Un día 26 de mayo de 2004, Gelsenkirchen, Alemania, estadio Arena AufSchalke, ante 52.000 espectadores, un pequeño mediocampista de origen brasilero, comandó los hilos del Porto campeón de Champions League.
Anderson Luis de Souza, conocido mundialmente como Deco, nació un 27 de agosto de 1977, en São Bernardo do Campo, ubicado en el estado de Sao Paulo, Brasil. En aquel momento, el país era presidido por Ernesto Geisel, militar y político conservador, que al igual que sus antecesores gobernó con puño de hierro.
Si bien el carioca creía en una forma más abierta de hacer política, entendiendo que su facción no podía perpetuarse en el poder, la derecha militar y la oligarquía conservadora lo llamó al orden. “Ubíquese y déjese de payasadas”, le dijeron. Aquel llamado de atención derivó en lo que se conoce como “Pacote de Abril”, que consistió en la orden emitida por el presionado de cerrar el Congreso Nacional, censurar a la oposición, aumentar las restricciones a la libertad de expresión y gobernar con leyes hechas a su medida.
En la década de los noventa, un "moderado" Geisel advertía de un congresista que exacerbaba las pasiones en el Congreso brasilero para posibilitar un nuevo golpe de Estado. Decía de este sujeto que era un "mal militar" y un político irresponsable en su calidad de diputado de la nación. El aludido es actualmente el presidente de Brasil.
Dentro de ese pueblo oprimido, existían pequeños atisbos de libertad aunque pareciera extraño. Uno de esos era que cada ciudadano tenía derecho a elegir el equipo de fútbol que iba a apoyar, así como también los ídolos en que iba a sembrar sus ilusiones. Curiosamente hubo libertad de culto, porque a la par que Deus se erigió la figura de Edson Arantes do Nascimento, también conocido como Pelé.
Dos meses después del nacimiento de Anderson, la familia De Souza y todo el país vivían un luto. O Rei se retiraba de la actividad jugando en el Cosmos de Estados Unidos. Así acababa la dinastía del que para muchos es el mejor jugador de la historia.
La tragedia nacional que enlutaba al balompié era procesada de distintas maneras por los hinchas. Osias de Souza las pasaba cambiándole pañales a su filho recién nacido. “Todo concluye al fin nada puede escapar. Todo tiene un final, Todo termina”, tarareaba mientras mudaba.
São Bernardo do Campo es conocida como la ciudad del automóvil, dada la gran cantidad de industrias relacionadas a ese rubro que se encuentran en el municipio. En la Mercedes trabajaba Osias. Y así como él, hubo muchos otros en aquella localidad que laboraban como operarios de la industria automotriz. Uno de esos fue Luis Inácio Lula da Silva, quien décadas después sería conocido en el mundo entero.
Deco amaba el fútbol, pero estuvo a nada de dedicarse a otra cosa. Cuando era adolescente su progenitor lo llevó a trabajar consigo a las dependencias de la marca alemana. Para aquella época eran los mejores autos, no había por donde perderse y tenía que ayudar en la casa, por lo que el dinero obtenido se ahorraba y destinaba a las necesidades familiares. Por otra parte, el deporte rey no le daba la solvencia económica que si podía tener en la fábrica. O armaba “Meches” toda la vida o apostaba en grande con el sueño de ver si le pegaba en el palo. Esa fue la incertidumbre que tuvo el paulista a los quince años.
Por fortuna para todos los que adoramos el futebol, optó por dedicarse a eso. Su primer club como profesional fue el Nacional de su ciudad natal, de donde pasó al todopoderoso Corinthians. Al ver que las oportunidades de tomar un puesto de titular en el Timao eran reducidas, decidió cambiar de aires. Portugal aparecía en el camino con una oferta muy interesante. El Benfica de Lisboa requería sus servicios.

Fichó con las Águilas en 1997 con dos décadas de vida recién cumplidas. En el gigante lisboeta no consideraron que tuviera la experiencia para consolidarse en el primer equipo, por lo que lo mandaron cedido al Alverca y al Salgueiros. En aquellas instituciones de menor renombre jugó de buena forma, llamando la atención del todopoderoso del norte de Portugal.
Fue así como en 1999, Deco tomó la decisión que cambiaría para siempre el rumbo de su carrera deportiva, que sería sumarse a las filas del Porto. Los directivos del Benfica jamás imaginaron las consecuencias que tendría haber dejado partir al crack de origen brasilero.
