Un día 20 de mayo de 1992, Londres, Inglaterra, estadio Wembley, ante 70.827 espectadores, se disputaba la final de la edición 1991-1992 de la Copa de Campeones, que se definiría con un gol en la prórroga de un defensa holandés que marcó época por su furiosa pegada al balón, convirtiéndose en ícono del Fútbol Club Barelona.
Once upon a time (érase una vez) en la ciudad holandesa de Zaandam, un día 21 de marzo de 1963, una mujer llamada Marijke daba a luz a un bebé rosado como las rosas que le había dejado su amado Martin en el velador contiguo a la cama de la habitación número 23 del hospital público del lugar. El segundo varón de esa familia, es quien hoy conocemos como Ronald Koeman.
En aquella época Holanda vivía una serie de transformaciones sociales, como el surgimiento de los provos (grupos anarquistas que protestaban contra el orden establecido y la monarquía), la irrupción del hippismo, principalmente en Ámsterdam, y el aumento del número de protestas entre los estudiantes por la guerra de Vietnam. Para ese 1963, se celebraban elecciones generales, las que darían como ganador al Partido Popular Católico, que se haría de 1/3 de los puestos en el Parlamento y elegiría a Victor Marijnen como Primer Ministro. Ese tal Marijnen, años después, estaría involucrado en una controversia por utilizar su poder para defender a sacerdotes acusados de abusos sexuales contra menores, perpetrados en un hogar de niños en la provincia de Güeldres, del cual el propio Victor era presidente.
Mientras la sociedad holandesa se revolucionaba con las apariciones de jóvenes idealistas que buscaban cambiar el mundo, Ronald crecía pateando una pelota de fútbol. Jugaba todo el día con su hermano Erwin, que le llevaba dos años de ventaja y que lo obligaba a jugar como defensa, porque éste prefería hacer los goles. La influencia futbolística venía de su padre, que en ese minuto se desempeñaba como jugador profesional en el Groningen. Los hermanos Koeman le insistían a su progenitor que les permitiera probarse en el club donde él estaba, porque querían llegar a ser igual de buenos que éste. Lo que nunca se imaginó Martin cuando les dijo que sí, es que los niños superarían con creces sus éxitos deportivos, principalmente Ronald, que se convertiría en el puto amo de la zaga holandesa durante los 80 y los 90.
Imagínese lo que era ver y practicar fútbol en Holanda en los 70´. Ya a mediados de los 60´, había aparecido un caballero llamado Rinus Michels, que dentro de sus humildes aportes a la historia está la creación de la táctica conocida como "Fútbol Total", que viene a ser una manera de jugar basada en una presión desenfrenada, con verticalidad en el trasporte del balón, velocidad y movimientos mecanizados que volvían locos a los equipos rivales. La más bella expresión de dicho concepto futbolístico se produjo en el Ajax de Ámsterdam de principios de los 70 y en la Selección Holandesa que pierde la final del Mundial 1974 ante Alemania Occidental.
Como usted podrá entender, hablar de fútbol en Holanda para aquella época, era como dialogar de política en Francia post revolución, osea, era el mejor lugar en el mundo para practicar ese deporte, porque ahí se jugaba la versión más hermosa del mismo. En el caso de la reconocida "Naranja Mecánica", la historia fue injusta porque no le concedió ningún trofeo de carácter internacional, pero como todo en la vida las cosas se ganan y no se merecen.
Koeman hizo sus primeras armas en el Groningen donde compartió camarín con su hermano Erwin, con quien se volvería a reencontrar años después en la selección. Estuvo tres temporadas en el equipo verdiblanco y se mudó al Ajax, donde sumó sus primeros títulos como profesional al ganar la Liga y la Copa. En Ámsterdam estuvo otros tres años y se cambió al clásico rival con sede en Eindhoven, conocido con las siglas PSV. En el equipo rojiblanco jugó tres años también y se cansó de ganar títulos. consiguiendo tres campeonatos de liga holandesa, dos de la copa local y la Copa de Campeones de Europa de la temporada 1987-1988. En dicha competición continental obtenida por el conjunto tulipán, Koeman se erigió como una de las grandes figuras.

En paralelo con su destacada actuación a nivel local, Ronald ya era frecuente en las convocatorias de la selección holandesa. Para el año 1984, que marcó el debut de Koeman en la selección, el técnico era el histórico Rinus Michels, quien había vuelto después de hacer trayectoria a nivel de clubes. Como algo sabía de fútbol, identificó inmediatamente al colorado como su tipo de jugador, dado que mezclaba las mejores cualidades defensivas con la capacidad técnica de salir jugando de toque.
Holanda venía de una década de lujo en los 70´ con dos finales de copas mundiales, pero nada de eso había podido replicar en los 80´. Falló en las clasificatorias a los mundiales de 1982 y 1986, así como en las de la Euro 1984. A Michels le rogaban que hiciera algo, porque sus vecinos belgas, que siempre habían sido peores que ellos, estaban metiendo semifinales de Mundiales y ellos nada. Don Rinus que era un avanzado, miró la liga local y se dio cuenta que calidad había de sobra, a lo que se sumó el gran momento continental del PSV Eindhoven, equipo del cual nominó varios jugadores.
