Un día 28 de mayo de 1997, Múnich, Alemania, estadio Olímpico, ante 59.000 espectadores, uno de los mejores centrales alemanes de la historia comandaba al Borussia Dortmund a coronarse como el mejor de Europa.
Matthias Sammer nació en Dresde un día 5 de septiembre de 1967. Su ciudad natal se encontraba en la antigua Alemania Oriental, que formaba parte del bloque de Europa del Este liderado por la URSS. A raíz de la Segunda Guerra Mundial, el país quedó dividido en los amigos de los yankis y los camaradas de los soviets, quienes se disputaban el globo terráqueo para ver quién era más querido que el otro.
Para el año de su nacimiento, la República Democrática Alemana se encontraba liderada por Walter Ulbricht, un comunista perseguido por nazis durante la Segunda Guerra Mundial, que retornaría al país para erigirse como Secretario General del Partido Socialista Alemán. Tuvo una política inflexible contra Occidente, dejando ver su ira contra aquellos que osaron plantear la posibilidad de unificación. Ese mismo 1967, se elegían los representantes al Congreso alemán, donde las opciones posibles eran aquellos que militaban en partidos de izquierda y también los representantes de movimientos políticos de izquierda.
La Alemania en la que creció Matthias operaba bajo un furibundo desprecio por sus vecinos del otro lado del muro. Mientras esos niños burgueses de la parte occidental se deleitaban comiendo Mc Donalds, los chicos proletarios crecían engullendo fleischwurst y strudel. Cuando cumplías 10 años te dejaban tomar tu primer schop de cerveza al desayuno, donde algunos osados pre púberes bebían con inusitada pasión que quedaban como pico.
Sammer creció con un vínculo fuertísimo por el fútbol, porque su viejo era jugador profesional en el Dinamo Dresden. Klauss era un gut centrocampista, que dedicó gran parte de su trayectoria ligada al balompié a representar los colores amarillos del DD, en la cancha y después en la cabina técnica. En su primer periodo como coach del primer equipo, en un acto de absoluto nepotismo, hizo debutar a su hijo, que se encontraba en la cantera del club. Es así, como en la temporada 1985-1986, se produce el debut de Mati.
Comenzó como delantero central, hizo el servicio militar en las milicias del cuadro de Dresden en esa posición, pero no duró mucho como nueve. A la temporada siguiente, su papito ya no estaba para ponerlo donde él quería, llegó un nuevo profe y descubrió que habían mejores arietes que él, tales como el histórico goleador alemán Ulf Kirsten. Por esto, desde el año 1986, Sammer se convirtió en volante central, dado que sus cualidades le permitían ser recuperador de balones y constructor de jugadas.
Agarró vuelo en la posición de mediocampista, destacando no sólo en su club, sino que también en la selección de Alemania Oriental. El año 1986 formó parte del seleccionado germano que se quedó con el Campeonato Europeo Sub 18, y al año siguiente, en el Mundial juvenil de Chile, comandó a su selección a las semifinales de esa competición, erigiéndose como uno de los máximos anotadores del torneo con 4 goles. Se dio el lujo de marcarle un tranquilo hattrick a Colombia en la fase de grupos.

Convencido de sus habilidades para la pelota, volvió al Dinamo Dresden para ser campeón, participando activamente en los dos títulos obtenidos las temporadas 1988-1989 y 1989-1990. El coloro ya era una realidad en esa nueva Alemania unificada tras la caída del muro de Berlín. Como ya no era pecado ejercer su profesión en el lado oscuro del territorio germano, decidió tomar sus maletas y aceptar una seductora oferta laboral de Occidente, fichando por el Stuttgart.
Si bien algunos amigos le dejaron de hablar por un tiempo, Matthias sabía que lo primero era su desarrollo deportivo. Para él eran todos hermanos, lo que importaba eran las personas como tales y no las opiniones políticas que éstos pudiesen tener. Y tener la posibilidad de jugar con Guido Buchwald, reciente campeón del mundo en Italia 1990, era un honor que le hacía pasarse todos los comentarios por la punta del rábano.
Ese Stuttgart comandado por Christoph Daumm obtendría la primera liga alemana reunificada en la temporada 1991-1992. En una electrizante definición quedaron igualados en puntos con el Borussia Dortmund, siendo la diferencia de goles la que inclinó la balanza para los sureños. Sammer aportó con nueve conquistas al anhelado trofeo.
Las grúas del poderoso fútbol italiano atraerían al colorado a su liga, pasando a vestir la camiseta del Internazionale de Milán por una temporada. Al no lograr aclimatarse en el Calcio, buscó la posibilidad de retornar a la competición germana. Ahí aparecieron los amarillos de Renania del Norte, que todavía tenían bronca por la liga que éste con sus amigos les habían birlado un par de años atrás. Al inicio de la temporada 1993-1994, Mati fichaba por el Borussia Dortmund.
