Con fecha 15 de julio de 2018, en Moscú, Rusia, estadio Olímpico Luzhniki, ante 78.011 espectadores, un caudillo croata recibía el premio al mejor jugador del Mundial, mientras sucumbía con su seleccionado en la final de aquella Copa.
Luka Modric nació un día 9 de septiembre de 1985 en la ciudad yugoslava de Zadar, que actualmente forma parte de territorio croata. Pocos días antes se lanzaba en Japón el juego de video Super Mario Bross de Nintendo, que revolucionaría a miles de niños con las múltiples aventuras del súper héroe de grueso bigote y traje rojo. Pasarían años para que los niños en los Balcanes disfrutaran de aquellas consolas, especialmente en su país, que por aquel entonces no existía, sino que era una más de las repúblicas socialistas que formaban la gran Yugoslavia.
Ese mismo mes un historiador y un filólogo eslovenos proponían la Teoría Venética, según la cual el origen de ellos no provenía de los eslavos del sur, desencadenando un sentimiento independentista fuerte en aquella tierra, lo cual se traspasó como el humo a las otras naciones del bloque yugoslavo, incentivándolos a pelear por su autonomía.
Fue así que en 1991, tras varios años intensos por intentar escapar del bloque formado por el Mariscal Tito, los croatas acudieron a las urnas para decidir si querían ser libres o seguir apernados a Yugoslavia, ganando categóricamente la opción independentista con un 93% de los votos. Esa declaración unilateral marcó el inicio de la tristemente célebre Guerra de Croacia.
Aquella disputa enfrentó a los croatas con los yugoslavos y los serbocroatas por cuatro años, sembrando el pánico en la población. Las diferencias étnicas que llevaron a la generación de nacionalismos irracionales dejaron un saldo brutal de más de 20.000 muertos y 500.000 desplazados.
Al pequeño Luka le afectó directamente esa falta de tolerancia y de acuerdos entre los pueblos, puesto que presenció el asesinato de su abuelo y tuvo que emigrar a un centro de refugiados producto de la invasión serbia a su ciudad natal. El pobre niño devastado buscaba explicación sobre los hechos ocurridos, mientras sus padres sufrían con las frecuentes noticias de muertes de amigos y familiares. No lo entendería hasta grande. De lo único que tenía certeza era que a su querido “djedice” no lo volvería a ver más.
Una vez pasada la desgracia de la guerra, el pequeño volvió a su natal Zadar. La ciudad exhibía un panorama desolador con calles y casas destruidas por el paso de la furia de unos muchos descabellados que siguiendo órdenes de generales nacionalistas hicieron mierda lo que encontraron en pie. Su hogar había sido quemado y con ello todos sus recuerdos de sus primeros años de vida. Frente a este panorama injusto, Luka encontró cobijo en la pelota de fútbol y creció jugando con el ruido de los últimos bombardeos de aquella lastimosa guerra.
El gigante capitalino lo recibió de brazos abiertos y lo educó para que se convirtiera en un fuera de serie. En sus primeras temporadas como profesional fue enviado cedido al Mostar y al Inter Zapresic, donde demostró estar más que capacitado para tener un lugar de titular en el once del Dinamo. Cuando volvió, se afianzó en el cuadro estelar y se erigió como el mejor jugador de la liga local, resultando decisivo en los títulos locales obtenidos por los “Plavi”.
Las revistas de fútbol lo comenzaron a incluir como una de las promesas del continente europeo. Era una verdadera caja de sorpresas, porque cuando los rivales lo veían entrar al terreno de juego imaginaban que sería fácil quitarle el balón de los pies y que nada muy peligroso podía provenir de ese muchacho de baja estatura y delgada contextura. Por eso mismo quedaban anonadados cuando lo veían eludir a sus marcadores con una facilidad asombrosa o expulsar verdaderos cañonazos imparables para los guardametas.
Ese cúmulo de virtudes impresionaron al Tottenham de Inglaterra, que puso dieciséis millones de euros por llevarlo a White Hart Lane, convirtiéndose en el fichaje más caro del club londinense por aquel entonces. Con los Spurs estuvo cuatro temporadas, conformando un elenco que quedaría en la retina de los aficionados por el buen juego elaborado bajo el mando de Harry Redknapp.