La base que tenía en la competición holandesa, sumado a los cracks que jugaban en el exterior, le permitió construir un equipo sólido que terminaría clasificando y ganando la Eurocopa de 1988. Si yo le cuento que la columna vertebral de ese equipo partía con Van Breukelen al arco, seguía con Koeman como defensor central, Frank Rijkaard como contención, Gullit jugando como enganche y Van Basten de nueve de área, qué se podía esperar si no era un título.
En esa recordada Eurocopa celebrada en Alemania, la selección holandesa quedaría agrupada con la URSS, Irlanda e Inglaterra. Debutó ante los soviets con una derrota por la mínima, para después peinarse con los países de la isla británica, venciendo a Inglaterra por 3-1 y a Irlanda por 1-0. Dichos triunfos le permitieron clasificarse en segunda posición a la semifinal de esa Copa, donde enfrentarían al local Alemania Occidental.
Se venía esa selección germana que venía de ser subcampeona mundial en México, con un plantel que renovó algunos nombres para esa competición continental. Ya no estaba Rummenige, pero aparecía Klinsmann. Se había retirado también Schumacher, pero surgía un Bodo Illgner. Se mantenían los Voller, Matthaus y compañía, al mando del Káiser Beckenbauer. En resumen, un equipazo.
La localía y el plantel lleno de estrellas les importó un huevo a los holandeses. Había que tomarse revancha de lo ocurrido en 1974 y qué mejor que hacerlo en ese momento. En un gran partido, los tulipanes vencieron 2-1 a los locales, con un gol de penal del colorado Koeman que puso el 1-1 parcial, y accedieron a la gran final, donde se encontrarían nuevamente con los soviéticos.
Esa final en el Olímpico de Múnich fue hermosa para los muchachos de las naciones de abajo. Con un fútbol atractivo y con mucha personalidad, vencieron por 2-0 a la URSS, coronándose como los campeones de Europa por primera vez en su historia. Los goles fueron obra de la dupla dorada Black and White que tenían los tulipanes en ofensiva: Gullit y Van Basten.

Al tiempo que pasaba todo esto en el fútbol holandés, en Barcelona se comenzaba a vivir una revolución futbolística con la llegada al banquillo del mejor jugador y discípulo de Rinus Michels, el genio Johann Cruyff. El tipo se cansó del clásico fútbol español que no le parecía vistoso y decidió meter mano en la manera de jugar y de pensar de los hispanos, implantando definitivamente su ADN en el conjunto catalán (Josep Guardiola es el mejor ejemplo, pero no el único).
Al finalizar su primera temporada, el loco Juan no estaba muy convencido con sus defensores centrales. Quería un jugador con características distintas, que le diera mayor posibilidad de salir jugando efectivamente desde la retaguardia, y los amigotes cuentan que ahí se acordó de un defensor a quien alcanzó a dirigir una temporada en el Ajax, tipo canchero, buen porte, buen remate de larga distancia y reciente campeón de Copa de Europa y Eurocopa: el colorado Koeman. Pedido expresamente por Cruyff, el zaguero aterrizó en Barcelona. En el club catalán fue donde se pudo ver la mejor versión del káiser holandés.
Era un defensor atípico, porque destacaba por aspectos por los que usualmente los que juegan en su posición no resaltan, dado que su principal virtud fue su extraordinario dominio del balón y su capacidad goleadora, principalmente mediante pelotas paradas. Tenía un fierro en la pierna derecha que cuando hacía contacto con el balón terminaba generalmente en las redes. Sus remates eran imparables para los arqueros rivales por su violencia y dirección. Asimismo, tácticamente era inteligente, tenía mucha visión de juego, colaboraba en funciones defensivas y ofensivas, era veloz, tenía buena anticipación y era fuerte. Un gladiador que todo técnico quería tener para ir a la guerra.
Para la temporada 1991-1992, el Barcelona ya había demostrado su superioridad a nivel local, pero le faltaba demostrarla en la gran competición europea de aquél entonces, que era la Copa de Campeones de Europa. Una competición que había sido dominada los últimos años por el AC Milán de Arrigo Sacchi, pero que justo para esa edición no competiría, porque la Serie A había sido ganada de forma sorprendente por la Sampdoria de Génova.
Después de pasar dos fases eliminatorias ante los equipos alemanes Hansa Rostock y Kaiserlautern, el Barcelona llegó a una fase de grupos con el Sparta Praga, Benfica y Dínamo Kiev. Hoy en día, parecería un grupo accesible para un conjunto como el Barça, pero en aquel entonces ir a jugar a Praga o a Kiev y obtener un resultado positivo era una tarea muy difícil. Cruyff les dijo que se tenían que hacer fuertes de locales, porque como visita iba a ser más complicado imponerse a los fuertes rivales de grupo que tenían. Y sus muchachos no solo le regalaron tres triunfos de local, sino que fueron a Kiev y le ganaron a domicilio al Dínamo, para encaminar el paso a la gran final a jugarse en Wembley.
