Un día 10 de julio de 1994, Nueva Jersey, Estados Unidos, estadio Giants, ante 72.000 espectadores, una luchadora selección del sureste europeo eliminaba al campeón vigente de la Copa del Mundo, con aporte goleador de su principal figura.
Hristo Stoitchkov nació en Plovdiv, Bulgaria, un día 8 de febrero de 1966. Ese año su país estaba liderado por Tódor Zhívkov, bajo la modalidad de una dictadura socialista llamada la República Popular Búlgara, siendo una de las regalonas de los gobernantes del jefe de la zona: la URSS.
Un sabio del arte de la diplomacia. Cuando asumió era un acérrimo estalinista, pero cuando Kruschev pronunció el famoso "discurso secreto" en que reconoce y pide perdón por el genocidio cometido en el gobierno de Stalin, nuestro amigo Tódor figuró mostrando el mismo nivel de indignación. "No sabíamos lo que pasaba en la URSS", declaraba un indignado mandatario búlgaro.
La frase "No sabíamos lo que pasaba", la escuché en repetidas oportunidades cuando era un niño, en boca de distinguidos políticos moralistas que habiendo defendido la "obra" del dictador chileno, se mostraban sorprendidos y en muchos casos molestos cuando se enteraron por primera vez que en su país se habían violado los derechos humanos. Al parecer, los cadáveres que se habían encontrado durante años por las calles no eran producto de crímenes pasionales, peleas de borrachos o ajustes de cuentas entre extremistas.
Un año antes del nacimiento de Hristo, las sombras de un golpe de estado azotaron fuertemente al gobierno de Zhívkov. Militares de alto rango y líderes partisanos más encariñados con las tesis maoístas, críticos del nuevo perfil revisionista de su líder, lo intentaron, constituyendo la primera pretensión golpista en los países de la cortina de hierro.
Mientras su nación implementaba planes para industrializarse y dejar de lado la economía meramente rural, un pequeño Stoitchkov ensayaba zurdazos contra el paredón. Hacía círculos en los extremos de cada muralla para intentar colocar el balón en los espacios que éstos exhibían, para así perfeccionar su técnica de remate, en un hobby que a temprana edad asumió con inusitada pasión.
Era un chico muy competitivo. Alegaba fueras de juego en los partidos de barrio, pedía expulsiones porque alguno tocaba el esférico con la mano o por infracciones que recibía, lo que lo llevó a protagonizar múltiples riñas con otros niños de su vecindad. Si bien resultaba molesto enfrentarlo, todos querían ser parte de su equipo, porque vez que recibía la pelota metía un gol.
Se inició en su ciudad natal, en el Maritza Plovdiv, de donde pasó al Hebros Harmanli. Fue en uno de esos partidos en divisiones menores que lo observó un ojeador del CSKA Sofia. Era el año 1984, cuando el gigante capitalino presentó una oferta formal al inferior equipo ubicado en la provincia de Haskovo, para contar con los servicios de este novel atacante, la cual fue aceptada a cambio de indumentaria, un set de pelotas de fútbol, una suscripción anual a la revista norteamericana de entretenimiento Playboy y un partido amistoso.
Hristo estuvo cinco temporadas en el CSKA, donde obtuvo tres títulos de liga, cuatro títulos de copa y una supercopa local. A nivel internacional, el club búlgaro, con él en sus filas, tuvo dos destacadas participaciones en el concierto europeo, que fue la semifinal alcanzada la temporada 88-89 en la Copa UEFA y al año siguiente los cuartos de final de la Liga de Campeones.

En Bulgaria era conocido de su etapa como delantero titular del gran dominador de la liga local, pero su verdadero destape a nivel continental ocurre con la participación destacada del CSKA en esa Copa UEFA de la temporada 88-89, donde Hristo hizo una inolvidable dupla ofensiva con Lyuboslav Penev (que por suerte es búlgaro, porque con ese apellido sería víctima de bullying en todas las canchas sudamericanas), siendo Soitchkov goleador de ese torneo con 7 goles, seguido por su partner de ataque que hizo 6.
A diferencia de la Liga de Campeones en que participaban los primeros de la liga local, la UEFA albergaba a los ganadores de la copa en cada uno de los países pertenecientes a la Confederación. Para la edición antes reseñada, el CSKA comenzó su participación enfrentando al International Bratislava de la ex Checoslovaquia. Una victoria por 3-2 en territorio checo con hattrick de Penev, más una incontestable goleada por 5-0 en Sofia, con otro de Lyudo y uno de Hristo, permitieron el pase a la siguiente fase.
