Un día 2 de junio de 1995, Madrid, España, en el estadio Santiago Bernabeú, ante 110.000 espectadores, un chileno anotó el gol del triunfo que le daba el título de la Liga Española al Real Madrid tras cinco años de lamentos.
Iván Luis Zamorano Zamora nació un 18 de enero de 1967 en Maipú, comuna de Santiago, la capital chilena. Al igual que en otras partes de Sudamérica, Chile no era ajeno a los conflictos que se desarrollaban a raíz de la guerra fría. Por aquella época gobernaba Eduardo Frei Montalva, líder de la Democracia Cristiana, partido político que de la mano de él llegaba por primera vez al sillón presidencial en 1964. Durante su mandato, impulsó reformas transgresoras, tales como la “chilenización” del cobre y la reforma agraria, dos ejes centrales que continuaría su sucesor, el socialista Salvador Allende.
Durante toda su historia independiente, aquel metal que abundaba en territorio chileno había ido dirigido a rellenar las arcas de empresas transnacionales domiciliadas en otros continentes, mas no a las del Estado, por lo que ese primer impulso de la nación por adquirir la propiedad de lo que por naturaleza le pertenecía fue celebrado por el grueso de la sociedad, que no veía con buenos ojos que las riquezas del suelo no pudieran ser aprovechadas por ellos mismos.
La reforma agraria, por su parte, había sido iniciada por el antecesor Jorge Alessandri, quien presionado desde el exterior había exhibido un “gesto de humanidad” entregando algunas tierras estatales a manos de campesinos. Con la llegada del humanista cristiano, se dio inicio a un proceso más agresivo de cambio en la tenencia de los predios, bajo los principios de la redistribución de éstos y la sindicalización campesina, lo que trajo como consecuencia una ola de expropiaciones para efecto de destinar esos terrenos a quienes realmente las trabajaran.
Un día antes del nacimiento del mejor cabeceador del fútbol en los noventa, el Congreso Nacional denegaba al presidente Frei una visita diplomática a Estados Unidos. “No tiene nada que ir a hacer allá, si acá tiene la pura tendalada”, le espetaron votantes de leyes de ambos polos de la política. Eso hizo enfurecer al hombre de nariz prominente, quien sostenía que era una visita diplomática necesaria para el devenir de la nación.
Finalmente, los norteamericanos harían su negocio unos años más tarde, de la mano de uno que si bien no era narigón, su seudónimo respondía al del muñeco de madera llamado Pinocho, al cual le crecía la nariz cuando mentía. Lo que no sabremos es si tal apodo sería tan solo un juego de palabras derivado de su apellido, o bien, haría referencia a lo mentiroso que fue al hacerse valer de todo tipo de embustes para llegar al poder.
Para el 67, fuera del ámbito socio político ocurrían otro tipo de situaciones. En lo futbolístico, el torneo nacional se lo adueñaría la Universidad de Chile con ese famoso plantel conocido como el Ballet Azul que revolucionó el balompié local en los sesenta. Tras esa década exitosa, como si fuera una maldición, la U no volvería a ganar la Premier League chilena en veinticinco años.
Eso sí, en casa de los Zamorano Zamora no pasaba nada con el club universitario. El único equipo por el cual se hinchaba era aquel que vestía de blanco y negro, ese que basaba su nombre en un guerrero mapuche que entregó su vida por su pueblo, el famoso Colo Colo. Con tan solo seis años sufrió su primera decepción deportiva, cuando el Colo cayó en la final de la Copa Libertadores ante Independiente de Avellaneda. Al poco tiempo se daría cuenta que ese brillante equipo de Valdez y Cazsely lo había engañado, porque le había hecho creer que los clubes chilenos eran los mejores del continente.
Fascinado con los atacantes albos soñaba con meter goles como ellos. “¿Dónde juegas tú Iván?, le preguntaban en el barrio, a lo que él respondía de manera tajante con una sola palabra: “Adelante”. Se probó en el club de sus amores pero le dijeron que era muy flaco. “Después de dos cazuelas hablamos”, le enfatizó el DT de las cadetes albas. Será de aquella época que Bam Bam desarrolló un fanatismo por aquel típico plato chileno.
Cuando tenía trece falleció su viejo, hecho que lo marcaría para el resto de su vida. Sería a él a quien le dedicaría la mayor parte de sus conversiones. Fue tal la cantidad que marcó que en el cielo todos envidiaban a Iván padre. “De nuevo le llegaron dedicaciones al perla”, comentaban sus envidiosos colegas en el reino del Señor.
