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American Woman

 


Con fecha 30 de noviembre de 1991, en Guangzhou, China, estadio Tianhe, ante 63.000 espectadores, una talentosa mediocampista norteamericana convertía por duplicado para darle el primer Mundial de Fútbol Femenino a la selección de USA, consagrándose como la mejor jugadora del orbe. 

Michelle Anne Akers nació el día 1 de febrero de 1966 en Santa Clara, en el estado de California. A la misma hora que la ídola llegaba al mundo, el presidente Johnson le exigía al Congreso una concesión multimillonaria para ir en apoyo de países tercermundistas. Lo requerido eran 2.469 millones en ayuda económica y 917 palos de la divisa gringa para necesidades militares. Lo generoso no le hacía olvidar que estaba en plena Guerra Fría con los rusos, por lo que había proteger el territorio también.

Lyndon Baines Jonhson, más conocido por las siglas LBJ, fue vicepresidente de John Kennedy y asumió los hilos de la nación tras el asesinato de JFK. Su administración se caracterizó por la lucha contra el racismo y la segregación racial, así como contra la pobreza que afectaba a estos grupos, que hace tiempo habían dejado de ser minoritarios. La Ley de Derechos Civiles, la Ley del Voto y la Ley de Oportunidad Económica fueron cuerpos legales que tuvieron por objeto mejorar la calidad de vida de esos ciudadanos históricamente desplazados por el color de su piel.

Ese mismo año, los habitantes del Estado de California, dentro de los cuales se encontraban Robert y Anne, más conocidos como Mr. y Mrs. Akers, acudían en masa a elegir gobernador de la región. La simple política americana históricamente le ha dado sólo dos opciones a su gente, que es votar por los demócratas o por los republicanos. Para ese 1966, quienes iban en la carrera para liderar este importante estado eran Pat Brown y Ronald Reagan. Este último triunfaría e iniciaría así una exitosa carrera política que culminaría con el actor sentado en la Casa Blanca.

A mediados de los sesenta se vislumbraban muchas luchas de diferentes activistas. Martin Luther King lideraba la batalla por el reconocimiento de derechos de la población negra, Harry Hay o James Baldwin el de las disidencias sexuales y Gloria Steinem avanzaba con fuerza por una sociedad feminista bajo el lema “After Black Power, Women’s Liberation”. La humanidad cambiaba y se levantaba contra los cánones tradicionales, contra lo preestablecido y contra lo que te enseñaron “que estaba bien”. ¡Basta ya!, gritaban miles en América para protestar contra las desigualdades. Muchos siguen gritando hasta hoy, porque los avances legislativos a nivel mundial para establecer parámetros dignos a los diferentes grupos que conforman el tejido social siguen siendo insuficiente.

En la década de los setenta, los Akers se mudaron a Seatle. Fue en aquella ciudad donde su hija predilecta tuvo su primer acercamiento con el amor de su vida. Fue un día que disfrutaba jugando a las Barbies con sus amigas de infancia que vio como los chicos se entretenían pateando un balón de fútbol. Dicho deporte llamó su atención inmediatamente y sintió una pasión que no había experimentado en su corta vida. Sin dudarlo y sin importarle el qué dirán, fue donde los niños y les preguntó si podía jugar con ellos. En cualquier posición, daba lo mismo, la cosa era estar dentro de esa improvisada cancha y empezar a controlar esa esfera tan curiosa con los pies.

Desde aquel minuto, Michelle supo que lo suyo no eran las muñecas ni los patines de hielo. Su destino se encontraba vinculado directamente a esa extraña disciplina donde los seres humanos trasladaban una esfera de cuero de un arco a otro con los pies. En su casa el único conocimiento que tenían estaba dado porque en México, país con el que compartían frontera, el fútbol era una religión pagana más. Los gringos, con su clásico orgullo característico, preferían su football, que consistía en mover una pelota ovalada de un área a otra, pero donde los pies no eran el único medio válido para hacerlo, sino que también podían utilizar las manos. Ese deporte era el favorito para su padre, hermanos y familiares.

El año 1975 llegó a jugar la liga de soccer local un tal Pelé. Con la llegada del astro brasilero los bonos del balompié subieron como espuma en el país. Todos querían empezar a hacer lo mismo que el nativo de Minas Gerais, por lo que las pichangas se daban en las escuelas, las universidades, las plazas públicas y hasta en los patios de las casas más acomodadas. Ese impulso de popularidad fue aprovechado por la Michelle, para justificar en casa su pasión, que seguía siendo mal vista por su madre por la cantidad de heridas con que llegaba después de cada partido.