Especialmente se recuerda la campaña de la Champions League 2010-2011, donde alcanzaron los cuartos de final mediante la obtención de resultados verdaderamente épicos. En un grupo en que compartieron zona con el Werder Bremen, Twente y el reciente campeón Inter de Milán, obtuvieron tres victorias contundentes como locales, igualaron en sus visitas a Alemania y Holanda, cayendo únicamente ante el Internazionale en el recordado partido en que Gareth Bale metió tres goles.
Haciéndose con el primer lugar les tocó volver a la ciudad italiana de la moda, pero esta vez para enfrentar al AC Milán. El “rossonero“ aún conservaba algunas de sus estrellas y prometía ser un excelente contendiente que diera certeza acerca de para qué estaban los Spurs ese año. A diferencia del cruce con el “neroazurri”, los ingleses saldrían victoriosos esta vez. Un gol de Crouch a diez del final les permitía una ventaja clave en ese cruce de octavos. La vuelta en su reducto no resultó tan brillante como las exhibiciones precedentes, pero sirvió para pasar a cuartos tras una paridad en cero.
Ese grupo liderado por Gallas, Defoe, Crouch y Van der Vaart, contó con la despampanante aparición de dos futuros cracks del mundo del fútbol. Hablamos de los señores Modric y Bale, que cuajaron una serie de partidos fantásticos. No obstante lo sólido que parecía la tropa de Redknapp, el Real Madrid se encargó de bajarlos de la nube bruscamente humillándolos con un 4-0 en la capital española y, como si fuera poco, derrotándolos también a la vuelta por 1-0 en la urbe principal del imperio británico.
Quizás esa serie tuvo algo que ver en el interés que despertó tanto el croata como el galés en la Casa Blanca. Primero fue Luka y luego Gareth, quienes optaron por cambiar el horrible acento inglés por el sensual dialecto español. Fue así como el niño que sobrevivió a la guerra, a base de esfuerzo, lucha y corazón, arribaba al Olimpo del deporte rey. Los merengues de Florentino Pérez ponían una suma importante sobre la mesa y el acuerdo se cerraba. “Compadre, si el croata con el español se parecen. No será tan complejo entender el idioma.“, le decía un amigo de niño, que en su larga y alcohólica vida no había aprendido una sola palabra en otra lengua.
En Madrid tocó el cielo con las manos varias veces. Es más, no se cansó de acumular premios tanto en lo personal como en lo profesional. Nada menos que cuatro trofeos de Champions League ha tenido la oportunidad de levantar con los merengues, sin contar otros torneos internacionales y unos cuantos locales que ha sumado a su palmarés personal.
Cada éxito que obtenía a nivel de clubes lo ponía muy contento, pero al mismo tiempo evidenciaba que tenía una espina que quería arrancar de su cuerpo, la cual decía relación con su patria. “¿Y con mi selección qué?”, se preguntaba todas las noches post coito marital. Sentía una deuda con su pueblo, con esos cuatro millones que sembraban ilusiones cada vez que los vestidos de cuadros rojos y blancos competían a nivel continental o mundial.
La fea derrota ante México en 2014 y la ajustada caída ante Portugal en la Euro 2016, más que desilusionarlos, los motivó a intentar una nueva hazaña. La bandita liderada por Luka, que llevaba orgulloso los colores de Croacia alrededor del mundo, sentía que Rusia podía ser su última chance. Se miraban entre ellos y sabían que si se organizaban harían historia. “Tenemos a Luka, Ivan, Mario, Dejan, junto a una camada de buenos jugadores jóvenes, ¿qué nos impide superar la hazaña del 98?”.
No existía ciudadano croata que no tuviese una anécdota relacionada a la histórica gesta de Šuker, Boban, Prosinecki y compañía en el Mundial de Francia. Que gran nivel que tuvieron los domiciliados en Zagreb durante ese mes de junio. Se habían independizado sólo siete años antes, llevaban apenas tres desde el cese de la guerra con los yugoslavos y, en su primera copa del mundo, se metían en el podio con un tercer lugar. Las futuras generaciones los odiaron porque dejaron la vara muy alta, sin embargo, dos décadas más tarde aparecerían otros que los superarían.