Hizo sus inicios en un club deportivo ubicado en un campamento minero. El histórico Cobresal de El Salvador lo aceptó en sus filas para iniciarse en el fútbol. Su primera campaña de profesional sería en el Cobreandino de Los Andes, donde fue cedido para que se fogueara en la Segunda División y que aprendiera a recibir golpes de puño en el rostro que quedarán totalmente impunes. Ese año metería veintisiete goles en veintinueve juegos, llevando a su equipo a ascender a Primera.
Aquella carta de presentación era lo que el guerrillero del soccer Manuel Rodríguez Araneda necesitaba para los oscuros planes de gol que tenía en el Cobresal. Armaría un tridente ofensivo con Sergio Salgado, Rubén Martinez e Iván Luis, que lograría la Copa Chile en 1987.
En esa época, la competición obtenida por los nortinos se dividía en grupos norte y sur. En el primero de estos, Cobresal se quedó con el trono en una disputada definición con la Universidad Católica que se definió por un gol. Por su parte, en el otro sector Colo Colo capturó la punta, clasificándose ambos a la gran final que dirimiría al campeón.
Bam Bam venía fresquito a esa final. Se había matriculado con doce anotaciones en la fase previa y el volumen ofensivo del cuadro minero ilusionaba a sus pocos fanáticos. Al otro lado se encontraba el club que le robaba los suspiros. En cualquier otra circunstancia hubiese hinchado por ellos, pero esa tarde de invierno en Antofagasta estaba para destruir sus esperanzas.
El conjunto capitalino venía pisando fuerte con grandes estrellas como el Cóndor Rojas, Lizardo Garrido o el Káiser Pizarro, dirigidos por la gran proyección chilena en cabinas técnicas de ese momento que era Arturo Salah. No obstante lo intimidante que podían llegar a ser, los de El Salvador estaban para hacer historia y quien otro para abrir la cuenta que Zamorano.
En el minuto 54 de partido, una incursión en el área de Rubén Martínez derivó en un centro buscando la pierna milagrosa de un compañero, haciendo conexión perfecta con la diestra de Iván, quien logra desmarcarse del zaguero albo y empujar la bola hacia dentro del arco rival. Doscientos cuarenta segundos después, el Negro Salgado terminaría de sepultar los sueños del popular. 2-0 y el título se quedaba en el norte.
Un par de campañas alcanzó a estar el goleador en tierras chilenas. Bologna de Italia lo compraba y lo mandaba cedido al St. Gallen suizo. Su primera campaña fue de lujo y los helvéticos se lo quedaron, haciendo pedazo de inversión porque después lo venderían al Sevilla español.
Fue expresamente pedido por el adiestrador argentino Vicente Cantatore que conducía al Sevilla y que antes había trabajado en Chile, llevando a Cobreloa a dos finales consecutivas de Libertadores. El profesor tenía su trayectoria y sabía que uno como Iván no aparecía todos los días, por lo que había que aprovecharlo.
En Andalucía se radicó un par de años hasta que llegó la gran oportunidad de su vida. Las buenas campañas en el sur lo llevaron al centro. Así es, el recién contratado técnico español Benito Floro ubicaba a Zamorano en su lista de prioridades para comenzar a construir el ataque del Real Madrid. Corría el verano de 1992, el goleador se encontraba en el matrimonio de su hermana cuando su representante pide hablar. Tomó el teléfono y le dijo “Hostia tío, que no podéis esperar a mañana para comunicarte conmigo. No veis que estoy de fiesta”. Pero efectivamente no podía esperar, porque la noticia era demasiado increíble y le replicó “Iván, te llamo para decirte que eres nuevo jugador del Real Madrid”.
Tras ese traspaso, Bam Bam se convirtió en el primer chileno en la historia en llegar a la Casa Blanca. Tremenda mochila cargaba porque no solo perseguiría sus sueños, sino que consigo llevaba los de todo un país. El Helicóptero se instalaba en la guarida merengue para hacer historia.
Sin embargo, sus dos primeras temporadas no serían nada fáciles. En 1992-1993 tuvo de dulce y agraz para el campeón, donde por un lado resultó clave con sus goles para que los blancos se quedaran con la Copa del Rey, mientras que en la Liga dejaban escapar el título por segunda vez en la última jornada ante el Tenerife.
En la campaña siguiente volverían a tratar, pero todos los intentos serían infructuosos. El conjunto de Chamartín no funcionaba y se notó en la cancha. Iván disminuyó ostensiblemente su producción goleadora y, salvo la supercopa española, los dirigidos por Floro acabarían el año sin títulos. Un pobre cuarto lugar en la Liga fue suficiente para que los burgueses que manejaban el club despidieran al Beno. Como reemplazo traerían a uno que los había hecho sufrir demasiado en la cabina técnica del modesto Tenerife, uno de la casa llamado Jorge Valdano.