Para la temporada 1991-1992, el Barcelona ya había demostrado su superioridad a nivel local, pero le faltaba demostrarla en la gran competición europea de aquél entonces, que era la Copa de Campeones de Europa. Una competición que había sido dominada los últimos años por el AC Milán de Arrigo Sacchi, pero que justo para esa edición no competiría, porque la Serie A había sido ganada de forma sorprendente por la Sampdoria de Génova.
Después de pasar dos fases eliminatorias ante los equipos alemanes Hansa Rostock y Kaiserlautern, el Barcelona llegó a una fase de grupos con el Sparta Praga, Benfica y Dínamo Kiev. Hoy en día, parecería un grupo accesible para un conjunto como el Barça, pero en aquel entonces ir a jugar a Praga o a Kiev y obtener un resultado positivo era una tarea muy difícil. Cruyff les dijo que se tenían que hacer fuertes de locales, porque como visita iba a ser más complicado imponerse a los fuertes rivales de grupo que tenían. Y sus muchachos no solo le regalaron tres triunfos de local, sino que fueron a Kiev y le ganaron a domicilio al Dínamo, para encaminar el paso a la gran final a jugarse en Wembley.

En esa edición de Champions, el ganador de cada grupo accedía directamente a la final. El Barça se impuso con mucha autoridad ante checos, portugueses y ucranianos, pero otra cosa era plasmar su superioridad en el juego decisivo.
Por el otro lado, se disputaron el pase a Wembley, el campeón defensor Estrella Roja, Anderlecht, Panathinaikos y la Sampdoria. El partido decisivo enfrentó en Belgrado a los yugoslavos con los genoveses, el que ganaba tenía prácticamente asegurado el pase a la final. Las apuestas del público futbolero de la época iban evidentemente con los locales, pero los tanos se la mandaron a poner en su conocimiento con un glorioso 3-1, merced al aporte goleador de la dupla VI-MA (Vialli-Mancini).
Al igual que hace cuatro años en la final de la Recopa Europea, se enfrentaban el Barcelona con la Sampdoria. Cruyff versus el serbio Vujadin Boskov. Koeman versus Gianluca Vialli y Roberto Mancini. Guardiola versus Toninho Cerezo y Stoitchkov versus Vierchowod. Puros duelos de titanes que se reflejaron durante los noventa minutos reglamentarios de partido, en que ambas fuerzas no pudieron sacarse ventajas, merced a grandes atajadas de los guardametas Zubizarreta y Pagliuca.
Transcurría el minuto 111 del segundo tiempo del alargue y el arbitro alemán Aron Schmidhuber cobra tiro libre para el Barcelona en una jugada confusa, donde Giovanni Invernizzi retiene el balón en el suelo al borde del área italiana. Guardiola gritaba "que Ronald coure el tir lliure", Barkero agregaba "Ronald serà el nostre heroi", y todos miraron hacia atrás buscando alguna respuesta. Ahí venía, galopando desde Zaandam a Wembley, cargando en sus espaldas una mochila llena de ilusiones catalanas, con la confianza de que haría lo que tenía que hacer: resolver la final.
El árbitro da la orden, jugada preparada donde le mueven la pelota a Ronald para desarmar la barrera rival y generarle el espacio necesario para enfilar su disparo, que se cuela junto al palo derecho defendido por el bueno de Pagliuca. Fiel a su estilo le pegó con el alma, no solo la suya, sino que con la de miles de hinchas del blaugrana que anhelaban obtener ese trofeo.
La algarabía fue total, no sólo con los fanáticos catalanes que se encontraban en el estadio, sino que en la ciudad condal, donde miles iniciaban una desenfrenada fiesta en honor al principal club de la ciudad, que bajaba su primera estrella de Copa de Campeones de Europa (y la última, porque al año siguiente la competición adquiriría el nombre que tiene hasta el día de hoy "Liga de Campeones").
Cuando Ronald llegó a Barcelona fue recibido como el gran ídolo del equipo. Los vítores con su nombre fueron innumerables, las invitaciones a tomar chupitos en Las Ramblas fueron infinitas, pero fiel a su estilo rechazó amablemente todo acto de cortesía, porque lo único que deseaba era llegar a su casa, tomarse una botella de vodka de litro y copular. Porque así era Koeman, un tipo que sólo cumplía con su trabajo, que para él no era otro que llevar los equipos que defendía a la cima.
Cuando Ronald llegó a Barcelona fue recibido como el gran ídolo del equipo. Los vítores con su nombre fueron innumerables, las invitaciones a tomar chupitos en Las Ramblas fueron infinitas, pero fiel a su estilo rechazó amablemente todo acto de cortesía, porque lo único que deseaba era llegar a su casa, tomarse una botella de vodka de litro y copular. Porque así era Koeman, un tipo que sólo cumplía con su trabajo, que para él no era otro que llevar los equipos que defendía a la cima.
Comentarios
Publicar un comentario