Un día 3 de junio de 1997, Lyon, Francia, estadio Gerland, ante 30.000 espectadores, tuvo lugar el mejor gol de tiro libre de la historia, convertido por un lateral brasilero que implantó un sello propio a la hora de patear el balón.
Roberto Carlos da Silva nació en Sao Paulo el día 10 de abril de 1973. En aquel entonces, Brasil vivía en una dictadura militar iniciada en 1964, que derrocó al distinguido Joao Goulart. Para 1973 gobernaba Emilio Garrastazu Médici, año que sería particularmente especial para él, porque celebró el cierre del acuerdo con el gobierno de Paraguay para la construcción de la represa de Itaipú y el golpe de estado en Chile contra Salvador Allende, proceso en el cual llegó a ofrecer apoyo de tropas brasileras para su materialización. Dentro de las malas, cuenta la crisis del petróleo de ese año, que desencadenó en una deuda externa y un gasto público desbordado para su país.
Emilio es una de esas blancas palomas que abundaban en el cono sur del continente americano en la segunda mitad del siglo XX, que luchó por un mundo mejor mediante la tortura y aniquilamiento de las personas que pensaban distinto a él. Me corre una lágrima al recordar a Garrastazu Médici. Un merecedor del Premio Nóbel de la Paz que falleció en el más absoluto olvido de su gente, la cual apareció hace un par de años para elegir a otro mensajero de la vida, llamado Jair Bolsonaro.
Mientras el pueblo brasilero convivía con una dictadura militar, la cuota de alegría la daba la seleçao. Iniciada la década de los 70, habían ganado el título mundial de fútbol en México, mostrando un nivel superlativo, con una táctica que incluía cuatro números 10 y que para muchos expertos ha sido el mejor campeón de la historia.
El fanatismo estaba desbordado, los bebés eran expulsados de las vaginas de sus madres y antes de entregarles una mamadera, les pasaban una pelota de fútbol. Daba lo mismo si el niño aprendía a caminar, porque si no era capaz de dominar el balón, no había razón para que la naturaleza lo hubiese enviado al mundo con esas extremidades.
Roberto Carlos se crió en la ciudad paulista de Garça, donde los niños empezaban a practicar fútbol antes de que les sacaran los pañales. De pequeño era muy simpático, bueno para hacer bromas, motivo por el cual siempre lo invitaban a jugar a la pelota. El líder del barrio decía: "Si quieren no se la pasen al enano, pero llevémoslo porque es divertido después del partido".
El pobre sufría discriminación de sus amigos por su estatura, situación que se agudizó con el tiempo. A los 10 años unos pocos se habían pegado el "estirón", a los 12 varios más habían crecido y a los 15 todos eran más altos que él. Un frustrado Roberto llegó a su casa un día y le dijo a su padre:
"Pai, estoy muy triste. Todos mis amigos crecieron y yo tengo el mismo tamaño que hace cinco años. Me molestan en la escuela porque soy bajo, mis amigos tienen barba y yo no tengo pelos ni en la axila. Aparte que tú sabes que mi sueño es ser jugador de fútbol y nadie me va a tomar en cuenta con este porte".
Cuando Óscar da Silva escuchó lo que le dijo su filho Roberto, supo que tenía que darle un consejo con la sabiduría que la situación requería. Tras una breve pausa, pensando bien las palabras que utilizaría para no herir sus sentimientos, le respondió:
"¿Eres tonto o qué?. Primero, acéptate como eres. Agradece que te sale pelo en la cabeza porque todos somos lampiños en esta familia. Y segundo, si quisieras jugar al medio te creo que necesites altura, pero por la banda no es necesario. ¿O tú crees que Garrincha medía dos metros?. Ahora ándate castigado a la playa a correr 10 kilómetros y quiero que llegues en media hora".
Esa profunda conversación con su padre le hizo reforzar su autoestima y entender que el tamaño no era obstáculo para que fuera exitoso en el mundo del fútbol. Se decía a sí mismo en reiteradas ocasiones: "soy chico, pero soy rápido y le pegó fuerte a la pelota".
