Un día 24 de mayo de 2017, Solna, Suecia, estadio Friends Arena, ante 46.691 espectadores, los Diablos Rojos de Manchester obtenían un título continental tras nueve años de espera, con la participación estelar de un soldado armenio, que definió la final para el conjunto inglés.
El 21 de enero de 1989 vio la luz en la ciudad de Ereván, capital de Armenia, Henrikh Mkhitaryan. Un año antes de su nacimiento, se daba inicio a la Guerra de Nagorno Karabaj o Alto Karabaj, que involucró a los armenios contra su vecina Azerbaiyán. Dicho conflicto perdura hasta el día de hoy, pero su punto más álgido fue entre 1988 y 1994. El saldo es terrible: más de 30.000 muertes y un millón de refugiados.
El origen de los problemas en esa zona es ancestral, pero el ocurrido a fines de la década del 80 del pasado siglo, se produce a raíz de la desintegración de la URSS, donde muchas antiguas repúblicas socialistas se independizaron para formar estados independientes. Esos vuelos de libertad llegaron a la región del Alto Karabaj, cuya población era mayoritariamente armenia, pero estaba ubicada en Azerbaiyán.
El afán libertador de ese grupo de ciudadanos fue rechazado categóricamente por los azeríes, quienes iniciaron un acoso contra la plebe rebelada, saliendo en su defensa los soldados provenientes de Ereván y, posteriormente, los rusos. La obstinación del gobierno de Bakú de no permitir la autodeterminación de la gente trajo brutales consecuencias para su propio pueblo, como el trágico genocidio de Xocali, donde las fuerzas opositoras dieron muerte a más de 600 personas, incluidos mujeres y niños.
Al ver que el conflicto en el cual estaba involucrada su patria podía poner en peligro la vida de su núcleo familiar, Hamlet Mkhitaryan, padre de Henrikh, quien también fue futbolista y seleccionado nacional, aceptó una oferta para jugar en la Segunda División de Francia. No lo dudó dos veces, compró cuatro tickets de avión desde Ereván a París y rubricó la millonaria en el ASOA Valence.
El interés de Micki por el fútbol ocurrió a temprana edad. Desde que aprendió a comunicarse, exigía a su padre que lo llevara a cada uno de sus entrenamientos, so pretexto de que si no era acarreado armaría una rabieta que dejaría a su madre y hermana con un ataque de nervios. El chico inflaba el pecho cada vez que llegaba con su progenitor a las instalaciones del modesto equipo galo, aprovechando de dar unos toques al balón, iniciando de esta forma el romance con el deporte rey.
Al cabo de un tiempo, a Hamlet le sería detectado un tumor cerebral, falleciendo poco después de dicho diagnóstico. La prematura muerte de su modelo a seguir en la vida, repercutió profundamente en el pequeño Henrikh, quien con 7 años de edad quedaba sólo en el mundo "a cargo" de su madre y hermana.
Dicha desgracia forzó a la familia a retornar a Armenia. Si bien el conflicto que los afectaba con sus vecinos había cesado temporalmente, el paso de la sociedad francesa a la de su país natal implicó un importante cambio para él. Todo era distinto, la cultura, las caricaturas, el comportamiento de la gente y la educación, pero había algo que no variaba en ninguna parte del mundo: el fútbol. Y se refugió en aquella disciplina que dispone el enfrentamiento de once individuos por lado como un medio de subsistencia ante el vacío por la partida del pater familia.
Como todo niño que creció en Francia admirando el football en la década de los 90´, tuvo como referente a Zinedine Zidane. Observaba cada uno de los movimientos del artista marsellés, que deslumbraba en las canchas del viejo continente en esa época. Tenía sólo nueve años cuando gritaba desaforadamente los goles de Zizou en esa histórica final con Brasil. A esas alturas, ya estaba inscrito en las categorías juveniles del FC Pyunik.
El año 2003 fue beneficiario de un acuerdo entre el Sao Paulo y el Gobierno de Armenia, para que jóvenes deportistas del país europeo hicieran un intercambio con el club paulista. Estuvo cuatro meses, donde perfeccionó ostensiblemente sus técnicas de ataque e incorporó una visión del juego bonito absolutamente necesaria para su desarrollo. Ahí coincidió con Hernanes y Óscar, grandes cracks que representarían a la verdemarelha en diversas competencias internacionales.