Vendría el Panathinaikos griego en la segunda ronda, a quien también habrían de despechar con goles de la dupla letal. Primero, obtendrían un 2-0 en Sofia con una anotación de cada uno, y después darían la estocada final en Grecia con un triunfo por la mínima, obra de un penal convertido por el ariete con apellido de miembro viril. Ésta y la pasada, quedarían en la posteridad como las grandes hazañas del Penev.
Los cuartos de final los emparejaron con el Roda holandés. Un rival de mayor envergadura, en un minuto donde los equipos de la liga tulipán exhibían un nivel altísimo en Europa. El primer partido en la capital búlgara fue para el CSKA por 2-1 con goles de Stoitchkov y Emil Kostadinov, otro recordado atacante de la época dorada de los del sureste europeo. La vuelta en Holanda fue durísima, quedaban eliminados a doce minutos de final, hasta que El Pistolero de Plovdiv aprovecha una desinteligencia defensiva y descuenta, permitiendo llevar la definición a penales. Ahí se agigantaría la figura de Valov para atajar el lanzamiento de Boerebach y clasificar a los rojos a la fase de los cuatro mejores.
En semifinales se topaban con un rival de peso: el FC Barcelona dirigido por Johann Cruyff. El partido de ida en España no pudo comenzar mejor para el equipo búlgaro, dado que un pase en habilitación permitiría que el mundo tomara nota de la calidad de Stoitchkov, quien definió desde fuera del área picando la pelota por arriba de Zubizarreta para el 1-0 parcial. Una verdadera obra de arte, que no serviría para mucho, porque los catalanes reaccionarían dejando el marcador en un 4-2 final en su favor. La vuelta no sería muy distinta para el CSKA, que caería derrotado por 2-1. Los tres goles de los rojos en aquella eliminatoria fueron obra de Hristo.
Si uno creía que El Gitano había llegado a su top en el club de sus amores, estaba totalmente perdido. Si bien la temporada 88-89 fue mejor para el equipo en cuanto a resultados, la 89-90 fue el destape absoluto de él como goleador, que lo llevó a quedarse con la Bota de Oro Europea ese año, convirtiendo 38 goles en 30 partidos de liga. Sumando otras competiciones, alcanzó la impresionante cifra de 47 anotaciones en una sola campaña.
En el verano europeo de 1990, se hizo oficial su fichaje con el Barcelona. El acuerdo entre el jugador y el club catalán databa de un año antes, cuando lo habían visto darse un festín con los reputados defensores blaugranas de la época en aquella semifinal de Copa UEFA. En esa oportunidad, Juan de Holanda se había enamorado de Hristo y lo veía como un reemplazo perfecto a Gary Lineker, quien no encajaba de gran forma en el esquema del dutch.
Muchos escépticos de la época reaccionaron a su llegada diciendo: "Hacer goles en Bulgaria es fácil. Este chaval no pasa la temporada en el Barca. Acá el nivel de exigencia es mucho mayor, no podéis comparar una liga con la otra. Apuesto 1.000 pesetas a que no lo logra". Bueno, todos aquellos que disponían de su peculio personal condenando la suerte de Hristo a un fracaso rotundo, han quedado sumidos en la pobreza, porque El Gitano deleitó a los fanáticos culés durante cinco temporadas.

En su primera pasada en Barcelona ganó cuatro ligas consecutivas, tres Supercopas de España, una Liga de Campeones y una Supercopa de Europa. El aporte goleador de Stoitchkov fue fundamental para la obtención de todos esos trofeos, erigiéndose como una de las principales figuras del primer "Dream Team" del equipo español. Recordadas son sus duplas ofensivas con Julio Salinas o Romario, siempre con el aporte del talentoso Laudrup detrás de éstos.
Para Hristo eso sí, el beneficio mayor de su paso al club catalán no fueron sus compañeros de ataque, ni los títulos obtenidos, sino que fue haber sido dirigido por Cruyff. En numerosas oportunidades ha señalado que el gran artífice de su consagración como uno de los mejores jugadores del mundo en su época fue la permanente motivación y lección recibidas por el holandés. Bajo su batuta pasó de ser un jugador muy bueno a un crack, que hasta el día de hoy tiene reservado un lugar importante en el templo de dioses que vistieron la blaugrana.