En su nuevo club se encontraba como adiestrador Ottmar Hitzfield, quien tenía nuevos planes para el káiser. En el primer entrenamiento le dijo: "Sammer, usted conmigo jugar de líbero, no jugar más en mediocampo". Matthias pensaba que todo eso era parte de una cámara escondida, que le hacían una broma de muy mal gusto por ser nuevo en el equipo, pero don Ottmar no estaba hueveando. Al percatarse de que iba en serio, le protestó esgrimiendo que atrás jugaban los malos, que él tenía buena técnica y que hacía goles, pero el DT no estaba para echar pie atrás.
Al ver al nuevo líbero del equipo enojado en los entrenamientos, el profe Hitzfield lo enfrentó: "¿Sammer, usted querer ser el mejor del mundo?. Pues conmigo lo será. Pero hágame caso. Recuerde a Beckenbauer, ser muy buen mediocampista, pero hoy es reconocido por ser mejor defensa de la historia. Y además ser campeón del mundo como defensor."
En ese minuto Sammer entendió que era una señal que le enviaba Odín del más allá, que su técnico sabía lo que hacía y se comprometió a ser el mejor en esa posición. Fue así como llegaron los dos títulos consecutivos de la Bundesliga en las temporadas 1994-1995 y 1995-1996, siendo además elegido el mejor jugador de la liga en ambos campeonatos.
Llegaba el verano europeo de 1996 y Matthias estaba con una confianza inexplicable. Sentía que lo tiraban a pelear con los grandes luchadores germanos de la historia y los molía a todos. Pero como no era un tipo violento, canalizaría esa energía en la Eurocopa 1996.
En la fase de grupos de la competición continental, Alemania despedazó a República Checa por 2-0 y a Rusia por 3-0 (primer gol de ese game lo convirtió Sammer) para clasificar a la siguiente fase. Despreocupados empataron sin goles con los italianos en el último juego de esa ronda. Venía Croacia en cuartos de final.
Ese día Matthias fue Dios. Así como Maradona fue Dios con los ingleses, el coloro lo sería contra los croatas. Los balcánicos tenían un equipo buenísimo, comandado por uno de los mejores de esa década: Davor Suker. Pero para el káiser no era tema ese tal Suker ni ningún otro delantero, él iba por el campeonato. El primer gol alemán surge de una incursión en ofensiva de Sammer, provocando una mano en área rival, que Klinsmann transformaría en el 1-0. Después, Mr. Davor igualaría el encuentro con una genialidad propia de un jugador de su clase. Sin embargo, una nueva cabalgada del patrón alemán terminaría con éste convirtiendo el 2-1 con una volea infernal.
En semifinales se cruzaban con los locales. En un estadio Wembley repleto, Inglaterra y Alemania animaban una entretenida semifinal, que terminaría igualada a un tanto, por lo que hubo que definir la serie bajo la democrática regla de los doce pasos. Y ahí, el conjunto germano sería más efectivo, convirtiendo todos sus penales, mientras que Koepke le detenía el remate a Southgate. Tras aquel desenlace, los british recordarían la famosa frase de Gary Lineker en 1990: "El fútbol es un juego simple, juegan 11 contra 11 y siempre gana Alemania".
Como si fuera "pitoniso", Lineker anticipaba lo que ocurría en 1990, así como también lo que terminaría pasando en suelo británico en 1996. En una gran final, esa extraordinaria Alemania de Sammer, Moller, Hassler, Koepke, Ziege, Klinsmann y Bierhoff, derrotaría a la República Checa con dos goles de este último.

Tras la obtención del trofeo continental, uno pensaría que el hambre de títulos de Sammer se había saciado. En aquél entonces, su palmarés incluía campeonatos en la antigua Alemania Oriental, en la Alemania reunificada y una Eurocopa. Pero éste era un enfermo. Llegó al primer entrenamiento de temporada con el Dortmund y le dijo a sus compañeros: "este año ganamos la Champions". Los colegas se reían disimuladamente, porque sabían que eso era muy difícil: un equipo alemán no ganaba el máximo trofeo de clubes de Europa desde el año 1983.
La fase de grupos encuadró a los germanos con el Atlético de Madrid, el Steaua Bucarest y el Widzew Lodz de Polonia. De entrada pisó fuerte, goleó al Steaua de local, también al Widzew en Polonia, y se trajo un triunfo del Vicente Calderón ante el Atlético. Con la clasificación virtualmente sellada, aflojaron y fueron igualados en puntos por los españoles. Por la diferencia de goles entre ambos duelos, los españoles clasificaron en primera posición, situación "beneficiosa" para el cuadro alemán, porque evitaba al Ajax en la siguiente ronda, debiendo enfrentar al Auxerre francés.