Sus amigos garotos intentaron infructuosamente llevarlo al lado "oscuro" de la vida, invitándolo a fiestas con hermosas mujeres, deliciosos brebajes y animadas bandas musicales, pero no hubo caso, Henrikh no era un "party boy". Él había viajado a la capital brasilera con un objetivo claro, así que prefería quedarse en casa jugando ajedrez, leyendo y autoflagelándose, en caso de necesitarlo.
A su vuelta a Ereván, el técnico del FC Pyunik exigió su comparecencia en las dependencias del club. Le faltaba un armador para el primer equipo y Micki cumplía con las características de juego que buscaba. Su debut se produjo a los 17 años. De ahí no paró, participando tres temporadas y media en el cuadro capitalino, donde cosechó cuatro ligas, dos supercopas y una copa nacional.
Tenía tan sólo 20 años y resultaba evidente que gozaba de nivel para competir en torneos de mayor relevancia. Lo sondeaban de la cercana Ucrania, tierra de camaradas ex soviéticos que al mismo tiempo en que se convertía en un paraíso para el tráfico de armas, contaba con una de las mejores ligas de fútbol de toda Europa del Este, por lo que cuando llegó una oferta de dicho país, no lo pensó dos veces y la aceptó. El Metallurg Donetsk sería su nueva camiseta.
Dos temporadas bastaron en el equipo malo de la ciudad para pasar al bueno. Cambió el Metalurh Stadium por el Donbass Arena, donde hacía de local el Shakhtar Donetsk. Palabras mayores para quien resultaba a esas alturas el orgullo del pueblo armenio. "El único bueno que tenemos", repetían los ciudadanos constantemente cuando reproducían en los medios de comunicación los goles y jugadas de Micki.
Lejos de achicarse en el gigante de la ciudad del este de Ucrania, el crack derrochó magia y tuvo unos años dorados. Formó parte de un plantel brillante, que competía en Europa de igual a igual con los mejores equipos de la época. En el mediocampo, le tocó compartir con Fernandinho, William o Douglas Costa, mientras asistía a Luiz Adriano, al boliviano Moreno Martins o al brasilero naturalizado croata Eduardo. A todas luces, uno de los mejores planteles que recuerde el cuadro naranja en toda su historia.

Recordada es su campaña de Champions League 2010-2011, donde el conjunto ucraniano alcanzó los cuartos de final de la máxima competición europea. En una fase de grupos donde quedó encuadrado con Arsenal, Sporting Braga y Partizán de Belgrado, ganó todos sus duelos a excepción del disputado en Inglaterra ante los Gunners. Posteriormente, humillaría a la Roma en octavos, venciendo en los dos partidos de la serie, para finalmente sucumbir ante el mejor Barcelona de la historia, ese de Pep, que ganó la copa e hizo ver a los demás como un grupo de amateurs intentando jugar balompié.
A nivel local el conjunto de camiseta naranja no tenía rival. Durante los tres años que estuvo Micki en las huestes del gigante de Donetsk, consiguió tres ligas, tres copas y una supercopa local. Su activa participación en la obtención de dichos trofeos para los "Hirnyky", llamó la atención de un joven mánager alemán que comenzaba una revolución en la ciudad de Dortmund. Jurgen Klöpp requería sus servicios en el Borussia.
Tras la partida del taquillero Götze al archirrival local, la máquina amarilla necesitaba una nueva pieza para seguir funcionando. Cuando Enrique llegó al primer entrenamiento el ambiente era horrible. La herida dejada por la derrota en la final de la última Champions League ante su enemigo público de Münich, caló hondo en la autoestima de sus compañeros de lucha. Pocos le prestaban atención cuando él quería jugarse una partida de ajedrez. Los más jóvenes vivían pegados a las redes sociales, mientras que los más viejos eran puteados por sus mujeres por su constante falta de atención desde aquella desgracia en Wembley.
A él le importaba una mierda. Iba a dar lo mejor de sí para volver al Dortmund a la senda de los triunfos. En el cuadro alemán estuvo tres temporadas, donde formó un tridente ofensivo que quedó impregnado en la conciencia colectiva de los fanáticos de la Yellow Submarine de Westfalia, con el pájaro loco Marco Reus y el morocho de Gabón don Pierre Emerick Aubameyang.