Al momento de llegar el argentino creyó que se las sabía todas. No le seducía el juego de Iván y quería los cupos de extranjeros para hacer movimientos. Fue así como llegó al entrenamiento y le dijo “No cuento contigo. Si tengo cinco delanteros, tú serás el quinto”. El adiestrador lo invitaba amablemente a buscarse una salida, pero creer que el chileno se daría por vencido era no entender nada.
Esa frase sería el comienzo de una temporada fulgurante para el nacido en Maipú. “Si no me quiere se la voy a hacer más difícil. Voy a entrenar el doble, le voy a demostrar que soy mejor que todos los que están acá”, le decía un ofuscado Bam Bam a sus cercanos. Y eso era porque sentía que no era menos que los que estaban, que Alfonso o Dani iban un escalafón más abajo y que Butragueño iba en retirada.
Un cúmulo de lesiones en ataque forzó al campeón del mundo en México a ponerlo de titular y Zamorano respondió. Tardó exactamente doce segundos en convertir su primer tanto en esa liga. A los cuatro minutos ya llevaba dos goles, estableciendo la base de una bombástica victoria merengue por 4-1 en Sevilla.
En las diez primeras fechas de Liga ya registraba diez tantos, ubicando su nombre en el podio de los reyes de goleo, el cual no habría de abandonar hasta acabar Pichichi de la competición. Nada menos que veintiocho balones depositó Iván en las redes rivales, muchos de los cuales fueron claves para el desenlace del torneo local ese año.
En la visita al Mestalla, convirtió el 2-1 con que derrotaron al Valencia a cuatro del final. En la vuelta ante el conjunto Ché se impusieron por 3-1 en el Bernabeú, con dos anotaciones del crack. También se lució en el derbi madrileño ante el Atlético, metiéndole dos en el 4-2 con que los derrotaron en casa y decidiendo con otros dos tantos el clásico a la vuelta en el Vicente Calderón, que acabaría 2-0. En Bilbao, los fanáticos del Atlethic no querían saber nada con el chileno. Dos les endosó en el 4-0 que se comieron los vascos en Madrid y en la vuelta, cuando los vascos creían que se tomaban revancha, puso el gol del empate a quince del final.
Pero sin lugar a dudas, si la idea es reflejar el aporte goleador de Bam Bam ante los mejores rivales de la Liga, debemos remontarnos a lo que ocurrió en el Santiago Bernabeú el día 06 de enero de 1995.
Tendrían el honor de comenzar el año recibiendo al Barcelona de Cruyff con un aliciente especial. La temporada anterior, los catalanes los habían derrotado por 5-0 en el Camp Nou, en una de las caídas más humillantes para los madrileños. A eso se sumó que concluida esa campaña, los blaugrana se meterían en el bolsillo la cuarta liga consecutiva.
Las heridas del pasado cicatrizan generalmente, pero esa daga en el corazón de la peña madridista seguía abierta. Se habían sentido vulnerados en sus derechos fundamentales como hinchas del balompié y soñaban con vengarse. Los soldados blancos sentían eso como un deber moral, por lo que entraron aleonados a devorarse a ese enemigo de Cataluña.
A los cinco minutos de juego Ivan Zamorano abría la cuenta. El Helicóptero volvía a aumentar a los doce y a los treinta y nueve coronaba su “masterpiece” con una tercera anotación. Le bastó un tiempo al chileno para matricularse con un hattrick. La revancha la completaron Luis Enrique y Amavisca, para sellar un 5-0 que hizo reventar el coliseo de Chamartín.
La impresionante racha de los merengues en el primer tramo del torneo les permitió bajar un cambio en la parte final y nunca perder la punta. Sin embargo, venía un equipo de la región de Galicia cabalgando cerca de ellos y resultaba imperioso poner freno a esa situación. El Deportivo venía con ansias de poder, incomodando las pretensiones de los dirigidos por Valdano, que acarreaban numerosos fantasmas del pasado. Que muchos de aquella plantilla habían vivido las pesadillas de Tenerife, por lo que confiarse era lo último que se encontraría en ese plantel.
En la fecha 36 se encontraron pregalácticos y los blanquiazules del Deportivo. Ese equipo era una locura, que contaba con tipos de la talla de Donato, Fran, Mauro Silva, Djukic, Julio Salinas y Bebeto. Un grupo donde se hablaba portuñol mezclado con gallego, que de la mano de Arsenio Iglesias fue protagonista a mitad de la década de los noventa.
Como si los planificadores buscaran ese tipo de desenlaces cinematográficos, los dos poténciales aspirantes al reinado nacional se enfrentaban a dos fechas del final. En la ida en Galicia habían igualado sin goles, por lo que generaba incertidumbre si el Real iba a ser capaz de subyugar a su incómodo adversario nortino.