Jugar en un equipo europeo de primer nivel y cosechar éxitos individuales eran sólo parte de los sueños que El Pistolero pretendía lograr como futbolista. Su mayor obsesión radicaba en conseguir un título con la selección nacional, anhelo que era complicado alcanzar pero no imposible. A principio de los 90, Bulgaria tenía la posibilidad de conformar un equipo competitivo a nivel europeo y quemaría todos sus cartuchos para disputar un Mundial o una Eurocopa, y así probarse con los mejores.
El sorteo de las Clasificatorias al Mundial de EEUU 1994 ubicó a Bulgaria en un complicado grupo con Suecia, Francia, Austria, Finlandia e Israel. Salvo los autoproclamados descendientes de la Tierra Prometida, las demás selecciones eran potentes en aquel entonces. Finlandia tenía a Littmanen, Austria a Herzog y Polster, y Suecia con Francia eran equipos fuertes colectivamente, con varias individualidades sobresalientes.
Tras el fracaso en las Eliminatorias para la Euro 1992, la Federación Búlgara de Fútbol decidió contratar al técnico Dimitar Penev, el mismo adiestrador que había llevado a Hristov a ganar todo con el CSKA Sofia. Por eso, no fue sorpresa que el ataque de Luvovete (Los Leones) fuera con él, Kostadinov y Lubo Penev. Ahora bien, el profe tenía una gama mayor de jugadores para elegir que permitieran potenciar a su tridente mágico. Fue así como detrás de éstos, posicionó a dos genios: Balakov y Letchkov.
Bulgaria partió como avión derrotando a Finlandia de visita y a Francia de local. Ese inicio prometedor se vería contaminado por derrotas ante Austria en Viena y Suecia en Estocolmo, sumado a empates de local con Israel y nuevamente con los suecos. A falta de un par de fechas para el final, el panorama para Lulovete era grisáceo, estaban a tres puntos de Francia y a dos de Suecia que eran los clasificados en ese momento. Quedaban cuatro en juego (en aquella época los triunfos daban sólo dos puntos), por lo que debían ganar sus últimos duelos y rogar que alguno se cayera.
La fecha de octubre de 1993 fue tremendamente auspiciosa para las aspiraciones de los blanquiverdes. Derrotaron por 4-1 a Austria en Sofia e inexplicablemente Francia cayó derrotada ante Israel como local. Bulgaria quedaba solo a un punto de los galos y debían enfrentarse en la última jornada en París.
Dimitar Penev les hizo creer que ellos eran mejores. Los jugadores llegaban con dudas, por la magnitud del rival que iban a tener al frente, pero el DT los paró en seco: "Ustedes me hablan de que ellos tienen a Laurent Blanc atrás, a Deschamps y Petit al medio o a Jean Pierre Papin arriba, me importa un carajo, porque yo tengo a Ivanov atrás, Balakov y Letchkov al medio y Stoitchkov arriba. Entonces ¿son mejores que ustedes realmente?".
La gente en Francia estaba confiadísima de la clasificación de su selección. El presidente Mitterand comandaba a las fuerzas policiales a resguardar el orden público y permitir que sus aficionados festejaran de manera ordenada la obtención del cupo mundialista, los jóvenes y no tan jóvenes se coordinaban para ver en cuál centro nocturno habrían de salir de fiesta para celebrar, pero los jugadores galos sabían que ese exitismo no les venía bien, especialmente después de haber perdido la oportunidad de asegurar el acceso a la copa cayendo con los herederos de Yahvé.
Al minuto 32 de partido, Cantona parecía poner en orden el asunto para la tropa francesa con un derechazo que abría el marcador, pero 5 minutos después, Kostadinov igualaría con un gran gol de cabeza. El partido se mantuvo con ese marcador hasta el minuto 90, cuando Balakov recibió en el medio, combinó con Lubo Penev, quien vio a Kostadinov picar en dirección hacia el área rival y ahí mandó la pelota, donde su ex compañero controló, avanzó y fusiló con un derechazo fulminante a Bernard Lama. Los búlgaros daban vuelta el marcador, silenciaban al anonadado público galo y dejaban a los descendientes de Asterix y Obelix sin Mundial.
