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El extraño de pelo largo


Un día 7 de noviembre de 2001, Quito, Ecuador, estadio Olímpico Atahualpa, ante 40.000 espectadores, el ecuatoriano más talentoso que se ha visto en un terreno de juego, envió una magistral habilitación para el gol que clasificó a su selección por primera vez a un Mundial de Fútbol. 

Álex Darío Aguinaga Garzón, nació en Ibarra, en la provincia de Imbabura, en el norte de Ecuador, con fecha 9 de julio de 1968. Un mes después de su llegada al mundo, los ciudadanos elegían como Presidente de la Nación a un viejo conocido: José María Velasco Ibarra. Una de las figuras más importantes del concierto político local durante el siglo XX, que para ese año iniciaba su quinto periodo gubernamental. Tres de los cuatro precedentes, habían acabado con un golpe de Estado.

Velasco se peleó con todos, menos con Corina, esa artista argentina que le robó el corazón y que permitió que aflorara la faceta más dulce del duro mandatario forjado en la mitad del mundo. Su amor fue a tal punto incondicional, que cuando ella falleció, él no encontró las fuerzas necesarias para seguir viviendo y la acompañó un mes después en el camino a la eternidad. "No vaya a ser que se sintiera sola", esgrimía poco antes de morir. 

Fue lo opuesto como jefe de Estado. Durante su última etapa al mando de la nación, decidió que era inviable gobernar con el Congreso que tenía e implantó una dictadura. El marcado tinte socialista con que ejerció el poder, sumado a las visitas de Castro y Allende a territorio ecuatoriano, terminaron por sepultar sus esperanzas de concluir el periodo para el cual el pueblo lo había escogido. Nixon, presidente de EEUU, levantó el teléfono y dio la orden de preparar un golpe de estado. El 15 de febrero de 1972 terminaba para siempre el "Velasquismo" en el país tricolor.

Pasará a la historia como un camaleón de la política de su tierra, puesto que cada período presidencial tuvo un tinte distinto, comandando el buque con representantes de izquierda o derecha dependiendo las circunstancias del caso. Es así que, al igual que Perón en Argentina, Velasco identificó a personas de todo el espectro político. 

Mientras las garras de una nueva dictadura militar se apoderaban de un país sudamericano, los Aguinaga Garzón decidieron mudarse de la norteña ciudad donde vio la luz el crack hacia la capital. Su padre Rubén le inculcó su pasión por el fútbol desde temprana edad. Era habitual ver al pequeño Álex chutando en la cancha del barrio Los Laureles o caminando con el balón en las manos mientras se dirigía a la escuela. 

Su romance con el deporte rey se afianzó cuando quedó seleccionado en la Academia de la ciudad de Quito. Fue uno de los 12 chicos escogidos, en una prueba en que postularon más de 300 niños. Haber sido uno de los afortunados en formar parte de la escuela, le ratificó que tenía todas las condiciones para triunfar. 

Durante su infancia, creció viendo los éxitos de Brasil, Argentina, Uruguay o Perú, que fueron los grandes dominadores del fútbol sudamericano en los 70 y principios del 80. Su Ecuador querida, no estaba invitada a esa fiesta. A lo más, contentaba al pueblo obteniendo una que otra victoria de local, pero el nivel de retraso que experimentaba con algunos de sus vecinos de la región era evidente. Y eso a un chico ganador como lo era Álex le molestaba profundamente.

Esa rabia de pertenecer a un país cuya selección no tenía logro alguno le hizo desarrollar una mentalidad ganadora. Ya incorporado al primer equipo de Deportivo Quito, partió con 16 años a representar al Tri en las eliminatorias para el primer Mundial Sub 17 a celebrarse en China el año 1985. En una fase de grupos de todos contra todos, Ecuador sorprendería a América por dos motivos: obtendría el tercer lugar y uno de los suyos saldría escogido como el Mejor Jugador del Sudamericano. El apellido del premiado era Aguinaga.

El joven crack estuvo cinco años defendiendo los colores de "Los Azulgranas", hasta que su pase fue adquirido por el grupo de inversionistas de la Comisión de Fútbol de Televisa. La liga mexicana necesitaba atraer a los mejores del continente del sur y la principal cadena de telecomunicaciones cumplía un rol activo en esa materia. Para aquella época, controlaba a los clubes América y Necaxa. Por eso, el destino de El Maestro de Ibarra sería una de esas instituciones. 

