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El sexto beatle


Un día 13 de mayo de 2006, Cardiff, Gales, estadio Millenium Stadium, ante 71.140 espectadores, un mediocampista inglés de extraordinaria pegada se terminó de convertir en leyenda viva del Liverpool.

Steven George Gerrard nació el 30 de mayo de 1980, en la ciudad de Liverpool, ubicada en Merseyside, uno de los cuarenta y siete condados de Inglaterra. Por aquel entonces gobernaba en el Reino Unido la conservadora Margaret Thatcher, mundialmente conocida como la “Dama de Hierro”, que hace referencia a la estricta manera en que comandó los hilos de la isla.

Sabía que como mujer debía imponerse y desde un primer minuto puso los ovarios sobre la mesa, impulsando reformas con un claro tinte neoliberal. “De ahora en adelante, las cosas se hacen a mi pinta, le guste a quien le guste”, decía la Margarita al pueblo británico. Y fue así como privatizó toda empresa estatal, desreguló el mercado financiero, bajó los impuestos, flexibilizó el mercado laboral y le hizo la guerra a los sindicatos, no sin antes haber reducido fuertemente el gasto público en educación y vivienda. “La gente no se puede acostumbrar a que le regalen las cosas”, se comenta que decía por los pasillos de la sede ministerial. Friedman y sus secuaces gozaban de permanentes erecciones con la “Iron Lady”, personificando la imagen de una mujer maravilla para estos intelectuales.

En Liverpool, que es por esencia una ciudad proletaria, la figura de la mandataria británica generaba un odio furibundo, todo lo opuesto a lo que producían Los Beatles, en especial, el cuatro ojos de nariz aguilucha que respondía al nombre de John. La plebe lo idolatraba por su talento musical y encontraba genial que anduviera con Yoko para arriba y para abajo. Mark Chapman, un manflinflero ciudadano neoyorquino, no estaba ni ahí con lo que pensaban los fans y le clavó cuatro disparos. Era diciembre de 1980, previo a la primera navidad del niño Stevie con vida. Él no iba a entender nada y sus padres, horrorizados por lo que le habían hecho a Lennon, rogaban porque a su hijo le tocara vivir en un mundo mejor.

En una nación conmocionada por la muerte de uno de sus mayores talentos musicales de todos los tiempos y escéptico acerca del futuro por los cambios impuestos por la Marga le tocó crecer al crack. Era también una época en la que su ciudad natal era la Meca del fútbol local. En la década de los ochenta, ocho de las diez competiciones ligueras quedaron en poder del Liverpool o el Everton. Es más, la llegada al mundo de Steven se celebró con la obtención del décimo segundo título liguero de los rojos.

El fanatismo que generaba el deporte rey en el Reino Unido era innegable e imposible de detener en los niños. Todos soñaban con ser jugadores profesionales, más aún cuando veían al equipo de sus amores quedarse con la mayoría de las competiciones en que participaba. Con solo cinco años, Gerrard había visto ganar cuatro ligas locales y dos Copas de Europa al Liverpool. La supremacía del cuadro de Anfield Road rosaba lo obsceno y nadie quería cruzárselos en los torneos. Esa tropa comandada por Rush, Dalglish y Souness, caló hondo en el corazón de los millones de fanáticos del cuadro nortino.

A los nueve años, el pequeño SG lograba ser la envidia de todos sus amigos del colegio al pasar de las complejas y apasionadas pichangas de recreo al plantel de pequeñines que se formaban en el Liverpool. Corría el año 1989. Su mejor amigo se llamaba Jon Paul y era su primo también. Él tenía diez y era más fanático de los Reds que Stevie. Se sabía todos los miembros del primer equipo de memoria. Fue así como partió al estadio Hillsborough de Sheffield a ver el encuentro de semifinales de copa entre su Liverpool contra Nottingham Forest. Aquel día ocurrió lo que se conoce como la “Tragedia de Hillsborough” donde noventa y seis fanáticos de los rojos murieron aplastados por una avalancha humana. Una de esas víctimas fue Jon Paul.

Steven quedó devastado. En el entorno del prometedor infante creyeron que sería motivo suficiente para que abandonara su deseo de convertirse en jugador de fútbol, pero la muerte de su primo y best friend tuvo el efecto contrario, dado que lo motivó el doble. Ahora ya no jugaría solo por él, sino que tendría un ángel en el cielo que se convertiría en su hincha número uno. Con ese empuje adicional no existiría nadie que pudiera detener el meteórico ascenso de uno de los mejores deportistas del siglo XXI en Inglaterra.