El año 94 comenzaba con una triste noticia en el plantel búlgaro. Penev se perdía el Mundial porque le habían detectado cáncer testicular. El gran nueve de referencia de Luvovete quedaba fuera, forzando al profe Dimitar a reestructurar su ataque. Desde ahí la consigna de los blanquiverdes de cara al torneo a celebrarse en EEUU sería: "Iremos a ganar por el amor al Penev". Está de más decir que Lubo era uno de los más queridos en ese glorioso e histórico equipo.
La fase de grupos emparejaría a los del sureste europeo con Argentina, Nigeria y Grecia. Difícil cuadro inicial. A los griegos los conocían de duelos continentales, los sudamericanos eran una de las selecciones más potentes del globo terráqueo en aquella época y los africanos eran el gran enigma, siendo el doble de complejo porque debutaban contra ellos, por ende, no tendrían un parámetro claro de cómo llegaban.
La pérdida de virginidad en el Mundial 94 sería desastrosa para los búlgaros. En su primer duelo caían inapelablemente por 3-0 contra los bronceados de Lagos en un festival de fintas, despliegue físico y técnica de los muchachos dirigidos por Westerhof. El segundo juego era crucial ante los griegos, de perder estaban eliminados, porque a Argentina no la paraban. Ahí aparecieron los cracks en quienes los ocho millones y medio de búlgaros confiaban, dado que dos goles de Hristo, uno de Letchkov y otro de Borimirov permitían mantener intactas las ilusiones del pueblo.
En el partido de Nigeria con Argentina, que concluyó con victoria de la albiceleste, irrumpió en la mitad de la cancha una enfermera encargada de realizar los dóping a los futbolistas. Como si estuviese mandatada por alguna autoridad superior, la chica se dirigió raudamente a buscar al Diego. Lo tomó de la mano, lo llevó a un baño, lo desnudó y cuando el 10 pensaba que iba a ser beneficiario de una felación, la mujer le dijo "Mea". El resultado fue dóping positivo para el astro argentino, quien quedaba fuera de la Copa del Mundo.
Con una selección diezmada por la noticia de la sanción de su MVP, las chances europeas de obtener una victoria aumentaban. Habían exhibido una notable mejoría ante los griegos, que fortaleció la autoestima en el plantel de cara al crucial cotejo. En un primer tiempo de dientes apretados, no se sacaron diferencias. A los 15 minutos del segundo lapso, un balonazo buscando a Stoitchkov, encuentra mal parada a la defensa argentina, situación que es aprovechada por El Gitano para poner a su equipo arriba en el marcador, con una sutil definición de zurda ante el achique de Islas. Con dicha ventaja, manejaron el resto del partido a su antojo y sepultaron las esperanzas de igualdad de la albiceleste con un cabezazo de Sirakov en el minuto 90.
En octavos de final les tocó enfrentar a los locales. No me refiero a Estados Unidos, sino que a México, cuyos nacionales prácticamente han formado un país en el vecino territorio de Tío Sam. Los aztecas volvían a un Mundial tras cumplir sanción por el famoso caso "El Cachirulazo", ocurrido el año 1988, cuando con motivo de la celebración del Mundial juvenil Sub 20 de Arabia Saudita, los queridos cuates inscribieron cuatro jugadores mayores de la edad reglamentaria y fueron descubiertos. Al dilucidar tamaño fraude, la FIFA le envió un fax a la Federación Méxicana de Fútbol que rezaba: "No contaban con mi astucia".
A los 6 minutos de juego, Bulgaria pasaba adelante en el marcador. Una formidable corrida de Stoitchkov culminaba con un trallazo de zurda que dejó sin opción al estrambótico Jorge Campos. La igualdad llegaría mediante pena máxima cobrada por García Aspe a los 18 minutos. De ahí pasarían 102 minutos sin que los seleccionados se sacaran ventaja, por lo que se definiría todo en penales. En esa ocasión, emergería la figura del meta Mikhailov, quien detendría dos lanzamientos y facilitaría a Letchkov la posibilidad de poner a los blanquiverdes en cuartos de final, cosa que habría de aprovechar el pelado para sellar la eliminación azteca. En esa Copa Mundial empezaría la maldición de los octavos de final para el Tri, que lleva siete torneos consecutivos cayendo en esa etapa.
En cuartos de final vendría la poderosa Alemania. Era el campeón defensor, presentaba un equipo plagado de estrellas, manteniendo parte importante de la base del Mundial anterior, reforzada por grandes promesas como Sammer, Effenberg o Kahn. A sabiendas de lo duro que sería el partido y que algunos de sus compañeros podían flaquear en su pretensión de quedarse con la Copa, Hristo les recordó la leyenda de la mitología nacional referente al khan Kubrat.