De la Shorecrest High School a la Universidad de Florida Central, la carrera de Akers comenzaba a sumar cada vez más réditos personales y reconocimiento social. La flaca era buena para el fútbol, era incluso una de las mejores, siendo seleccionada en numerosas oportunidades al All America, que es el término utilizado para referirse al nombramiento de los más destacados de cada disciplina deportiva en EEUU a nivel amateur. Al mismo tiempo, recibía sus primeros llamados al combinado femenino nacional de soccer que tuvo su estreno el año 1985.


La puja de las mujeres por tener una igualdad de oportunidades y un reconocimiento por parte del organismo rector del balompié mundial, la FIFA, tuvo eco para fines de los ochenta, donde esa manga de varones gozadores de la vida y corruptos que lucraban a raudales con las piernas de muchachos de todas partes del orbe, decidieron ampliar el business y organizar la primera Copa del Mundo Femenina. Si bien las damas se reunían desde la década de los setenta para hacer este tipo de competiciones, dichos torneos no eran reconocidos por el ente rector y se jugaban dentro de un ambiente de mayor amateurismo. Con el apoyo del organismo liderado por Joao Havelange, ese anhelo de las futboleras de tener su campeonato con todas las de la ley se concretaba.

La primera cita mundialera sería recibida en China. Las locales iban como favoritas para dejar el trofeo en casa, pero no sería nada fácil lograrlo, puesto que también aspiraban a levantar la Copa, las nórdicas, las alemanas, italianas, brasileñas y sobre todo las norteamericanas. Las casas de apuestas se llenaban de indecisos que le ponían fichas a diversos combinados, dado que no existían verdaderos antecedentes para determinar con claridad quién iba a ganar, lo que generaba un ambiente de expectación muy grande para conocer el desenlace de la World Cup.

En la previa al torneo, Michelle recibió una mala noticia. Tenía lo que los doctores llaman un "Síndrome de fatiga crónica", que básicamente se traduce en profundas fatigas, las cuales se ven considerablemente aumentadas al desarrollar actividad física. Podía seguir jugando, pero el esfuerzo que le implicaba a ella acabar un partido era mucho mayor que el del resto. No obstante lo anterior, ella era una guerrera y no iba a claudicar en su sueño de coronarse campeona del orbe por esa estúpida enfermedad que la aquejaba. Tomando las precauciones necesarias, había Akers para rato.

En aquella época, al igual que en el fútbol de varones, los ganadores hacían solo dos puntos por triunfo, por lo que las diferencias tendían a ser ínfimas a la hora de determinar los clasificados. Producto de esto, es que la misión americana fue desde un primer momento quedarse con la totalidad de los triunfos, para lo cual debían superar a Suecia, Brasil y Japón.

El primer duelo fue sin lugar a dudas el más duro. Las suecas venían con fuerza y serían un difícil escollo que superar. En los debut dicen que es donde se puede ver qué tan bien llegan los competidores a cada torneo y en ese sentido las gringas marcaron la pauta. A los 17 minutos del segundo tiempo iban 3-0 arriba, mostrando una gran categoría para manejar a unas complicadas escandinavas, quienes viéndose tan vulneradas apretaron el comodín turbo y descontaron por duplicado, decorando el marcador final en un peleado 3-2.

Para el segundo duelo venían las brasileñas. Si eran igual de buenas que los varones, las norteamericanas estaban sepultadas, dado que el país de la samba es un referente mundial del buen juego con el balón en los pies. Sin embargo, los roles se invirtieron, dado que las domiciliadas en Washington parecieron interpretar de mejor manera el afamado “jogo bonito” que caracterizaba a las cariocas. Fue un 5-0 humillante a favor de las “Stars and Stripes”, que se fueron ganando por cuatro al cierre de los cuarenta y cinco iniciales. La Michi jugó un partido magistral, convirtiendo el cuarto tanto de una goleada estrepitosa que quedaría en la memoria colectiva. Por último, en el cierre de grupo ante las niponas, las amigas de Akers no podían ser menos y vencieron a las asiáticas por 3-0. Los dos primeros goles en ese último juego los convirtió la talentosa volante ofensivo oriunda de California.