Era zurdo y le acomodaba más jugar por esa banda que por la derecha. Siempre le llamó la atención como jugaba Junior y después Branco, lo que terminó por convencerlo de elegir como camino de vida el puesto de lateral por la izquierda. En Brasil la competencia era brutal, por lo que tenía que mostrar una dedicación única en el perfeccionamiento de los atributos que le permitiesen desempeñarse en ese lugar en la cancha.
Desde juvenil tuvo condiciones naturales que lo hicieron distinto al resto. A los dieciséis años formaba parte de la selección brasilera sub 20. A los diecinueve jugaba en el Atlético Mineiro, donde fue visto por el Palmeiras, quien lo contrató a la temporada siguiente. Con tan sólo veinte otoños, Roberto Carlos se hacía dueño de la banda izquierda del club paulista, exhibiendo un nivel superlativo en un Brasileirao de alta gama, que tenía entre otros equipos al Sao Paulo bicampeón de Copa Libertadores.
Con el Verdao ganó el Brasileirao en las temporadas 1993 y 1994. En aquel entonces, dicha competencia contemplaba la existencia de una final para dirimir al campeón. En el año 1993, Palmeiras disputó el título con Vitoria, a quien derrotaron 1-0 en Salvador y 2-0 en Sao Paulo. Además de Roberto Carlos, ese plantel contaba con un mediocampo conformado por César Sampaio, Mazinho y Zinho, estos dos últimos campeones del mundo en 1994, dejándole la responsabilidad de hacer los goles a Edmundo.

Al año siguiente, enfrentaban el torneo local con la esperanza de repetir el título. Habían fallado en la Copa Libertadores, dado que Sao Paulo los eliminó en octavos de final, por lo que querían entregarle una alegría a su gente después de esa decepción. Terminó el Mundial de 1994, todo Brasil celebraba la obtención de una nueva Copa del Mundo, pero a Palmeiras se le venía la noche, porque las grúas del fútbol europeo le quitaban a su pilar en el medio terreno: Mazinho fichaba por el Valencia.
Los rivales miraban al Palmeiras muertos de la risa, les habían quitado a su tapón de la mitad de cancha y serían un pasadizo para los volantes ofensivos y delanteros rivales. Al final fue el Verdao quien se rió último, porque con ese dinero se trajeron a dos jóvenes promesas: Flavio Conceicao de Río Branco y Rivaldo de Mogi Mirim. Y el segundo sería determinante en la final de ese año.
Palmeiras accedía a la instancia decisiva del Campeonato Brasilero nuevamente, pero en este caso su rival sería uno de sus principales enemigos de ciudad: Corinthians. Ambos partidos se jugaron en el Morumbí, por lo que no hubo visita y local. El primer duelo fue ganado por el Verdao 3-1 y el segundo terminó empatado a 1. Tres de los cuatro goles anotados por el ganador en la serie fueron obra del joven Rivaldo.
En el verano europeo de 1995 se producía un hecho que marcaría la carrera del garoto paulista. Llegaba a la presidencia del Internazionale de Milán un empresario llamado Massimo Moratti. El tipo quería convertir al neroazzurri en algo similar a lo que Silvio Berlusconi había logrado con el AC Milan. En su primera temporada al mando del club decidió fichar al experimentando mediocampista inglés Paul Ince, y a dos prometedores laterales sudamericanos que deslumbraban en sus respectivas ligas: Javier Zanetti y Roberto Carlos.
En el Inter no le fue tan bien porque se encontró con un testarudo Roy Hodgson que insistió en ubicarlo en el mediocampo, cuando el hombre era lateral y siempre había jugado ahí. La relación entre el garoto y el gentleman no fue para nada buena, lo que llevó a la salida de Roberto Carlos al Real Madrid, con la venia del DT inglés, dentro del marco de la operación que llevó a Iván Zamorano, delantero merengue, al club italiano.