Sociedad Deportivo Quito | Década de los años 80

Las Aguilas eran el destino preferido por los capos de Televisa, sin embargo, dicho equipo tenía la cuota de jugadores extranjeros ocupada, por lo que no quedó otra opción que vestirlo con la camiseta de Los Rayados. Esa circunstancia del destino marcaría para siempre la historia de futbolista e institución.  

Antes de la llegada de El Güero a Necaxa, el club llevaba casi 60 años sin títulos de la liga local. Durante los 30, fueron los grandes dominadores del fútbol mexicano, pero no pudieron validar dicha supremacía en épocas posteriores. De la mano de Álex volverían los triunfos y los títulos. Especialmente recordada es la campaña 1994-1995, donde ganaron todo lo que compitieron: Copa, Liga y Supercopa de México, más la Recopa de la CONCACAF. 

Para la temporada ya mencionada, el club era conducido por Manuel Lapuente. Don Manolo exigió a la directiva un equipo de primer nivel. Venía para ser campeón, sino se iba a la "chinga de su madre", le habría dicho a quienes lo contrataron. Fue así que a las estrellas que ya vestían la camiseta rayada, como Álex, Beto García Aspe, Lucho "El Pajaro" Hernández, Ivo Basay y Ricardo Peláez, se sumaron el crack argentino Sergio Zárate, el chileno campeón de Libertadores con Colo Colo Eduardo Vílchez y los mexicanos Octavio "Picas" Becerril y "el Chema" Higareda. 

En aquella liga local, Los Electricistas terminaron la fase regular en cuarta posición con 46 puntos detrás de Chivas, América y Cruz Azul. Dicho lugar en la clasificación los obligaba a enfrentar a Tecos de Guadalajara en los cuartos de final de los Playoffs, emparejamiento que sortearon con éxito, tras un 2-0 en Zapopan y un 2-1 en el Estadio Azteca.

Venían las semifinales y se cruzaban con el Rebaño Sagrado de la ciudad de Guadalajara. Así es, los primeros de la fase regular eran su oponente en la ronda de cuatro mejores. El todopoderoso del Estado de Jalisco era el rival a vencer en ese torneo. Si uno quería ponerse la corona en buena lid, debía superar a Chivas o América, los dos gigantes del fútbol mexicano. Y ahí estaban Los Rayados para darle cara.    

El partido de ida en el Distrito Federal terminó igualado a cero, por lo que todo se definía en el Estadio Jalisco. Los muchachos de Manolo se adelantaron tempranamente con un zurdazo del Beto García Aspe, siendo igualados mediante anotación de Manuel Martínez. Ese 1-1 fue el resultado definitivo, lo que permitió, por la regla del gol de visitante, el paso a la gran final a Necaxa.

En los dos últimos juegos que separaban a la tropa de Álex del título, debían enfrentar a La Máquina Cementera. Ambos duelos se disputarían en el Estadio Azteca con tres días de diferencia. En el primero de ellos, en que fueron locales Los Rayados, el resultado final fue 1-1 con conversiones del Hueso Basay y el gran goleador cuate Carlos Hermosillo. 

Para la vuelta, el 90% del Estadio Azteca estaba teñido de azul y blanco. Se esperaba que Cruz Azul consolidara el título de la liga local ante aquel atrevido Necaxa. En una lucha de dos grandes estrategas del país azteca, como los señores Luis Fernando Tena y Manuel Lapuente, más veintidós guerreros comandados por grandes valuartes de la selección mexicana de la época, se erigió como figura excluyente El Maestro Aguinaga. 

Tal como Michael Jordan, bastaban pequeños detalles para motivar a Álex a dar lo mejor de sí. En un estadio repleto que hinchaba contra sus intereses, se podía apreciar un lienzo puesto por la barra de su club que rezaba "Somos pocos pero muy contentos". Por esos escasos locos que acudían a verlos levantar un título de liga local por primera vez en casi sesenta años, es que iba a utilizar su magia para desnivelar el asunto a favor de los suyos. Y así nada más fue.

En el minuto 29, Ricardo Peláez recibe el balón en el área y queda complicado para rematar, por lo que optó por tirar un taco al ver que venía Aguinaga. Cualquier jugador normal, al recibir la esfera en esa posición hubiese rematado al arco, pero La Machona era distinto. Recibió, amagó definir, y cuando el arquero ya estaba lanzado, lo eludió y remató con el pórtico vacío. Tras esa obra de arte, Ivo Basay convertía el 2-0 a falta de pocos minutos para el final, asegurando el título para Necaxa. 