Creció mirando a Rush y a Barnes en Liverpool, así como se fascinaba con la versión exhibida por Paul Gascoigne en el Mundial 90 con la selección inglesa. Tenía aprecio por los talentosos, pero también por los goleadores, dos aspectos que definirían el juego del Capitán Fantástico en su era profesional.

La joya del suburbio de Whiston era consciente de su talento. Le iba bien jugando fútbol, pero sentía que el Liverpool no lo valoraba, por lo que comenzó a probarse en otros equipos, dentro de los cuales se encuentra el Manchester United, el equipo más odiado por todos los fanáticos del cuadro rojo. La rivalidad entre ambas ciudades se hacía sentir en el campo de juego también, donde los Hooligans de ambos equipos se daban de todo menos consejos cada vez que se cruzaban. Ante esa situación, los directivos del club de sus amores adelantaron los trámites y le ofrecieron su primer contrato juvenil. No podían dejar partir a ese diamante en bruto a Old Trafford, dado que a esas alturas el equipo de Sir Alex se había convertido en el amo y señor de la Premier League.

Para 1998 los franceses la llevaban. Habían ganado la Copa del Mundo con un técnico local y en Inglaterra eso llamaba la atención. El Arsenal se había atrevido un par de años antes y había contratado a Arsene Wenger, que inició una verdadera revolución en el club londinense. En Liverpool no querían quedar ajenos a esta moda y para comienzos de la temporada 1998-1999 fichaban como adiestrador a Gérard Houllier. El galo venía con la idea de empezar a dar rodaje a los muchachos de la cantera y de la mano de él Steven hizo su debut profesional con dieciocho años.

En la campaña siguiente al de su pérdida de virginidad, comenzó a afiatarse en el once titular con Jamie Redknapp en el medio terreno y de ahí no salió, hasta que el francés dejó el Liverpool el año 2004 con un saldo de buenas intenciones y peleas infructuosas por hacerse con la Liga local. Su gran logro fue la histórica final de la UEFA 2001 donde derrotaron al sorprendente Alavés español por 5-4. Uno de los goles fue obra del joven Esteban Gerardo, quien comenzaba a avisar que las definiciones continentales eran lo suyo. Se sentía cómodo en los grandes partidos y no se achicaba ante nadie.

Previo al inicio de la temporada 2004-2005, Stevie estaba medio aburrido. Llevaba cinco años en la primera plantilla y sentía que su club estaba muy lejos de los otros para entrar a competir por cosas importantes. El flaco quería títulos y consideraba que en Anfield Road no iba a conseguirlo. Por ese tiempo, el Chelsea había sido adquirido por el magnate ruso Roman Abramovich, quien tenía más dinero que cualquier individuo en Inglaterra y no escatimaba en gastos para convertir a los azules de Londres en un equipo de renombre mundial. Se había traído al técnico sensación del momento en Europa que era el portugués José Mourinho y lo quería regalonear trayendo a uno de los mejores de la Liga que era el 8 del Liverpool. Parecía que los planetas estaban alineados para que vistiera de azul, pero nada hacía presagiar la aparición de don Rafa Benítez.

El español que venía de causar sensación en su patria con el Valencia, era contratado como nuevo DT del Liverpool tras la salida de Houllier. De un bajo perfil el madrileño, pero cuando se proponía cosas curiosamente las cumplía. “Si quieres ándate, pero tío para que vas a hacer semejante burrada. Que en el Chelsea no vas a ganar la Champions y acá sí. Este año la traemos a casa”, le dijo un confiado Rafa al talento de Whiston.


Ese exceso de seguridad del nuevo jefe le causó gracia a Gerrard. “Me caíste bien y me gustó tu manera de ser. Te compro tu discurso, independiente de que creo que eres vende humo, pero al menos lo sabes vender bien”, le dijo entre risas el capitán. Acto seguido cogió el teléfono, marcó al móvil personal de Abramovich y le explicó que se quedaba en Anfield porque ese año iban a ganar la Champions. El ruso, un hombre de pocas palabras, le contestó en un confuso inglés “OK”. Hubiese sido de mal gusto esa gula de talento en el hipotético mediocampo del Chelsea con Steven y Frank Lampard.

