título. Ambos habían exhibido argumentos de sobra para coronarse.
São Paulo había aniquilado a Colo Colo en semifinales, por lo que, independiente de no haber podido superar al cuadro argentino en la ida, los paulistas se tenían toda la fe.
En Argentina, el primer tiempo fue friccionado. No se sacaron ventajas. Salas dio y recibió, era guapo, no le importaba nada, algo le decía que esa noche haría historia, lo sentía en el estómago, "hoy la hago" pensaba. Cuando terminó el primer tiempo se fue caliente, brazucas conchas de su madre, le dolía todo, tenía unas ganas de ir a romperle el culo a patadas a los defensores rivales, pero se focalizó y pensó callado “lo mío es hacer goles y es así como les voy a devolver todas las patadas que me pusieron en el primer tiempo”.
Nada más comenzada la segunda etapa, Salas roba un balón en tres cuartos de cancha, combina con Gallardo mientras pica al vacío, el Muñeco avanza y ve a su derecha al Enzo, le toca el balón y acto seguido se come una patada descomunal, el árbitro deja seguir, el uruguayo mira al área, ve al shileno y centra, quien controla y tras un rebote logra quedar con el arco a su disposición para convertir el 1-0. Estalla el Monumental, River pasaba a ganar la final gracias a su ariete venido de la región de la Araucanía.
10 minutos después del primer gol del Matador, São Paulo empata. El estallido inicial muta a un silencio sepulcral, había nerviosismo ante la incertidumbre de qué pasaría, algunos pesimistas presagiaban lo peor, pero otros confiaban en él y sabían que aparecería.
Si bien sabían que algo haría nunca se imaginaron que sería tan solo 120 segundos después. Minuto 58 de partido, pase en profundidad buscando a Salas, control de zurda, pasa un defensor, queda de cara al arco pero ve que viene otro defensor, nuevo enganche de zurda, pasa de largo el segundo defensor, panorama despejado, tiro mordido de derecha que supera al arquero y a gritarlo: ¡Salas y River campeón, Salas y River campeón!.

Los millonarios tuvieron oportunidades de sobra para ampliar el marcador, pero no concretaron ninguna más. La historia estaba escrita y no quería otro héroe. Aquel día no solo se derribó el mito de que nunca un chileno podría triunfar en Argentina, aquel día no solo Salas se convirtió en leyenda de River, sino que aquel día tuvo lugar un hito en la historia del fútbol donde nos sentimos orgullosos de ser chilenos.
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