Si bien lo pidió Fernando Santos, el técnico que haría del paulista un clase mundial fue José Mourinho. El ex ayudante de Bobby Robson asumía la banca del grande del norte a principios del año 2002. “The Special One” tenía una cosa en común con Deco, dado que también había sido desechado por el clásico rival lisboeta.
El joven mánager venía con un mecanismo propio de juego. Exhibía un nivel de conocimiento que sorprendía a sus dirigidos y que los ilusionaba para ir en persecución de retos mayores. En los primeros entrenamientos, el jefe nuevo tenía claro que el pequeño artista sudamericano sería el generador de fútbol que su estilo necesitaba.
Al paso de un título por año, el Porto se posicionó como uno de los equipos a tener en consideración en el concierto europeo. La llegada de José fue clave para pasar a dominar el balompié local. Ya en su primera temporada ganó la liga y la Copa UEFA. Eso lo llevaría a poner una vara más alta para el ciclo siguiente, que sería la obtención de la Liga de Campeones 2003-2004.
Aquella Champions los encuadró en un grupo con el Olympique Marsella, Partizan de Belgrado y el Real Madrid. Este último contaba con la mejor plantilla de Europa, a la cual en el verano previo al inicio de la temporada había sumado a David Beckham. Dos triunfos ante los galos y uno de local ante los serbios, fueron suficientes para distanciarse de éstos y quedarse con el segundo lugar tras los “Galácticos”.
En octavos de final se enfrentaron al Manchester United. El equipo de Sir Alex contaba con Scholes, Giggs, Van Nistelrooy y un joven Cristiano Ronaldo, entre otras bestias. Ese equipo intimidaba a cualquiera, menos a los idealistas que defendían los colores blanquiazules.
El partido de ida en el estadio Das Antas fue para los portugueses, quienes ganaron por 2-1 con dos dianas del sudafricano Benny McCarthy. Esa gran victoria tenía que ser ratificada en “El teatro de los sueños”. De nada valía el éxito en casa si los vapuleaban en Manchester.
En un duelo no apto para cardíacos el United ganaba por 1-0 hasta el minuto 90, con anotación de Scholes. El público local daba por hecho el acceso a la siguiente ronda cuando ocurrió lo inesperado. Tiro libre a favor de la visita que Howard detuvo, pero dejó la pelota boteando en el área, cosa que fue aprovechada por Costinha para marcar. En la última jugada el Porto se metía en la siguiente fase.

Los cuartos de final los encontraron con el Olympique Lyon. Un poderoso cuadro francés que contaba con un tridente brasileño de miedo: Edmilson en la zaga, Juninho Pernambucano en la generación de fútbol y Giovanni Elber para echarlas adentro. A ellos se sumaban dos jóvenes que serían sensación unos años después en Inglaterra, el ghanés Michael Essien y el francés Florent Malouda.
En el primer compromiso de la serie Deco sacó su chapa de líder. Convirtió el primer gol y pateó un tiro libre hermoso a la cabeza de Ricardo Carvalho, para que este último pusiera el 2-0 definitivo. La vuelta en terreno galo tendría otro héroe, el todoterreno Maniche, un pulmón del mediocampo portugués que se matriculó con dos conversiones para sellar un 2-2 final que dejaba a los lusos entre los cuatro mejores.
La semifinal los cruzó con el famoso Súper Depor. El equipo gallego venía de eliminar de manera increíble al AC Milán y esperanzaba a su afición con un título continental inédito en su historia. La igualdad sin goles en Portugal ratificaba esa creencia de que ese año lo lograrían. Sin embargo, en la vuelta, en un estadio Riazor repleto, Deco volvería a amargar a los fanáticos rivales.
El imaginador del mediocampo del Porto generaría estragos dentro del área del Depor, sería derribado y posibilitaría que Derlei, con un penal ajustado al palo derecho, muy similar al servido por Brehme en el Mundial de Italia 90, metiera al conjunto blanquiazul del norte de Portugal en la final de la competencia.

En una edición de Champions muy particular, donde los grandes favoritos de las principales ligas habían sufrido decepcionantes eliminaciones a manos de conjuntos más débiles, los dirigidos de José enfrentarían al Mónaco de Didier Deschamps.