Las Clasificatorias fueron tremendamente hostiles para los balcánicos. Turquía y Ucrania figuraban como los rivales a vencer, mientras que la novedosa Islandia, junto con Finlandia y Kosovo parecían ser escollos más accesibles para los conducidos por Ante Cacic, quien no logró terminar el proceso por los magros resultados obtenidos. En las primeras ocho jornadas los croatas estaban en la pelea pero no asegurados, como pretendían en la Federación. Derrotas en Turquía e Islandia más un empate de locales con los otomanos, tenían inquietos a los altos directivos de la junta de gobierno futbolístico. Los dos últimos duelos serían claves. Primero venía Finlandia en Zagreb y luego Ucrania en Kiev. En la prensa local hacían sus apuestas a cómo les iría con los amarillos, dando por descontada la victoria ante los finlandeses.
Por tal motivo, fue tremenda la decepción cuando solo empataron con los del país de Litmanen, generando una debacle en el equipo que se cerró con la desvinculación del discreto de Cacic. Faltando dos días para enfrentar a la yellow submarine de Europa del Este asumía Zlatko Dalic. “Ya compadre. Tienes que ir a ganar a Ucrania sino quedamos eliminados del Mundial, así que se me pone a trabajar, porque con la calidad de jugadores que tenemos no podemos quedar fuera”. Así con la presión para el pobre debutante en la cabina técnica de la “Vatreni”.
El adiestrador asumió el desafío y lo pasó con creces. Fue a Kiev y le ganó 2-0 a la escuadra local con goles de Kramaric. Sin embargo, la sorprendente Islandia hacia lo mismo ante Kosovo de local y aseguraba al primer lugar del grupo. Los segundos de cada zona se iban a repechaje para buscar su clasificación a la cita mundialera. Ahí cayó la tropa de Dalic, que le tocó con la siempre compleja Grecia. Con los peripatéticos en Zagreb el panorama se clarificó rotundamente tras un categórico 4-1, lo que dejó la llave encaminada para que con un empate se obtuviera el pase a en la capital empatar en la capital donde se filosofaba de lo lindo hace siglos atrás. “Challenge completed”, rezaba la etapa del video juego de la vida de Zlatko.
El sorteo de la competición en territorio de los soviets los ubicaba en el grupo D con Nigeria, Argentina y nuevamente con Islandia. El primer desafio fue en Kaliningrado ante las Águilas Verdes, que contaban con Ndidi, Iwobi e Iheanacho como parte de su nueva generación, liderados por el comandante John Obi Mikel. El resultado sería favorable a las aspiraciones de los europeos por 2-0, con un autogol de Etebo y un penal convertido por Modric. Contundente victoria ante los todopoderosos del África Central que los ilusionaba de cara a lo que vendría.
La prueba de fuego la encontrarían en el segundo partido. Nizhni era el escenario que tendría el placer de recibir a albicelestes y balcánicos. La crème de la crème de la zona, donde por un lado iba Messi con sus súbditos y por el otro un grupo de lobos dispuestos a devorarlos. El primer lapso fue solo un decorativo de lo que ocurriría en el segundo. Una cagada monumental de Caballero, le daba la chance a Rebic de abrir el marcador, luego el Cruyff de los Balcanes metería uno de los mejores goles de la copa con un remate seco desde fuera del área y el toro Rakitic culminaría la película de Pornhub.
Con esas dos victorias, el conjunto de la remera con look de mantel de cocina se posicionaba al tope de la tabla y restando una fecha se ubicaba en los octavos de final. El último juego también acabaría con triunfo para los Delic Boys, quienes tras conversiones de Badelj y Perisic, este último anotó en los descuentos, concluyeron con un 2-1 a favor.
Los octavos de final los cruzaron con la dura Dinamarca. Un choque entre ambos representa algo así como un clásico de selecciones de segundo orden en el concierto europeo. Siempre tienen buenos equipos, son asiduos participantes de las grandes citas, pero nadie jamás los ubicará como favoritos. Por tal motivo, era un encuentro en que podía ganar cualquiera. Los goles de Jorgensen y Mandzukic llegaron en los primeros cinco minutos de juego, ambos producto de confusas jugadas en el área donde los artífices de las anotaciones estuvieron en el lugar preciso para convertir.