La leyenda cuenta que fue un rey búlgaro que vivió por el año 630 d.C. Un día, Kubrat convocó a sus cinco hijos y les pidió que cada uno trajera una rama de vid. Cuando las tuvo juntas, las amarró y le pidió que intentaran desatarlas. Ninguno pudo y fue el padre quien lo hizo por ellos. Mientras rompía sus ataduras, les recalcaba la importancia de que permanecieran unidos y que cada uno de ellos por separado serían mucho más débiles. Lo mismo debían hacer ellos contra los germanos.
En un soleado día domingo en la ciudad de Nueva York, en horario de misa, búlgaros y germanos librarían uno de los partidos más emocionantes de ese Mundial. En un primer lapso friccionado, los equipos no se sacaron ninguna ventaja. A los dos minutos del segundo tiempo, Letchkov le clava un planchazo en la rodilla a Klinsmann dentro del área, que fuerza al colombiano José Torres a cobrar lanzamiento libre desde los doce pasos. Matthäus se pondría frente al balón y clavaría el 1-0 alemán.
El partido se ponía cuesta arriba para las nobles aspiraciones de los blanquiverdes que en esa oportunidad vestían de rojo. Alemania los seguía atacando y parecía que hasta ahí no más llegaban en ese Mundial. Perder con los últimos campeones en cuartos de final era heroico, al menos eso pensaba el pueblo búlgaro. La promesa de Stoitchkov parecía utópica en aquel minuto, no llegaban a las proximidades del área alemán y éste seguro iba meter un golazo.
Minuto 75 de partido, Moller le comete foul a Hristo fuera del área. Éste viéndose frente a una oportunidad histórica de cambiar el rumbo del combinado del sureste europeo, con compañeros alicaídos, muchos extenuados por el sofocante calor veraniego que reventaba sobre sus cabezas, tomó la responsabilidad y pateó el tiro libre. Acto seguido, lo hizo reaccionar el estruendoso grito de gol en las gradas del estadio Giants, porque había transformado un balón parado en una obra de arte. Golazo.
Mientras sus compañeros iban a celebrar, él les decía al oído "Kubrat, Kubrat, Kubrat". El equipo unido jamás será vencido y ahora correspondía darlo de vuelta. Tan solo tres minutos después del gol de Hristo, un centro al área era cabeceado por el pelado Letchkov, dejando sin reacción a Illgner. Pasaba 2-1 arriba en el marcador Luvovete, dejando estupefacto a todos los aficionados del fútbol que en ese momento seguían el partido en directo. Increíble la hazaña búlgara, que se confirmaba con el pitido final del cafetero Torres.
En semifinales de esa competición enfrentarían a Italia. Dos estocadas de Roberto Baggio en los primeros 25 de juego fueron suficientes para sepultar las ilusiones de los ocho millones y medio que anhelaban ver por primera vez en la historia a su selección en una final del mundo. Stoitchkov convirtió en el segundo tiempo, llegando a la impresionante cifra de seis anotaciones en el torneo, lo que a la postre lo convertiría en el pichichi de EEUU 94. En el duelo por el tercer puesto, Suecia los vapulearía por 4-0, pero sería tan solo una anécdota.
El Pistolero de Plovdiv se caracterizó por derrochar una técnica exquisita, que le permitía tener una multiplicidad de recursos para llevar la redonda a las redes. Velocidad, regate endiablado, furia en el remate y una gran visión de juego, son algunas de las características que se vienen a la cabeza cuando lo recordamos. Su carácter irascible fue otra de las particularidades que sufrieron referees, rivales y compañeros, porque cuando algo le molestaba el tipo desataba su furia en un santiamén.
Al final de 1994, la revista francesa France Football lo eligió como el Mejor Jugador de Europa. El tipo acumulaba reconocimientos de carácter personal y conseguía una actuación histórica con una selección que no gozaba de un gran pedigree en el contexto del fútbol europeo. Hasta el día de hoy es la gran leyenda del balompié de su país, un histórico del Barcelona y sin lugar a dudas una referencia en la década de los 90. Además, en Bulgaria su zurda es conocida porque fue la única que los hizo llorar... de alegría.
Comentarios
Publicar un comentario