La campaña del club monegasco fue fantástica. En cuartos habían dejado fuera al Real Madrid y en semis al Chelsea, dos de los escuadras más potentes de Europa por esos tiempos. En cambio ellos eran un club creado a pulso, liderado por el español Fernando Morientes, que esa temporada fue amo y señor de la competición. Al toqui madrileño se sumaba el negro Ibarra, Evra, Giuly, Rothen o Prso, quienes contribuyeron decisivamente al impresionante desempeño de los galos.
“Ganar o ganar” era la consigna que Mou les buscaba a transmitir a sus dirigidos. Los planteles eran similares en cuanto a calidad y la diferencia la iba a marcar la mentalidad que estos pusieran sobre el terreno de juego. En arengar y convertir camellos en pura sangre no había nadie mejor que “The Special One”. Un verdadero maestro en el arte de la motivación.
El primer lapso de aquella final encontraba a ambos equipos estudiándose mutuamente. No se hacían mucho daño, ninguno quería arriesgar más que el adversario, por lo que se vieron pocas acciones claras que pudiesen hacer vibrar las redes. Esto hasta que en el minuto 39, el caipirinha del gol Carlos Alberto, clavó un derechazo imposible de parar para Givet, dejando a los portuenses arriba en el marcador.
En el entretiempo, Deschamps cantaba la Marsellesa, recordaba las hazañas de Napoleón, la superioridad histórica de un país por sobre el otro, pero no se percataba que ese Mónaco era una mescolanza de nacionalidades, por lo que apelar al patriotismo no era la movida adecuada. Por su parte, Mou daba instrucciones, no quería que sus dirigidos perdieran la calma o se desesperaran por dejar un marcador abultado. Había que administrar bien esa ventaja y le pidió encarecidamente a Vítor Baia que se hiciera líder desde el pórtico.
El segundo tiempo fue una réplica del primero, donde si bien el Mónaco arriesgó más, nunca hizo pasar verdaderos zozobros a la banda de José. El trámite se hacía tedioso, el público reclamaba sangre y los gladiadores no estaban logrando saciar la sed de glóbulos rojos de la fanaticada.
En el minuto 71 todo cambió. Jugada por la izquierda de los blanquiazules que encontró en el área, curiosamente libre de marca, a Anderson Luis, al chico de São Bernardo, al menino nacido meses antes del retiro de O Rei, quien controló el balón y como si estuviese afuera de un cine fumándose un tabaco, definió cambiándole el palo al arquero, estableciendo así un 2-0 que a veinte del final parecía lapidario.
Como si lo anterior fuera poco, un ruso, de apellido Alenichev, haciéndole honor a varios de sus sanguinarios compatriotas del pasado, quiso profundizar ese crimen contra las aspiraciones francesas descuartizándolos por completo, con una volea a quemarropa en las narices de Givet que fijó el 3-0 definitivo.
Tras diecisiete años, el Porto volvía a levantar la orejona. Un premio para históricos como Vítor Baia, Jorge Costa o Nuno Valente, y un impulso en las carreras de jóvenes valores como Ricardo Carvalho, Paulo Ferreira, Maniche y sobretodo Deco.
Fue tal el amor que Anderson Luis le tomó al país donde se desempeñaba, el cual era mutuo evidentemente, que se nacionalizó para defender los colores de la Selección Portuguesa de fútbol. En ésta logró formar parte de una de las mejores camadas que se recuerde en aquella nación de la costa atlántica, más por juego que por resultados lamentablemente para él.
Pero aquel 2004 sería recordado por la temporada en que el bendecido del estado de São Paulo se dirigió a la sede de correos y envió un mensaje al mundo “vine para quedarme y le dedicó mi éxito a todos los filhos da puta que no confiaron en mí”. De ahora en adelante, el planeta fútbol tomaba razón del descomunal talento de Anderson Luis de Souza, un chico que seguía siendo piola y prefería que le dijeran Deco. “Más fácil porque mi nombre es largo y de Souza hay miles”, le decía a sus cercanos.
El nombre de la ciudad de São Bernardo, el centro automovilístico de la urbe paulista, volvía a estar en boca de todos. Ese año fue Deco, pero el anterior había sido por otro, por ese dirigente sindical de la industria automotriz que rompió la hegemonía de las élites en el poder en Brasil. Uno cuyo nombre también era largo, por eso prefería que le dijeran simplemente “Lula”.
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