Los ochenta y cinco restantes reglamentarios contaron con pocas oportunidades para que el marcador sufriera una modificación, sin embargo, se veía una leve superioridad de los croatas. Ya en el alargue ocurre un hecho clave, dado que Rebic es derribado en el rectángulo final danés y el árbitro cobró penal. Modric se paró frente al balón, pero Schmeichel contuvo su remate. El mediocampista originario de Zadar se quería morir tras haber desperdiciado aquella chance, sin embargo, el final sería feliz para los suyos. Con un crecido Kasper, los daneses llegaron a definición desde los doce pasos, sin embargo ahí aparecería la figura del otro goléelo Subasic, que sumado a los aciertos de Kramaric, Luka y finalmente Rakitic, ubicarían a la selección de los manteles de cocina en cuartos.
En la ronda de ocho mejores enfrentaron a los locales. Los moscovitas venían crecidos por haber bajado a España, cuajando actuaciones que esperanzaban a su gente con una histórica posición final. Todo comenzaba bien cuando a los 31 minutos Cheryshev metió un golazo, igualito a los que venía haciendo en la fase de grupos. Evitando caer en la completa desazón, los discípulos de Delic igualaron rápidamente a través de un cabezazo de Kramaric, tras una jugada por la banda izquierda de Súper Mario Mandzukic.
En los noventa iniciales no se haría más daño, mas vendría el alargue con nuevas emociones, no aptas para enfermos cardíacos. La primera estocada la dieron los balcánicos mediante un testazo del rusio Domagoj Vida, un pinche defensor que parecía sacado de la serie Vikings. Tras eso, los ex soviéticos se trastornaron y se encomendaron a todas sus creencias para obtener una ayuda divina. La extraña forma de conceder aquella petición de help vino de la mano del único que no era ruso, el lateral derecho brasileño Mario Fernández, quien conectó un centro en plena área pequeña para desatar la locura en la cancha.
Nuevamente hubo que dirimir el asunto con lanzamientos de penas máximas, donde la gran mayoría acertó, siendo nuevamente el brazuca que se empleaba como “right defender” quien falló su remate, permitiendo que fuera nuevamente Ivan de Barcelona quien convirtiera para permitir un histórico acceso a semis.
El rival de turno era Inglaterra. Los de la isla habían mostrado un juego convincente venciendo a culombianos y suecos para arribar a dicha al sitial de los cuatro mejores. A priori, la batalla podía ser para cualquiera. A los croatas les jugaba en contra que venían de dos definiciones a penales, mientras que los british sólo de una, lo que les permitía llegar con treinta minutos menos de partido que se agradecen cuando el cansancio te puede pasar la cuenta. Nada más comenzar el match en el estadio Luzhniki, Kieran Trippier adelantó a los anglicanos con un tiro libre brutal. Harry Kane pudo aumentar la cuenta, pero increíblemente falló una situación donde lo único que tenía que hacer era ubicar la pelota de manera correcta, dado que el golero rival estaba totalmente vencido.
El fallo de su nueve goleador le pasaría la cuenta a los bendecidos por la Reina Isabel, porque en el minuto 68, un desborde de Vrsaljko terminó en un centro preciso que Perisic conectó en él área con una patada a lo karateca que dejó sin opción a Pickford. Cuatro después el mismo Ivan lo volvió a tener con un remate al vertical derecho. El asunto terminó igualado y los croatas llegaron a su tercera prórroga seguida. En esos treinta finales pasó de todo, porque primero lo tuvieron los isleños con un testazo de Stones que la zaga de la polera de mantel despejó de la misma línea, mientras que como respuesta una aparición de Mario Gol casi los hace soñar a los miles de fanáticos.
Hubo que llegar a la segunda parte del alargue para que se dirimiera el asunto. A los 109, una bola alta que Perisic gana el cabezazo concluye con un tremendo pase a Súper Mario Mandzukic, quien aparece a las espaldas del “cara de wea” de Stones para con un zurdazo encaminar a la banda de Zlatko a la finalísima. Tras aquella conversión, los fuegos artificiales se multiplicaron en Zagreb, Split y otras urbes del territorio balcánico. El tipo con sobrenombre de consola los ubicaba por primera vez en la máxima cita planetaria.