En su primera temporada con el cuadro alemán, el armenio había mostrado pinceladas de su talento, pero no había logrado tener un partido que lo ubicara en el corazón de los incondicionales. Esos hinchas con memoria, que décadas después no olvidan cuando un jugador mojó la camiseta como si en eso se le fuera la vida, necesitaban un "gesto" del número 10. Y Henrikh tuvo esa jornada mágica en una final de la Supercopa Alemana ante el Bayern.
Se abrían los fuegos de la temporada 2014-2015 con el partido que dirimía al mejor de mejores de la temporada pasada en el fútbol germano. Hace un par de años que ese sitial era disputado entre los buenos de Múnich y los capos de Dortmund. Para esa ocasión, el duelo contaba con el aliciente especial que, al igual que Mario "asesino de argentinos" Götze, el crack Roberto Lewandowski había tenido la osadía de cruzar de vereda. Inmobile y el colombiano Ramos habían sido traídos para reemplazar tamaña baja.
Antes de entrar a la cancha, Pierre Emerick le decía al oído a un concentrado Henrikh: "Culiado, si no marcamos diferencias hoy, se nos van a tirar como leones porque no está Lewandowski. La mano me va a caer más fuerte a mí, así que ayúdame". Sin decir absolutamente nada, Micki le guiñó un ojo en señal de aceptación. Amaba al gabonés dentro y fuera de la cancha, por lo que dispondría de todas sus herramientas futbolísticas para satisfacer el hambre de gol de su amigo.
A los 23 minutos de juego, un despeje de Neuer es cabeceado por la defensa de Dortmund, encontrando al artista armenio en mitad de cancha con espacio para avanzar. Tomó el balón y se dirigió como un cohete hacia el pórtico de Manuel. Los defensas rivales reaccionaron tardíamente para detener la embestida del crack, quien viéndose con espacio habilitó a Aubameyang, con la suerte de que dicho pase rebotó en el taco de Joaco Boateng, quedándole mansa la bola dentro del área para con un fusil de derecha batir la resistencia del equipo de camiseta roja.

Tras ese golazo, Henrikh había saciado su sed, pero su partner seguía ansioso, por lo que la tarea del armenio no estaba completa. En el minuto 62 de partido, Micki mueve el balón hacia el centro al rubio Kehl, que abre con el polaco Piszczek, quien se proyecta por la banda derecha, hace una pared con el prodigio de Gabón, centra hacia el área y Pierre Emerick clava un testazo que deja sin opción al portero titular de la Mannschaft. 2-0 para los mágicos de Westfalia que sería suficiente para llevarse el título. Nunca más los tifossi de Dortmund olvidarían al soldado armenio.
En la cúspide nunca olvidó a los miles de compatriotas que tenían una suerte diametralmente opuesta a la suya. Especialmente a los de Nagorno Karabaj, por cuyas venas corría la misma sangre y que sufrían las injusticias de los azerbaiyanos y la comunidad internacional, quienes no reconocían su autodeterminación de ser libres. Ese odio profeso entre pueblos hermanos lo había sufrido en carne propia, cuando en el contexto de un partido de Europa League entre el Dormtund y el Qabalag, no pudo viajar porque su vida corría peligro. Le costaba comprender que podía sufrir un atentado mortal solo por el hecho de ser bueno para la pelota.
Lo anterior no obstaba a que, cada vez que podía, se hiciera presente en el territorio en conflicto, que para esas alturas era conocido como la República de Artsakh. A él le daba lo mismo que buena parte del continente europeo no aceptara la configuración de este gobierno autónomo, porque no iban a hacer "ésos" quienes calificaran a este grupos de ciudadanos en una determinada categoría. Ellos eran artsajíes y lo serían siempre. Tras el apoyo incondicional en la lucha librada por sus hermanos de la región del Alto Karabaj, el Primer Ministro de este "desconocido" país le entregaría la medalla de honor por su labor humanitaria.
Otra golden medal que se colgó en el cuello Henrikh, fue la de la UEFA Europa League 2016-2017, título en el que tuvo participación estelar. Esta extraña historia de amor con los Red Devils comienza a mediados del año 2016. Meses antes el club había contratado a José Mourinho, quien aceptó el cargo con la promesa de que le permitieran disponer de un presupuesto importante para armar un equipo poderoso. Ese verano, junto con el genio de Armenia, llegaron Paul Pogba y Zlatan Ibrahimovic.