En cuartos de final venían las chinas pobres. Así es, porque junto con las locales participó también la selección de China Taipei, algo así como una réplica de segunda mano de las otras. Si bien las de ojos rasgados se habían clasificado como una de las mejores terceras al derrotar a Nigeria, la verdad es que calentaban menos que el sol en el invierno islandés. Por su parte, las yankis se erigían como una de las grandes favoritas tras su exitosa primera rueda. Ni los más optimistas hubiesen esperado tal exhibición de clase y jerarquía como la que habían expuesto a los fanáticos en los tres duelos iniciales.

Ese 24 de noviembre la Michelle se sentía con ganas y confianza. Había soñado con su infancia en Santa Clara, cuando cabalgaba a caballo con sus padres y competía con sus primas por quién era la mejor jinete. Recordar aquella etapa de su vida le traía una motivación especial. No pasaba muchas veces y cuando ocurría en la previa de un match, era un augurio de que la rompería dentro de la cancha. Cuanto tocó por primera vez el balón en ese duelo de cuartos supo que sería su tarde, dado que sintió inmediatamente una armonía entre su yo interior y el exterior. A los 3 minutos del segundo tiempo, EE.UU. derrotaba por 6-0 a las asiáticas con cinco conversiones de Akers, en lo que terminaría siendo un 7-0 espectacular.


Tras esa victoria, la californiana definitivamente se consagraba como el alma mater de ese combinado de futbolistas amateur que jugaban al soccer en las universidades. Por un día en la historia americana las niñas no quisieron ser Madonna ni Olivia Newton-John, sino que anhelaban ser Akers. “Es increíble, es una chica súper poderosa, seremos las campeonas del mundo con ella”, comentaban infantes y adolescentes en los cincuenta y un estados en que se dividía el territorio colonizado por los británicos un siglo y medio antes.

Tras el sietecero, las jugadoras tenían certeza de que no podían perder el foco. Esa apabullante victoria sería letra muerta si no lograban ratificar su papel de candidatas ante las alemanas en semis. Eran un rival incómodo, puesto que las teutonas eran fuertes, rápidas y tenían un par de jugadoras de grandísimo nivel que podían mandar todo el carajo. La Michi, como buena líder que era, las arengó para que hicieran un partido el doble de bueno que el anterior. Ahora si que no había margen de error.

Desde que el referee chileno Salvador Imperatore silbó por primera vez el pito las norteamericanas salieron como leonas a cazar a las bávaras. A los diez del primer tiempo, Carin Leslie Jennings abrió el marcador. Veintitrés minutos después, la misma ariete nacida en New Jersey se abrazaba con sus camaradas para celebrar su tercera anotación del cotejo. Que destape de la goleadora del Southern California Ajax que ponía cuesta arriba la remontada de las de Europa Central. Mohr puso un descuento, pero la otra atacante April Heinrichs, con un doblete, terminó de sepultar cualquier atisbo de esperanza que hubiesen tenido las pobres germanas. 5-2 final que ubicaba a las gringas en la primera final de la Copa del Mundo femenina. Una proeza que los hombres estuvieron cerca de conseguir también en su primera participación en este tipo de competencias, por allá en el año 1930 en Uruguay, donde obtuvieron el tercer lugar.

En una nación que veía cómo lentamente se terminaba la agotadora disputa por el dominio del orbe con los soviéticos, que celebraba la lenta desintegración del territorio de su histórico adversario y que, por otra parte, se tragaba al nefasto de George Bush padre en la presidencia, la hazaña de las nenas en China se celebraba con mesura, pero también con la expectativa de volver a ser las numero uno en algo. “Si ganamos la Guerra Fría, somos capaces de salir victoriosas en lo que sea”, se escuchaba en los pasillos de las distintas escuelas públicas del país.

Las Stars and Stripes no prestaban atención a lo que se hablaba afuera. Ellas sólo estaban enfocadas en estudiar y trabajar el funcionamiento mediante el cual derrotarían a la Selección de Noruega. Las nórdicas habían derrotado por 4-1 a sus compinches suecas, las contrincantes más complicadas que habían tenido en la fase de grupos, por lo que había que tomar todas las precauciones contra las muchachas con sede en Oslo. “Let’s make America great again”, decía Anson Dorrance en los camarines a sus adiestradas. La consigna era ganar o ganar, no cabía otro resultado en la cabeza de Michi y su banda.

A los veinte del primer tiempo se abrían los fuegos de esa gran final. Tiro libre servido por la rusia Shannon Higgins al corazón del área que encontró la cabeza de la numero diez, quien cabeceó como si en la testa tuviese un arma letal. La buena de Akers se elevó como lo que era, la mejor de todas, y puso el balón en un rincón imposible de contener para la golera Seth. “Se mantuvo en el aire como un helicóptero”, decía el relator de la transmisión radial que informaba de todo lo ocurrido en el cotejo.