Gran algarabía en el pueblo rayado. Festejaron muchos en sus casas, otros pocos en el estadio, los jugadores y el cuerpo técnico que habían hecho eso posible, y Ramón Váldez, famoso actor mexicano que interpretaba a "Don Ramón" en la serie Chavo del Ocho, confeso fanático de Los Rayados, que nunca los vio ganar en vida, celebraba en los cielos.

Álex Aguinaga siempre en Necaxa, el pedido de un presidente ...

Tras esa gran campaña del elenco dirigido por Manolo, las grúas de los principales equipos del país se posaron sobre varias de las figuras del campeón. Fue así, que la Comisión de Fútbol de Televisa estimó necesario que Aguinaga pasara al América, generándose un escándalo que escaló hasta el palacio presidencial. La razón: el presidente de México Ernesto Zedillo era hincha de Necaxa.

Fue así que el mandatario del país del tequila y las rancheras, agarró el fono y se comunicó con el encargado del Comité: "Pues mire caballero. Puedes llevarte a cualquiera del equipo, pero Aguinaga no se mueve. En caso de verlo con la camiseta de Las Aguilas, le mató a la mamá, al papá, a los hijos, hasta a la abuela, y si la abuela está muerta, la desentierro y se la vuelvo a matar". Ante tal amistosa petición, las pretensiones de mover a Álex de equipo quedaron en nada.

Habiéndose convertido en el gran ídolo de la afición rayada, logrado títulos después de años y posicionado al club en la élite de México, El Maestro sentía un vacío en su corazón. No significaba nada lograr reconocimientos a nivel de clubes y personales, si no se traducían en la selección nacional. De pequeño disfrutaba ver a otras escuadras sudamericanas en las Copas del Mundo, pero al mismo tiempo, quería participar con los suyos en una competencia de tamaña magnitud.

Para el Mundial de 1998, donde Álex estaba en su mejor momento, estuvieron cerca, pero fue finalmente la Selección Chilena quien se adueñó del último cupo para acudir a la cita en Francia. Venían las clasificatorias para el primer campeonato planetario de fútbol a celebrarse en Asia. El objetivo era de una vez por todas cantar "Salve, oh patria! en una World Cup.

Tras el fracaso en la Copa América de 1999, la Federación de Fútbol de Ecuador contrató para comandar al equipo en las Eliminatorias a Hernán Darío Gómez, más conocido como "Bolillo". El adiestrador venía de dirigir a Colombia en Francia, quedando libre tras esa copa. Pocos años antes, el Tri había sido dirigido por el maestro de éste, don Francisco "Pacho" Maturana, por lo que resultaba más fácil tomar un conjunto que ya tenía impregnado en su ADN el laburo de su mentor. 

La misión Corea-Japón 2002 inició de manera desastrosa para los dirigidos del antioqueño. Tan sólo 7 puntos en sus primeros seis partidos, fue un saldo lastimoso para los descendientes de Atahualpa. Posteriormente, una victoria ante Bolivia en casa y una goleada en contra en Montevideo, encontraban a los quiteños en un incómodo séptimo lugar pasadas ocho fechas. Las esperanzas decaían, pero no se apagaban por completo. Fue ahí, donde Bolillo golpeó la mesa de manera fuerte:

"Me cortan esta maricada inmediatamente. Que no somos menos que ninguno. En la altura no podemos seguir fallando. Convirtamos el Atahualpa en el cementerio de las grandes selecciones sudamericanas. Acá se van todos en tumbas de vuelta a sus países y ojalá con un saco de goles en contra. ¡Viva Ecuador carajo!".

El discurso del paisa Gómez fue un bálsamo de esperanza para los jugadores. Había que creer que podían, tenían equipo para superar a cualquiera y debían demostrarlo. "Es sólo una cuestión de actitud", decía el poeta argentino Fito Paez el año 1999. Venía Chile, dura selección que contaba con una de las más peligrosas duplas de ataque del continente, por lo que sería una prueba interesante para ver qué nivel eran capaces de exhibir en su cancha.  

Y le ganaron a La Roja. Después, fueron a Venezuela y se trajeron los tres puntos. Tras esa victoria en Maracaibo tuvo lugar el punto de inflexión del Tri en esas Eliminatorias. En los meses de marzo y abril de 2001 debían recibir a Brasil y Paraguay respectivamente. Ante el Scratch, el elenco comandado por Bolillo mostró una de sus versiones más cercanas a la perfección. En un partido ordenado, donde Ecuador tuvo numerosas incursiones ofensivas sin descuidar la retaguardia, se llevó el trámite por 1-0 con gol del Tín Delgado. Un mes después, los guaraníes también caerían en Quito. Nuevamente don Agustín sería el héroe, convirtiendo las dos anotaciones que permitirían dar vuelta la ventaja inicial de Pepe Cardozo.