La temporada 2004-2005 tuvo de dulce y agraz para los hinchas del Liverpool. En la Liga venían a los tumbos, mientras avanzaban rondas en la Copa de la Liga. Por su parte, la Champions los ponía en un juego decisivo ante el Olympiakos para pasar a la siguiente fase. Debían ganar por dos o más goles en Anfield, sino quedaban fuera. A diez minutos del final, griegos e ingleses igualaban a un tanto. La hazaña parecía imposible hasta que Mellor, de quien seguramente ni su madre se acuerda, puso el 2-1. 

Las tensiones se acumulaban entre los fanáticos británicos, muchos se cuestionaban por qué habían bebido tanto durante el juego si no iba a producirse ninguna celebración. Nuevamente se iban con el corazón y el hígado destruidos a casa tras una nueva decepción de sus jugadores. Pero nadie contaba con la astucia del Capitán Fantástico, que a falta de cuatro para el término del juego recibió un balón fuera del área y le pegó como si en eso se le esfumara la vida, con tal calidad que la redonda se coló en un rincón imposible de detener para el golero ateniense. 3-1 y se desataba la locura en el coliseo liverpuliano. Muchos al día siguiente vomitaban por la resaca, pero la sonrisa en el rostro no se las sacaba nadie.

En enero quedaban eliminados sorpresivamente ante el modesto Burnley de locales por la FA Cup. En febrero, perdían la final de la Copa de la Liga a manos del Chelsea. La Premier la jugaban por honor, porque habían salido de la pelea por los cupos de avanzada, cifrándose todas las esperanzas en lo que pudiesen hacer en la Champions.

En octavos arrasaron con el Bayer Leverkusen y en cuartos superaron a la Juventus. En las semis, se cobraron venganza del Chelsea y accedieron a la final de la Liga de Campeones. Tras la victoria en casa ante los londinenses, Steven miró a Rafa Benítez, quien se limitó a guiñarle un ojo. Lo que le había dicho a principio de temporada, que en los oídos de un fanático del club parecía imposible de lograr, se estaba milagrosamente consiguiendo. “Ves, te dije que en el Chelsea no ibas a ganar la Champions”, le susurro al oído el jefe español al Caudillo inglés en medio de las celebraciones desatadas en el camarín local.

La banda de Gerrard culminaba su periplo liguero en un mediocre quinto puesto, por lo que la única opción para salvar una temporada de decepciones era quedarse con la Orejona. Al frente tenían al Milán de Carleto, que se recuerda como una de las mejores versiones del equipo rossonero. Kaká, Shevchenko, Pirlo, Gatusso, Nesta, Maldini y Crespo, constituían un ejército capaz de aniquilar a cualquiera. Eran los mejores de Europa por juego y plantilla, y frente a esos tenían que jugar los soñadores liverpulianos.

Esa final en Estambul se recuerda como una de las epopeyas más fantásticas de la historia moderna. Ni los otomanos se atrevieron a tanto en el mismo territorio. Los Reds caían 3-0 al terminar el primer tiempo y a base de coraje lo remontaron 3-3 para llevar el partido a una dramática definición a penales. Clave en esa épica igualada fue Steven, quien convirtió uno de los goles y fue víctima de la pena máxima que permitió a Xavi Alonso igualar el marcador, tras recoger un rebote previa contención de Dida.

En las ejecuciones que dirimirían al propietario de la Champions esa vez, el Capitán Fantástico convirtió y posibilitó que Dudek se hiciera héroe conteniendo tres lanzamientos que le darían la copa a los domiciliados en Merseyside. A esos deportistas que la prensa mundial había ninguneado, dando por hecho que el Milán ganaba esa final trotando, les callaban la boca, para ubicar al más grande de Inglaterra en el sitial que nunca debió abandonar. Steven, Rafa, Xabi, Jerzy, Djibril, Lucho y tantos otros saltaban enajenados en los camarines del coliseo ubicado en la antigua ciudad de Constantinopla. Benítez se lo había jurado a principios de temporada y su credibilidad había subido como la espuma para el eterno número ocho.