La temporada 2015-2016 había sido sorprendente en Inglaterra por el increíble título logrado por el Leicester City. Al mismo tiempo, el United dirigido por el holandés Lucho Van Gaal había acabado en quinta posición. Un desastre considerando las habituales expectativas de los rojos de Manchester. Ese lugar les impedía participar en la Champions, quedando como premio de consuelo el acceso directo a la fase de grupos de la Europa League.
Comenzaron su periplo europeo en la segunda categoría de Europa, en un grupo con el Fenerbahce, Feyenoord y Zorya Lugansk. Todo empezó horrible con una derrota en Holanda, la cual fue compensada con triunfos de local ante turcos y ucranianos. Una nueva caída, ahora en Estambul complicaba a los ingleses, pero una victoria en Old Trafford ante neerlandeses encarrilaba la clasificación.
Man Utd., llegaba a la última fecha con nueve puntos y el Feyenoord con siete. Resultaba difícil en los papeles que el club británico quedara fuera en la fase de grupos, pero si no lograban al menos un empate en Ucrania y los holandeses ganaban en casa, se irían eliminados. Fue así que Mourinho, quien es reconocido como un estratega, decidió poner de titular a uno que sabía como jugar en aquellas gélidas tierras de Europa del Este: Mkhitaryan. Y el artista armenio no lo defraudaría, porque exhibiría un concierto en el puerto de Odessa, anotando el primero de dos goles, con que los Red Devils asegurarían su paso a la siguiente ronda.
En la fase de dieciseisavos de final venía el Saint Etienne francés. Una exhibición de Zlatan en Manchester dejaba encaminado el triunfo final de los ingleses, pero había que ir a asegurar el pase a tierras galas. Ahi emergió la figura de Micki, quien tras desviar al arco un centro venenoso de Juanito Mata, inclinó el marcador a favor de su equipo, configurando el 1-0 final. Ese sería el aviso de lo que vendría a posteriori.
En octavos se encontraban con los rusos del Rostov. En pleno invierno europeo, debían visitar el territorio de los zares. Si bien muchos estaban acostumbrados a jugar bajo temperaturas heladas, el frío seco de la pequeña ciudad rusa, que penetraba como aguja en los huesos, minaba el rendimiento de cualquiera, menos el de uno que ya estaba acostumbrado a ese riguroso clima. Recibió y repartió patadas, combos y puteadas de los jugadores rivales, que lejos de intimidarlo, lo motivaron a llevarse la victoria. Fue así que tras una gran maniobra de equipo, abrió el marcador con un zurdazo imposible para el golero Medvedev. En Rusia terminaron igualados, pero el gol de Henirkh sería clave para que con una ventaja por la mínima en Manchester, su equipo pasara de ronda.
El Anderlecht belga aparecía en cuartos de final. A priori, parecía una eliminatoria sencilla de sortear para el conjunto inglés, pero se complicaría mucho más de la cuenta. En la ida disputada en Bruselas, el oportunismo de Micki, aprovechando un rebote del golero local, aventajaba a los rojos. Sin embargo, a cuatro minutos de final, los dueños de casa dejaban el marcador en tablas. En la vuelta en Manchester, una asociación con su "panita" Marcus Rashford, dejaba sólo en el área al ajedrecista de Ereván, quien batía la resistencia opuesta por Rubén. Finalmente, en un electrizante alargue, los Red Devils, terminaban derrotando 2-1 a su atrevida visita y clasificaban a semifinales.
Previo a esa semifinal con el Celta de Vigo dirigido por Eduardo Berizzo, Mkhitaryan había sido clave en todas las fases. En los cuatro últimos juegos del club como visita, se había matriculado con un gol. Sin embargo, en la ciudad norteña de España no pudo continuar con su racha. El héroe fue Marcus Rashford, quien encaminó la eliminatoria para los british. Tras la ventaja inicial de visita, los Red Devils consiguieron frenar las permanentes arremetidas del conjunto gallego en su feudo, igualaron a un tanto y accedieron a la gran final.
Ese día de fines de mayo en Malmo, se enfrentaban dos estilos: el todopoderoso United plagado de estrellas que jugaba de manera pragmática y el ex gigante Ajax de Amsterdam, que apostaba por jóvenes jugadores locales y extranjeros, mostrando un funcionamiento ofensivo en cada uno de sus compromisos. A sabiendas del estilo de su oponente, Mourinho dispuso una táctica abiertamente destinada a contener los embates del equipo holandés. Dejó a los buenos de Rooney y Lingaard en la banca, para poblar el medio terreno con los recuperadores Ander Herrera y Fellaini. Lo único que importaba era ganar, daba lo mismo el jogo bonito.