Y lo que fue RC3 en el Real Madrid es historia conocida. Ganó tres Champions League, numerosas ligas y copas del rey, se adueñó de la banda izquierda por una década y formó parte del glorioso equipo de los Galácticos, donde tuvo el honor de compartir cancha con jugadores del calibre de Ronaldo, Zidane, Figo, Hierro y Raúl, entre otros.
Era un lateral muy veloz, técnicamente extraordinario, con una incorporación en ataque siempre peligrosa, ya sea mediante centros o disparos al arco, que compensaba su baja estatura con potencia, fuerza y rapidez, tanto mental como física. Su principal virtud era la violencia de su remate, cualquier pelota parada o balón suelto cercano al área rival era el élixir para él y para todos los amantes del fútbol, porque se sabía que venía un golazo. Asimismo, impactaba la curvatura que tomaba la bola cuando él le pegaba. Años después confesaría que la clave fue el trabajo muscular que desarrolló durante su carrera, especialmente a nivel de muslo.
Su idilio amoroso con la selección de Brasil comenzó en 1995. Un año antes, el número 6 quedaba libre, dado que Branco había anunciado su retiro de la caraninha tras el Mundial de 1994. Para Mario Zagallo fue una noticia maravillosa, porque no existiría obstáculo para poner a Roberto Carlos, a quien consideraba el mejor en ese puesto en toda Brasil. "Denme la número 6, la misma de mi ídolo", dijo el crack cuando lo llamaron por primera vez a representar al Scratch. No soltaría ese puesto en más de una década.

En la previa del Mundial de 1998 habían solo dos selecciones eximidas de pasar por clasificatorias, una era Francia que haría de local y la otra Brasil que era el vigente campeón. Y arreglaron un amistoso un año antes del inicio de la Copa del Mundo, el cual se disputaría en Lyon, porque los galos le estaban pegando una manito de gato al Parque de los Príncipes, el principal estadio parisino donde se habrían de ver las caras nuevamente en la final de esa World Cup.
Brasil lo tomó como preparación para la Copa América de Bolivia, por lo que iría con sus mejores jugadores. Francia necesitaba darle rodaje a sus principales figuras, formando igualmente con plantel estelar. En la antesala todo el mundo hablaba del duelo entre Ronaldo y Zidane, olvidando que ambas selecciones tenían otros futbolistas extraordinarios. Uno de esos, el Chimpa.
En el minuto 21 de partido, Romario recibe una infracción a unos 30-35 metros del pórtico defendido por el pelado Barthez. En la imagen se puede apreciar que Dunga toma el balón y lo acomoda, haciendo un amague que patearía, pero se ve trotando hacia la zona de impacto a Roberto Carlos. El capitán lo ve y dice: "bueno, yo que pensaba en patear y tenemos a éste, cero posibilidad".
Nada hacía presagiar que estábamos frente a un momento histórico, que se patearía el que ha sido bautizado por muchos como el mejor tiro libre que se haya visto en una cancha de fútbol. Roberto Carlos toma distancia con el balón, el arbitro da la orden de disparar, éste corre a toda velocidad e impacta la redonda con su borde externo generando un efecto látigo, donde el esférico se abre para pasar por fuera de la barrera (dando la impresión que se iría para el saque de arco), pero súbitamente cambia su sentido en dirección al pórtico defendido por Barthez, colándose pegada al palo izquierdo de éste.
El partido terminaría igualado a un gol, siendo el resultado tan sólo una anécdota de la maravilla exhibida al mundo por el garoto Roberto Carlos. Es tal el impacto que generó el gol que fue estudiado por la ciencia, específicamente en Francia, la selección víctima de la anotación. Los científicos concluyeron que el rumbo de una esfera que gira sobre sí misma es una espiral, lo que justificaría que si se repitiera, se podría obtener el mismo resultado, tomando en consideración los factores de fuerza y distancia.
Eso a Roberto Carlos no le importaba. La explicación científica de su disparo era válida, pero para él la respuesta era otra: treinamento e prática para ser o melhor do mundo.
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