Ese grupo de cracks había demostrado que nada era imposible. Caían derrotados muchas veces, pero se levantaban para protagonizar nuevas hazañas. Y la temporada siguiente tendría lugar lo que los historiadores han denominado “The Gerrard Final”, que como bien dice su nombre, tendría como actor principal al capitán del ejército rojo Esteban Gerardo.

Esa 2005-2006 volvió a tener alegrías y decepciones para los apasionados habitantes de la ciudad de Liverpool que le iban al equipo de vestimenta colorada. En la Copa de la Liga, se iban eliminados en tercera ronda ante el Crystal Palace, en la Champions también tenía lugar una temprana partida a manos del Benfica portugués y en la Liga, si bien habían mejorado sus registros, habían quedado a nueve puntos del Chelsea de José, que ganaba cómodamente el trofeo.

La FA Cup era la esperanza de los pupilos de Rafael. Una competición donde habían mostrado la misma jerarquía que en la Liga de Campeones pasada al dejar afuera a los dos mejores equipos de Inglaterra de aquel entonces, el Chelsea y el Manchester United.

Tras las victorias obtenidas ante el Luton Town por 5-3 y ante el Portsmouth por 2-1 en tercera y cuarta ronda respectivamente, el sorteo los cruzaba con los “Red Devils”. Los dirigidos por el caballero Alex Ferguson metían miedo a cualquiera, pero Peter Crouch les dijo “con el Liverpool no” y les clavó el tanto con el que se fueron para la casa. Luego, vendría el Birmingham en cuartos de final, a quien dejaron afuera por un ajustado 7-0, en un partido en que hasta el utilero del club metió un gol.

Llegadas las semis existían tres posibles rivales. El West Ham, el Middlesborough y el Chelsea. Los miembros del ejército rojo le tenían muchas ganas a los Blues, pero los querían enfrentar en la final. No olvidaban la insolencia sufrida el año anterior en la definición de la Copa de la Liga. Sin embargo, el sorteo no les permitiría cumplir sus planes, porque los cuadraría con los adiestrados por Mourinho en la ronda de cuatro mejores. En el Old Trafford se dieron cita y el Liverpool pasó, derrotándolos por 2-1, impidiéndoles así el sueño del doblete que tanto anhelaban en Stamford Bridge.

En un lindo día primaveral en la República dependiente de Gales se enfrentaron para decidir al campeón del torneo más antiguo del mundo West Ham United y Liverpool. En la previa, mil quinientos tickets para ingresar al encuentro fueron hurtados de la oficina postal de donde se remitirían a los domicilios de los hinchas del Liverpool que los habían comprado. Fue un caos, lo que obligó al club a intervenir en defensa de los afectados, gestionando que la mayor parte de éstos pudiese acceder a la cancha. “Róbenme el auto, la casa, incluso la mujer, pero con una final del Liverpool no.”, señalaba un ofuscado y desprendido fanático previo al juego.

Nuevamente los pupilos del madrileño de incipiente calvicie tenían que salvar el año con un trofeo, por lo que eran conscientes de que había dos opciones: ganar la FA Cup o irse a vacaciones conscientes de haberle cagado la vida a los incondicionales que los seguían a todos lados. Previo a esa final, Benítez les señaló: “Ojo con los martilleros. Se ven más malos de lo que son. Los quiero concentrados en las marcas, los despejes y Reina por favor no des rebotes cuando te rematen al arco, que son buenos para aprovecharlos”.

Los jugadores entraron a la cancha del Millenium Stadium e hicieron todo lo que Rafa les había pedido que no hicieran. El 1-0 cayó a los 21 minutos, tras una jugada en que el único israelí bueno de la historia, el talentoso Yossi Benayoun, visualiza como Scaloni arremete por la banda derecha y le mete un pase que lo deja solo para centrar al área, Lionel envía el balón al medio y al momento de intentar despejar, Jaime Carragher la termina metiendo en su propia meta. El 2-0 ocurrió a los 28, en que Etherington encaró a la defensa roja y ensayó un zurdazo relativamente fácil de controlar, pero el bueno de Pepe Reina estaba de humorista de la jornada y dio rebote, lo que permitió a Ashton empujar la redonda hacia las redes.