A los 8 minutos de juego el Real abría la cuenta con gol de Amavisca. Jugada armada por el argentino Fernando Redondo que dejó solo al extremo izquierdo español, para que éste definiera ajustado al palo izquierdo del golero gallego poniendo el 1-0. Pero la faena no sería tan sencilla porque el Depor era un hueso duro de roer y Bebeto ponía la paridad en el 68, con un derechazo letal.
Los minutos transcurrían y el título se veía lejano. Es más, era el visitante quien se atrevía y pujaba por hacer la gracia más que el mismo dueño de casa. Todo eso hasta el minuto 85 de juego. Recibe el balón José Emilio Amavisca, acelera el paso para sacar ventaja con sus marcadores, levanta la cabeza y baja un cambio, porque ve al número nueve picando en dirección al área. “No tengo nada que perder” piensa el español y envía un pelotazo largo que Iván detiene con el pecho con la suerte de que el balón le queda en posición de gatillo.
Era él y Liaño. Entre ellos las ilusiones de tres pueblos, el gallego, el madrileño y el chileno. Dos rezaban para que esa pelota acabara entre las redes y uno para que se fuera al estadio de al lado. También se cruzaban las expectativas de los protagonistas. Para Zamorano, la posibilidad de culminar la campaña como héroe, para el golero trascender en la historia con una parada clave que le permitiera al Depor ganar su primera liga. Y la jugada fue digna de un final de una película de Almodóvar.
Remató el pichichi sudamericano, pero Liaño logró desviar la trayectoria de la regalona y miró hacia atrás, creyendo que el milagro de parar una situación tan clara se había cumplido. Lo mismo hacía Iván, con la incertidumbre de si ese derechazo había sido suficiente para darle el título a su club. Uno, dos, tres... GOL DEL REAL MADRID.
La bola finalmente pegó en el vertical derecho con la suerte de que ese impacto impulsó la redonda dentro del arco. Un estruendoso grito de gol rugió en el estadio, mientras que en toda España los fanáticos del Madrid desahogaban sus lamentos en abrazos, vítores y llantos tras cuatro años de espera. El Barça de Cruyff había sido un adversario brutal, que le estuvo pintando la cara mucho tiempo, por lo que ese título liguero se esperaba con ansias.
Tras el pitido final se pudo ver a un emocionado Bam Bam. Cuando sus compañeros le preguntaban qué ocurría él replicó que había visto a su padre muerto celebrando en las gradas el gol con el que le había dado el campeonato a los merengues. Algunos pensaban que el tipo estaba delirando, otros apreciaban el valor simbólico y emotivo que eso tenía para el goleador, pero como fuere, si Iván padre festejaba o no en la tribuna, había una cosa cierta que era el orgullo que lo logrado por su bambino le tendría que generar.
En Chile la gente salió a festejar como si un título mundial se hubiese ganado. Los triunfos de Zamorano eran victorias del pueblo también. Uno de los nuestros había sido la figura excluyente de la Liga Española, había salido Pichichi, Mejor Jugador Iberoamericano y parte del Once Estelar. Pero por sobre todas las cosas, lo que más celebraban sus cercanos era que le torció la mano al destino y le había tapado la boca a Valdano. Eso no tenía precio. Para todo lo demás existe MasterCard diría el anuncio.
A mediados de 1995, Iván tocaba el sol con las manos, pero no se quemaba, sino que llegaba al selecto de grupo de estrellas de nivel mundial sobre los cuales el mundo ponía sus ojos. Una vez obtenido ese éxito, la Selección Chilena volvía a estar habilitada para competir en unas Eliminatorias para un Mundial tras el famoso Maracanazo y el crack se obsesionó con una idea. Nada tenía sentido si los logros cosechados a nivel individual en Europa no se materializaban en algo con La Roja. Su próxima meta era llegar con Chile a Francia 98, para lo cual tendría un yunta perfecto, un chico que brillaba en la U con quien formaría la dupla de ataque más brutal que se vio en la larga y angosta faja de tierra del sur de América.
Fue referencia de muchos cracks que vendrían en el futuro de cómo debía jugar un nueve de área, así como también del juego aéreo. Fue considerado por todos como el mejor cabeceador del mundo, especialmente por su técnica en que parecía suspenderse en el aire tres segundos más que el resto, lo que le permitía generar ventajas sustánciales frente a sus marcadores. El más parecido en la actualidad es Radamel Falcao. Pero lo que más habrían de recordar sus compañeros fue su capacidad de liderazgo innata, donde en muchos casos no tenia la jineta sobre el brazo, pero aleonaba a los demás como si fuera el gran caudillo.
Como diría la canción que una banda de música le compuso titulada “Caído del Cielo”, Iván Luis Zamorano Zamora fue el “Orgullo de Chile, el gran capitán”.
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