Nueve minutos después las nórdicas igualarían mediante un cabezazo de Linda Medalen. La goleadora de Sandnes aprovechaba una desinteligencia defensiva entre la guardameta y las defensoras rivales para conectar un tiro libre desde la banda derecha. Las miradas iban y venían, dado que a nadie le había gustado esa torpeza cometida. Las norteamericanas eran exigentes consigo mismas y entre ellas, por lo que el empate de las vestidas de rojo les había caído como un combo en la boca del estómago. Al cierre de la primera fracción se irían igualadas.

“Necesito hacer a America great again”, les insistía el coach en los camarines, esperando que nadie osara utilizar aquella frase para fines comerciales ni menos políticos. En el camarín de las yankis reinaba la tranquilidad. Si bien los cuarenta y cinco iniciales les habían dado ventajas más abultadas en el resto de los partidos disputados previamente, ellas tenían claro que si seguían haciendo las cosas de buena manera, ni el Cosmos del Rey Pelé les iba a sacar el trofeo de las manos. “Paciencia que ya saldrá el gol que nos lleve a la cima”, le decía Michelle a sus camaradas de ataque Heinrichs y Jennings.

Al reanudarse el juego, las de Washington buscaron ser protagonistas e imponer su impronta sobre la de hierba. Tenían claro que presionando las salidas y teniendo el balón en su poder podía ocurrir algo. Fue así como llegó el minuto 78, en que una de las centrales noruegas buscó combinar con su cuidavallas con tal mala fortuna que se encontró con la viveza de la californiana Akers, quien tras aprovechar semejante regalo eludió a la protectora de las esperanzas escandinavas y con el arco a su disposición selló el triunfo de las dirigidas por Dorrance. Evidentemente fatigada, la Michi se abrazaba con sus compañeras. Ya no había piernas ni cuerpo que aguantara una algarabía mayor en los festejos, pero si mantenían el orden y agotaban las últimas reservas que quedaban podrían librar una alocada fiesta con la de oro colgada en el pecho.


Los últimos diez minutos fueron una tortura, dado que sus adversarias no querían dar su brazo a torcer. Al igual que las gringas, ya habían logrado mucho más que sus pares varones y querían ser reconocidas como las mejores en su especialidad. Las miraban desde los distintos rincones de un país que comenzaba a abrazar el invierno por aquella fecha y entre tanto cagarse de frío soñaba con enfrascarse en una orgía de abrazos que les permitieran unos pocos segundos de calor humano. Pero la vida es injusta muchas veces y así lo fue para las damas de rojo, puesto que las de vestimenta blanca no cedieron ante sus presiones y aguantaron su pequeña ventaja hasta el cierre del cotejo. El soviético Zhuk miró su reloj y dijo “No más”, sellando así la primera Copa del Mundo femenina.

La noticia corrió como el agua en las cataratas del Niágara. Entre las chicas que practicaban el soccer en las distintas universidades del país, los familiares de las ganadoras, la comunidad deportiva estadounidense y las organizaciones feministas que reivindicaban los derechos de las mujeres, el sentimiento de orgullo por la proeza obtenida por las “American women” era exactamente igual. “Ganaron en China y el partido lo dirigió un soviético”, comentaba el encargado de promoción deportiva del gobierno en la Casa Blanca.

Para Akers fue la ratificación de que todo lo que venía haciendo era lo correcto. Salió la goleadora del torneo y la segunda mejor jugadora tras su best friend Carin Jennings. Asimismo, para el resto de las chicas era un orgullo que en una disciplina que aún no era profesional en su nación hubiesen logrado imponerse como las absolutas dominadoras a nivel mundial. Habían ganado todos los partidos jugados, exhibido el mejor fútbol y marcado más goles.


Michelle, la niña californiana, la que pese a todas sus dificultades físicas siguió jugando y derrochando talento, la que peleó porque el soccer femenino tuviera un lugar en la agenda deportiva de su país, la que se cansó de meter goles en la Copa del Mundo y representó con mucho pundonor a su seleccionado, la que levantó la voz por las que venían, la que permitió que la sociedad norteamericana se cuestionara si las mujeres podían ser igual de buenas que los hombres para el fútbol, la que hizo lo que quiso y fue feliz, la que movió los límites y la que amó la camiseta de su país como ninguna otra... esa es la verdadera mujer norteamericana, esa es una “American Woman”.

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