Cuatro triunfos al hilo encumbraban a la Tricolor en la clasificación, que se metía en puestos de avanzada. Pero como no podía ser todo perfecto, una desgracia sacudiría al combinado en medio del proceso hacia el Mundial. Un dirigente del equipo Santa Clara de la Segunda División del fútbol ecuatoriano, concurrió a un hotel a agredir a Bolillo por la no inclusión de un jugador de sus filas en la Selección Sub 20. El afectado por la exclusión era nada menos que el hijo del presidente Abdalá Bucaram. El hecho que de por sí adquiría ribetes mayores, se agravó cuando un individuo no identificado desde afuera del recinto hotelero, percutó un disparo con arma de fuego que fue a dar en la pierna del DT cafetero.

Tamaño desastre a sólo unas fechas del fin de las Eliminatorias. El pueblo se paralizó en una campaña de apoyo y ruego simultáneos al jefe colombiano para que los perdonara y continuara el exitoso periplo por la banca nacional. Hernán Darío confirmó que seguía al mando y sus jugadores le regalaron una de las mejores victorias que podían obtener. Fueron a Lima y vencieron al local por 2-1. 

A falta de pocas fechas, Ecuador conseguía cinco triunfos al hilo, se posicionaba tercero, con altas expectativas de lograr el acceso a la Copa del Mundo, pero debían ratificar su favoritismo en la recta final. Al parecer, los nervios le jugaron en contra en el siguiente partido y cayeron derrotados contra Argentina en Quito, perdiendo así el invicto en condición de locales. Un empate ante Colombia en Bogotá y una contundente goleada por 5-1 propinada a Bolivia en La Paz, los dejaba con la primera opción de conseguir los boletos a Corea-Japón.

Un día como hoy - Ecuador derrotaba a un Brasil lleno de estrellas ...

Los jugadores de la Tricolor sabían que Uruguay era un rival durísimo. Los habían ultrajado en Montevideo enviándolos de vuelta a casa con un saco de cuatro goles encima, por lo que debían ser extremadamente cuidadosos. Aparte, los charrúas eran rival directo, por lo que si conseguían vencerlos en Quito, las pretensiones mundialistas de los ecuatorianos se podían escurrir como el helado en las manos de un bebé. Al mismo tiempo su líder futbolístico y espiritual, el viejo Aguinaga, llegaba a ese encuentro con una complicación en su rodilla izquierda, por lo que no podía ser de la partida.

Cuarenta mil personas en las gradas y 13 millones repartidos por el globo terráqueo, soñaban con ver a su país en una Copa del Mundo por primera vez. La tarea no era sencilla, dado que los dirigidos por Víctor Púa necesitaban obtener la victoria para consolidar sus expectativas de acudir a la cita también. El obeso adiestrador uruguayo tiraba toda la carne a la parrilla, como suponemos hacía en sus ratos libres. Nico Olivera, Chino Recoba y Darío Silva configuraban el tridente ofensivo que pretendía hacer un "Atahualpazo". 

El primer tiempo terminaba y una encarada hacia el arco ecuatoriano de Olivera generaba una desazón en las huestes locales. El bronceado Geovanny Espinoza lo derribó en la línea del área y el referee pitó lanzamiento penal. El mismo Nico cobró la pena máxima y puso el 1-0 a Uruguay. Así cerraba la first half del juego decisivo. 

Los jugadores de la Tricolor estaban nerviosos. Una derrota en casa implicaba tener que ir a jugarse la vida a Chile, a sabiendas de que era un campo que los complicaba. Asimismo, traía aparejado que Uruguay los alcanzaba en la tabla. A diferencia de ellos, los charrúas jugaban en Montevideo con una Argentina ya clasificada y los brazucas definían en su territorio con Venezuela. Todo el esfuerzo para nada, para un repechaje que los podía dejar al borde del abismo. No iban a permitir una nueva vejación de mano de los orientales. ¡Patria o muerte venceremos!, exclamaban airadamente los guerreros del paisa Gómez.