En cuartos de final, el Dortmund fue contundente ante el equipo galo. Lo derrotó por 3-1 en Alemania y 1-0 a domicilio. En semifinales, se enfrascaron en una batalla memorable con el Manchester United, pero al igual que con el Auxerre, lo vencieron en suelo germano e inglés, ambos partidos por 1-0.
La final lo enfrentaba a la Juventus, campeón vigente de la competición. Era un equipo que por nombres generaba pánico en sus rivales: Del Piero, Zidane, Deschamps, Vieri, Ferrara, Montero o Boksic. Venía de derrotar categóricamente al Ajax en semifinales, exhibiendo un gran nivel de juego, por lo que era el gran candidato a quedarse con el trofeo... pero los alemanes tenían a Sammer.
A fines de 1996, el colorado había sido escogido Balón de Oro en la votación más estrecha que recuerde dicho galardón. Superó por un voto a un joven jugador brasileño llamado Ronaldo, que había convertido un par de goles en el Barcelona esa temporada. Matthias se sentía en deuda con el profe Hitzfield, quien le dijo que sería el mejor jugando atrás y lo había logrado, por lo que se mataría para dejar esa Champions en Alemania, para que ese genio que trabajaba desde la cabina técnica obtuviera el reconocimiento que se merecía.

Cuando uno recuerda a Sammer, se le viene a la cabeza inmediatamente un jugador inteligente. Fue un tipo que dominó distintas posiciones porque comprendió muy bien cómo se debía mover en cada una de las zonas del juego. Al mismo tiempo, era un rústico, uno que iba fuerte siempre, porque el balón era su presa perdida. No obstante, era habilidoso y técnico, se incorporaba en ataque generando permanente peligro en huestes rivales, encontrando muchas veces el gol. Si a eso suma su liderazgo, podemos comprender porque le ganó el Balón de Oro a Ronaldo esa temporada.
Matthias aleonó a sus compañeros previo a la final diciéndoles: "Hemos tenido una campaña memorable. Estos italianos hijos de puta ya ganaron el año pasado, ahora nos toca a nosotros. Hace diez años nadie pensaba que el país estaría unificado, hace cinco años no se imaginaban que seríamos capaces de salir bicampeones y hace seis meses ni nuestras mujeres apostaban por tenernos jugando la final. ¡A ganar porque esta hinchada se lo merece!".
La furia amarilla rugiría temprano en el Olímpico de Múnich esa noche. Tras dos córners servidos por Möller, el ariete Karl Heinz Riedle impulsaba la bola dentro del arco rival, ocasionando un desnivel de 2-0 para el club alemán. Mientras eso ocurría en el área italiana, los centrales germanos comandados por Sammer alejaban los múltiples embates de la ofensiva bianconeri, permitiendo irse al descanso con una importante ventaja.
En el entretiempo el profe Hitzfield les recalcó la importancia de mantenerse concentrados, que nada estaba cerrado aún y que debían redoblar esfuerzos en las marcas, porque los tanos se iban a volcar al ataque de manera violenta. Y así fue. Lippi decidió la inclusión de Del Piero, quien descontaría con un gol de taco. Se volvía a meter en el partido el cuadro turinés, pero Mr. Ottmar se encargaría de poner la lápida con la inclusión de su arma secreta en la cancha: Lars Ricken.
Era el actor de reparto que cambiaba el curso del destino en cada película heroica protagonizada por el Borussia esa Champions. Había convertido el gol con el que superaron al Auxerre en Francia y también la anotación con la cual derrotaron al Man. Utd., en Inglaterra. Siendo el minuto 70 de partido, el DT germano decidió apretar el botón y activar ese plan letal.
Entró a la cancha, el Dortmund jugó un balón en largo que lo encontró sólo en medio terreno y viendo a Peruzzi adelantado, le pegó hacia el arco, convirtiendo el 3-1 definitivo. No había pasado un minuto desde su inclusión y el tipo definía la final, dado que con esa retaguardia de guerreros arios era imposible que los igualaran. El Borussia ganaba la Champions de ese año por primera vez en su historia.
Al mirar la historia del fútbol alemán, usted encuentra tres jugadores que fueron reconvertidos en último hombre: Beckenbauer, Matthaus y Sammer. Ellos son parte esencial para entender la evolución del balompié en ese país desde los 70´ a los 90´. Este gran cacique colorado nacido en Alemania Oriental, fue uno de los baluartes más importantes que ha defendido los colores de la Die Mannschaft. Fue rey en ambos lados del territorio germano y seguramente es uno de los más amados también. Te veneramos dios Matthias.
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