A los 18 minutos de juego, su estrategia daba resultado. Una jugada de toque encuentra sólo a Pogba fuera del área rival, quien se acomoda para la zurda y remata, con la suerte de que su impacto se desvía en la pierna del colombiano Deivinson Sánchez, generando una parábola imposible de detener para el moreno Onana. El francés de estilo estrambótico coronaba su gran torneo con una diana en el pleito decisivo.
Se fueron al descanso con la ventaja mínima. En el entretiempo observaron a un inquieto Mourinho. Algunos pensaban que los putearían y estaban alerta para reaccionar. No iban a permitir que les recriminaran aspectos de su actuación, dado que había sido un primer tiempo impecable. El portugués tomó la palabra: "La ventaja en el marcador no puede relajarnos. Deben salir como unos leones a asegurar el partido cuanto antes. Existe el riesgo de que nos conviertan un gol, pero con la solidez defensiva que tenemos es prácticamente imposible que nos hagan dos. Marco, Juan y Enríque, el campeonato pasa por lo que ustedes puedan generar en ataque". Tras las palabras del adiestrador, Rashford y Mata miraron a Micki, quien no dijo nada, sólo se limitó a guiñarles un ojo. No dejaría a sus camaradas solos en esta batalla.
A los 3 minutos del segundo tiempo, la joya armenia consolidaba la victoria de los rojos de Manchester.
Juan Mata se aprestaba a patear un córner. Desde fuera del área, Henrikh observaba la posición que adoptaban cada uno de los jugadores dentro del área y en su mente recreó un tablero de ajedrez. Las piezas estaban dispuestas y él debía interpretar de la mejor manera posible la jugada que tenía frente a sus ojos, porque sólo así podía vencer en esa partida. Pogba era el alfil, las torres estaban representadas por Smalling y Fellaini, por ende, él sería el rey que iría en captura de su homólogo, el arquero Onana en este caso.
A la espera del tiro de esquina, Henrikh se movió hacia el área chica y esperó. El balón fue en búsqueda de las torres, siendo una de ellas (Smalling) quien ganó la batalla final y cabeceó débilmente en dirección hacia el arco. Al ver llegar la bola a su posición, Micki lo entendió todo. Su jugada adquiría sentido y era el encargado de definir el asunto. Empalmó el balón con la pierna derecha, desviando su trayectoria inicial y dejando sin opción al meta camerunés. "JAQUE MATE" gritó hacia la tribuna, mientras era agasajado por sus compañeros en una eufórica celebración.
De ahí en más, los Red Devils se encargarían de administrar el resultado a su favor para volver a coronarse en el continente europeo luego de nueve años. Con la obtención de esa Europa League, pasarían a la historia como uno de los pocos clubes que han ganado todos los títulos internacionales que se disputan en su Confederación.
Esa temporada se cerró de manera mágica para Enrique. Quedó seleccionado en el podio de los cracks de la Europa League junto con Ibra y Pogba (quien resultó ganador), fue elegido por octava vez en nueve años como Balón de Oro de Armenia y justificó su sitial en el selecto grupo de grandes futbolistas del continente.
Un tipo con una conducción de balón envidiable, siempre pegada al pie y con la sapiencia necesaria para generar un desequilibrio que lo posicione de cara a la portería contraria. Velocidad, dribbling, fuerte pegada y una inteligencia incuestionable, permiten catalogarlo como el mejor jugador armenio de la historia, sin lugar a dudas.
El joven Enrique, ese que no le gusta la fiesta y prefiere el ajedrez, que maneja seis idiomas y que sueña con ser abogado, que le importa más que su familia esté bien por sobre los lujos y la acumulación de bienes materiales, ese que colabora con los ciudadanos de Nagorno Karabaj, que abraza a las madres y apoya a los hijos de los soldados caídos en la lucha por su independencia, y que además de todo eso, es extraordinario con la pelota en los pies, que cuando detenta el control de la esfera pareciese que toca las teclas de un piano, reflejando una melodía seductora y de esperanza para miles de compatriotas.
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