¿Quién lo hubiese pensado? Una selección que tenía menos de treinta años de existencia iba a disputar la final de la competición más importante en el mundo del fútbol. Esta hazaña iba en honor de los miles que fallecieron en la Guerra de los Balcanes, que cuando peleaban por salir de la añeja Yugoslavia ni imaginaban que su nación en menos de tres décadas haría más que la tierra liderada por el mariscal Tito en toda su vida útil. Ese premio iba en honor de las víctimas fatales, pero también de los desplazados, de los familiares de los asesinados y de todos aquellos que perdieron hasta lo que no tenían en la persecución de esa tan añorada libertad.
Por el otro lado, Francia se deshacía de Bélgica por 1-0, logrando así el otro cupo. En Moscú se darían cita dos mundos opuestos unidos por el carácter revolucionario de sus pueblos. Los franceses se revelaron contra el yugo de la monarquía y los croatas que hicieron lo mismo contra la opresión del pueblo serbio. En ambos casos, los ganadores fueron las inmensas masas de gente que añoraban un futuro mejor. Ahora el tema era otro. Los hijos de la inmigración desbordada que reciben los galos frente a los descendientes de desplazados, torturados y muertos de la batalla étnica más brutal de Europa en la década de los noventa.
En lo meramente deportivo, Deschamps y Delic tiraban toda la carne a la parrilla. No se guardaban absolutamente nada, por lo que los aficionados podrían esperar un partido a la altura de sus expectativas. Los domiciliados en Zagreb sabían que afuera no solo los apoyaban los cuatro millones, sino que todos aquellos que no querían ver a Le Blues levantar la Copa. Para el público independiente siempre existe una tendencia a prestar apoyo al David por sobre el Goliat y ésta no era la excepción. Eso si, les jugaba en contra la hora y media más de acción que tenían por sobre los implacables escuderos del gallo en el pecho.
Tras Le Marseillese y el Lijepa Naša Domovino se echó a rodar el balón. A los 18 minutos se descorcharía la botella de los goles en el reducto moscovita. Un centro de Antonio Griezmann fue conectado por Mandzukic, quien en su intento por despejar la bola produjo el efecto contrario, desviándola para que ésta se metiera al fondo de la red del arco defendido por su propio arquero. Si bien el golpe fue duro, la respuesta no se haría esperar. Una jugada detenida busca a Vrsaljko, quien aparece libre por la derecha y centra, generando un menjunje de saltos y cabezazos que derivaron la esfera en Perisic, quien tras enganchar de derecha ensayó un zurdazo en pleno terreno minado francés y colocó el 1-1.
Tras ese empate se esperaba que el trámite del partido fuera disputado hasta la conclusión del game. Es más, algunos crédulos confiaban en que la diana de Ivan implicaría un resurgimiento de los de Delic para llevarse el partido. Desafortunadamente para los intereses de Luka y sus amigos, Grizzie pondría el 2-1 de penal a los 38 y luego, en el segundo tiempo, dos descendientes de colonias africanas terminarían de sepultar cualquier intento de equiparar las acciones por los de camisa de cuadros. Pogba a los 59’ y Mbappe a los 65’, ambos con certeros remates desde fuera del área, encaminaron el Bi de los galos. La cagada de Lloris que permitió el descuento de Súper Mario Mandzukic no sirvió de nada. Los conducidos por el Napoleón Deschamps se erigían como los grandes ganadores.
Luka no disputó el mejor partido de todos, viéndose superados por los bronceados del medio terreno francés. Paul, Ngolo y Blaise eran un obstáculo muy serio para los rubios centrocampistas balcánicos. Eso si, Modric sería igualmente protagonista a pesar de perder. Su extraordinario desempeño al liderar las tropas de Zlatko hacia la final le hicieron merecedor del premio al mejor jugador de la Copa del Mundo. No existía discusión alguna, dado que en tierra rusa el verdadero zar había sido el chico de Zadar.
A final de año, la UEFA y la FIFA coincidieron en que la corona del futbolista más importante de ese 2018 debía recaer en Modric. Tras una década donde el merecimiento fue repartido entre las deidades argentina y portuguesa, el niño que sobrevivió a la guerra le daba una tremenda cachetada al destino, que en cualquier otro caso lo hubiese condenado a la pobreza o a la muerte. Ese travieso e impredecible futuro premió inconscientemente a uno de esos miles de muchachos en la independiente Croacia que se cobijaron en el balompié para borrar de su memoria, aunque sea por unas horas, los trágicos recuerdos de las balas y las bombas.



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