El descuento liverpuliense fue obra de Djibril Cissé, aquel jugador cuyo verdadero color de pelo nunca se sabrá, pero de su calidad si había conocimiento. Todo comenzó en los pies del ocho de los rojos, quien recibió en medio terreno y lo vio picar hacia el pórtico rival, le puso un pelotazo de treinta metros al pie, que al ariete no le quedó más que impactar la redonda. Al descanso, el Golden man de Whiston era la esperanza de técnico y compañeros para sacar la tarea adelante. Habían remontado una diferencia de tres el año pasado, acá solo debían meter un par y evitar que les convirtieran.

La segunda etapa partió bien. Tras un centro de Xavi Alonso que fue pivoteado por Carragher, entró cabalgando como un caballero de la mesa redonda el Capitán Fantástico para poner un derechazo en el ángulo de Hislop a una velocidad de al menos 100 km/h. Ni desdoblándose podía haber evitado el gol el meta trinitense. Diez minutos después de la gracia de Steven, el discreto de Konchesky recibió un balón por la banda y medio con afán de desprenderse rápido de la responsabilidad recaída sobre sus pies puso un centro en el área. De seguro no pretendía conseguir lo que finalmente ocurrió, dado que el envío del lateral fue tan defectuoso que no logró su objetivo inicial, pero metió un golazo, porque la esfera se terminó colando en el segundo palo del meta Reina. “Es que de nuevo Pepe. Tenía que ser catalán este gilipollas”, sentenció un enfurecido Benítez reflejando la eterna rivalidad entre capitalinos y los vecinos del este.

Los minutos pasaban y el Liverpool no conseguía igualar. Una tras otra las ofensivas de los Reds eran anuladas magistralmente por la férrea muralla de los londinenses. Los hooligans reformados que solían apoyar a la escuadra nortina perdían el aliento a medida que corría el reloj. La cerveza sabía a orina, los cánticos sonaban desafinados y los deseos de suicidio colectivo aumentaban. Perder con el West Ham era humillante, por lo que muchos no sabían si lo podrían soportar.

Hasta que llegó el minuto 90. Casi sin esperanzas Riise envía un centro al área, que fue despejado por la defensa y le cae el balón manso a Gerrard para disparar. El tipo estaba enojado, veía que sus compañeros no ponían los huevos suficientes y tenía ganas de irse a la mierda. Agarró la regalona y le puso un fierrazo desde treinta metros que, para su buena suerte, se coló como un misil en el ángulo inferior derecho de Hislop. Se volvieron todos locos, el tipo había metido un gol de otro planeta. Quien otro sino el gran caudillo liverpuliano. Mientras partía a celebrar con su gente pensaba “cómo los acabo de salvar a estos cagones”. Ellos se le tiraron todos encima para festejar el tanto, pero Stevie no quería nada con el resto. Él se debía a su pueblo y había cumplido.

En el alargue, las opciones fueron para ambos bandos, pero la más clara la tuvieron los dirigidos por Alan Pardew, en un confuso tiro libre que casi termina dentro del arco de Reina. Ahí sí, el español tuvo unos felinos reflejos para evitar la derrota. Finalmente, todo se definió en penales. SG8 pateó el tercero, igual que en Estambul el año anterior. Ya era cábala, si lo hacía su equipo ganaba, sino a tomar por culo. Reina contuvo tres de los cuatro lanzamientos rivales y el Liverpool obtenía un nuevo título de manera increíble. “Que yo siempre lo he dicho. Los catalanes son de fiar”, decía un emocionado Benítez, desentendiéndose de sus críticas previas a Pepe Queen.


Desde aquella final, el ramo de historia del Reino Unido en las escuelas de Liverpool incluye como capítulo “The Gerrard Final”, buscando inculcar a los jóvenes la importancia de superar las adversidades y no darse por vencido jamás. Las cosas cuestan en la vida, pero con esfuerzo y dedicación los sueños se pueden lograr. Asimismo, los fracasos son cicatrices de guerras perdidas de los cuales se deben sacar enseñanzas y Steven sabía eso mejor que nadie. A él ningún maestro le había enseñado eso en el colegio, sino que lo había aprendido a lo largo de su vida.

Y es así como tras los cuatros integrantes de la histórica banda The Beatles y el norirlandés George Best, considerado el quinto por su maestría dentro del campo de juego y su excéntrica vida privada, la historiografía liverpuliana incluyó desde el 2006 a Steven como el sexto ser humano que le puso rock and roll a la ciudad. Gracias totales.

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