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Madame Renard

 


Con fecha 26 de agosto de 2020, Bilbao, España, estadio San Mamés, sin público, la matriarca del Lyon convirtió el tanto con que su equipo clasificó a su cuarta final de Champions League consecutiva.

Wendie Therese Renard nació en Schoelcher, Martinica, el día 20 de julio de 1990. En esta pequeña isla de 1.128 kilómetros cuadrados de superficie, que cuenta con un poco más de 87.000 habitantes, era ubicada una niña que se convertiría en referente del fútbol femenino. Este territorio es un departamento de ultramar perteneciente a Francia, que cuenta con un Consejero Regional encargado de transmitir peticiones a la inmensa nación europea, la cual solo de vez en cuando los escucha.

Su composición social está formada por una inmensa mayoría de ciudadanos de raza negra descendientes de los esclavos que los franceses traían de África para trabajar las plantaciones de azúcar y unos pocos blancos dueños de esas tierras, llamados coloquialmente bekés, que fueron heredadas de esos ancestros que históricamente exportaban humanos desde otras latitudes.

Para el año en que nació la guerrera defensora, Francia, y en consecuencia Martinica, era gobernada por el socialista François Mitterand, quien estuvo por largos catorce años, constituyendo el último mandatario de izquierda que tuviesen los galos hasta la actualidad. Al igual que sus antecesores y sucesores, Francisco de Francia ignoró a los territorios de ultramar en América, especialmente con el escándalo medioambiental del uso de clordecona.

Dicho pesticida se utilizó por décadas en la tierra natal de Renard por los terratenientes dueños de las plantaciones de bananas que abundaban en la isla. La OMS lo calificó como potencialmente cancerígeno a fines de los 70, pero como los que tomaban las decisiones estaban en sus cómodos aposentos en el Viejo Continente, nadie reparó en el verdadero genocidio que se cometía contra la población nativa del lugar. En 1990 recién se vetó su uso y hasta 1993 se siguieron utilizando algunas reservas, tras la vista ciega de las autoridades previo lobby de los productores de frutas. Actualmente, se estima que un 92% de la población tiene trazas de clordecona en la sangre.

Mientras sus compatriotas daban una ardua lucha por el derecho a vivir en un medioambiente libre y sano, Wendie se iba a jugar a la pelota con los varones. A su madre no le gustaba, porque sentía que era un juego muy violento para que su princesa lo practicara. Por su parte, el padre la incentivó a mejorar día tras día en el deporte que tanto amaba la pequeña. Una de las últimas cosas que hizo antes de fallecer de un cáncer al pulmón fue inscribirla en la escuela de fútbol del club masculino Essor Préchotin.

La morena competía a la par con los muchachos, trancaba, guapeaba, iba bien por alto aprovechando su estatura y te cabeceaba de manera magistral. Fue así que a los quince años se matriculó para jugar con el Rapid Club de Lorrain. 

Todas esas cualidades no tardaron en llamar la atención de la asesora técnica regional de la liga de Martinica quien le sugirió inscribirse para hacer unas pruebas en el centro nacional de formación de las futuras promesas de Francia. Entusiasmada, Wendie se suscribió y partió a la madre patria a demostrar que podía ser una profesional. Las pruebas no resultaron del todo satisfactorias para la futura central, sin embargo, Farid Bentisti, entrenador de mujeres del Olympique Lyon quedó fascinado con las habilidades físicas y técnicas de Renard. Terminada esa práctica le ofreció formar parte de la escuela de juveniles de la escuadra gala, situación que ella no desaprovecharía.

“Mamá, tú sabes que incluso siendo una chica soy la mejor para el fútbol de todo el barrio. Tengo condiciones, lo sé, es por eso que me dedicaré a ser la mejor jugadora que Francia haya tenido alguna vez sobre una cancha”, le espetaba convencida Wendie a la matriarca, que no se mostraba segura sobre la decisión que adoptaba su hija. “¿Qué pasa si falla?”, reflexionaba en silencio bajo un nerviosismo que no la dejaba dormir. Siempre que la notaba dubitativa, la niña agregaba “Tu sabes que era el sueño de papá”. Ante tal aseveración, no había voluntad que se pudiese oponer a los augurios de fama y reconocimiento mundial que recaían sobre la futura defensora central.

Una vez llegada al continente europeo, el ascenso de Renard fue inevitable. Aprovechó al máximo el buen nivel de preparación que se le ofrecía en la ciudad del sureste galo y se convirtió en una de las mejores de su generación. Participó en todas las categorías inferiores de “Les Blues” y se logró afianzar con un puesto en el equipo estelar del Olympique.



Pasó a formar parte del primer equipo con tan solo 17 años, siendo partícipe de los catorce títulos consecutivos que se ha adjudicado el Lyon en la Liga Femenina gala. En todos estos años, no ha tenido rival que le haga sombra a nivel local. El Paris Saint Germain y el Montpellier lo han intentado, pero la escuadra de Renard no ha sucumbido ante las amenazas de sus temibles adversarias.