Comenzada la segunda mitad, el candado uruguayo se hacía impenetrable. Bolillo miró a Álex. Álex miró a Bolillo. Un solo gesto y Aguinaga brincó del banquillo para vestirse de corto y salir a la cancha. Para él, hacer ingreso al Atahualpa tenía una connotación emocional mayor, dado que si fracasaban no tendría otra chance de vestir la camiseta de su amada Ecuador en un Mundial. Tenía 33 años, era ahora o nunca.

Los sicarios uruguayos despejaban todo lo que los locales enviaban a su área y si llegaba a pasarse un sólo balón, el meta Carini se lucía con tremendas atajadas. Ulises de la Cruz se comía la banda derecha, hacía conexiones con Edison Méndez, por el otro lado, buscaba Guerrón. El Tin Delgado e Iván Kaviedes chocaban ante la férrea marca impuesta por el contrario. Sólo un destello de magia los podía salvar en ese momento.

En el minuto 72, un largo balonazo encuentra al Tín Delgado al borde del área. Éste recibe de espalda, busca el pase y encuentra a El Maestro desmarcado con opciones de exhibir sus enseñanzas. Era un avanzado, independiente de que ya no tuviera el mismo estado físico, su técnica y su inteligencia estaban intactas, por eso que los uruguayos cometieron una falla brutal al permitir que ingresara al rectángulo rival y pensara, porque cuando lo hizo, ensayó un centro de zurda que cayó con la potencia y precisión necesarias, para que el goleador Iván Kaviedes pusiera un frentazo e igualara el marcador. Con esa anotación, Ecuador clasificaba.


El resto del partido fue un trámite que pudo controlar la Tricolor a la perfección, obteniendo así un ticket to ride hacia Corea-Japón. Un sueño hecho realidad para uno que había fracasado en tres eliminatorias anteriores y que obtenía un premio a su trayectoria con la casaca amarilla. El extraño de pelo largo, que ya había mostrado en múltiples ocasiones destellos de su talento en todo el continente, utilizaba su varita mágica para ocasionar lo que el mismo definió como "el gol más importante de su carrera". El empate con Chile y la increíble derrota de Paraguay ante Colombia los dejaría segundos en esas Clasificatorias, sólo detrás de Argentina. Éxito total.

Aquella campaña de la selección de Bolillo es la mejor que ha tenido el pequeño país sudamericano en su historia. Como olvidar las cabalgadas de Ulises de la Cruz, la solidez de la dupla de Iván Hurtado con Geo Espinoza, la aparición de un joven y revolucionario Edison Méndez, el talento de Aguinaga y la gran producción goleadora de Kaviedes y sobre todo de Agustín Delgado, que salió máximo anotador de Sudamérica en esas Eliminatorias.

La Copa del Mundo los recibió en un complicado grupo con Italia, México y Croacia. Al parecer, Asia no fue su lugar perfecto en el mundo, porque cayeron derrotados ante tanos y cuates, despidiéndose tempranamente del torneo. Una victoria en el último juego por 1-0 ante los balcánicos, permitió a la Tricolor finalizar honradamente su participación. Álex disputó los tres encuentros con la jineta de capitán. Eso sí, llegó con el pelo corto. Dejaba atrás la famosa colita que lo había acompañado gran parte de su trayectoria deportiva. Al igual que Sansón, perdió poder cuando lo hizo y quizás por eso Ecuador no tuvo un gran campeonato.

Aguinaga tenía una habilidad extraordinaria y una velocidad que sorprendía a cualquier defensor, principalmente por sus rápidos movimientos cuando así lo requería la situación. No marcaba, por lapsos del partido lo veías parado, observando cómo se disponían las piezas en el tablero de pasto, pero cuando pensaba era letal. Tenía una inteligencia para ubicarse en el lugar exacto y una visión de juego para saber donde ubicar un pase, que marcaba ostensibles diferencias. El gran genio del fútbol ecuatoriano.

Y así fue como ese chico que corría y jugaba por el barrio Los Laureles de la ciudad de Quito, que crecía viendo a otras selecciones sudamericanas en Mundiales, pudo finalmente romper la historia y clasificar con su selección. Se dedicó al fútbol porque le gustaba, fue consiguiendo logros de manera colectiva e individual, pero no se podía retirar sin antes cumplir el sueño de ese niño nacido en Ibarra, que no era otro que ir a una Copa planetaria con la Tricolor. Y como el esfuerzo y la perseverancia se premian, con 33 años lo consiguió. Al poco tiempo colgó los botines, ya se había conseguido todo.

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