Uno creería que esa supremacía se evidenciaba solo a nivel local, pero en el plano internacional el cuadro galo también ha sido el amo y señor de las Champions League femeninas, triunfando en siete de las últimas diez ediciones, con un subtítulo ocurrido en 2013. 

Y en todos esos triunfos la defensa se ha sostenido en la solidez de Madame Renard, quien ya es toda una institución en la cotidianidad futbolera de Francia. La gran capitana, la que con su garra contagia a las demás compañeras a entender cada partido como una guerra de la cual deben salir victoriosas. Y claramente mal no le ha ido con ese tremendo palmarés de la originaria de Martinica.

El año 2020 vino la pandemia a nivel mundial. Eso hizo reflexionar muchísimo a la zaguera. Una de las cosas que se instalaron en su mente fue la necesidad de ser protagonista central en algún triunfo de renombre para su club. Siempre había sido líder, la muralla, la imparable, pero nunca la goleadora. Le inquietaba la idea de trascender cómo la artífice de algún triunfo clave para las bandidas de Lyon. Quizás se daba en la Liga o en Champions. Posibilidades existían y cuando llegara su momento lo sabría.


Como ganadores de la liga local, las francesas entraban a la edición de Champions directamente a los dieciseisavos de final. En esa instancia, se cruzaron con las rusas del Ryazan VDV. La eliminatoria fue absurda, producto de las diferencias entre ambos planteles. En la ida en Ryazan, las dirigidas por Jean Luc Vasseur derrotaron a las locales por 9-0. Con la eliminatoria sentenciada, en la vuelta no quisieron ser tan irrespetuosas con sus adversarias y solo le hicieron siete.

En los octavos de final se topaban con las danesas del Fortuna Hjorring. En la ida en el noroeste del territorio danés, las galas sólo ganaron por 4-0, como un anticipo de que lo mejor estaba por venir. Sin imaginarlo ni calcularlo previamente, las francesas en Lyon tuvieron una conversación y se propusieron no ser menos que en los partidos pasados. Eso estaba bien, siempre y cuando no humillara a los rivales. Esa última parte se les habría olvidado, porque las homicidas de blanco brillaron con luces propias y le endosaron un abultado 7-0 a sus rivales. Con la módica suma de 27 goles y cero en contra, las amigas de Wendie avanzaban a cuartos de final.

Con la ronda de ocho mejores en el horizonte, un tal Covid se interpuso en el camino de la humanidad y suspendió toda competencia deportiva. Hubo que esperar hasta mediados de año para retomar las actividades, con la diferencia que se jugaría a partido único y en una sede fija. Bilbao y San Sebastián fueron las ciudades escogidas para dar cierre a la Champions femenina.

El Lyon había quedado emparejado ante el Bayern Múnich. Ahora se verían las valientes, en un enfrentamiento con una escuadra que está varios escalones más arriba de las que habían enfrentado las leonas en las fases previas. Las alemanas exhibían una gran disciplina defensiva y ataques punzantes por las bandas, que podían poner en complicaciones a la retaguardia gala. Por su parte, las campeonas defensoras intimidaban a cualquiera con sus rápidas transiciones en busca del pórtico rival, donde la abundancia de recursos ofensivos era una de las principales virtudes. La golera germana parecía la mujer más guapa de la fiesta, dado que todas querían llegar a ella y de las maneras más increíbles. 

Esa insistencia tuvo su recompensa en el minuto 41, cuando la británica Nikita Parris aprovechó un pase en profundidad y anticipándose a la guardameta, cabeceó el balón hacia una portería desguarnecida, no sin antes recibir un feo golpe en el rostro por parte de la vencida. La oriunda de Toxteth se daría cuenta de la apertura de la cuenta varios minutos después al despertar del sueño inducido del cual fue víctima. 

Con la reanudación vino la confirmación del triunfo francés. A los 10 del segundo lapso, Amel Majri cobró un tiro libre al borde del área de manera tan eficaz que el balón ingresó dentro del arco germano como diciendo "aquí vengo y de aquí no me saca nadie". La centrocampista de origen tunecino parecía sellar el pase a semifinales, sin embargo, cinco minutos después vendría el descuento obra de Carolin Simon. Tras esa anotación, el resto del juego estuvo de más. Fue 2-1 final para las tricampeonas y el cruce en la ronda de cuatro mejores con sus entrañables amigas de París.

Fines de agosto en la región de Vizcaya. Corría viento, mucho calor y fútbol de alta gama con las mejores jugadoras del universo dándolo todo en cada cotejo librado en dicho paraíso. El 26 era un día especial para les amantes del balompié en la tierra que gobernara Luis XV, porque se medían los ovarios las dos grandes escuderías de la Ligue 1 femenina. La Wendie lo sabía, pero justamente eran esos partidos los que le movían las hormonas. Había crecido ante un sinnúmero de adversidades y se iba a achicar ante las chicas malas de la capital. No señores y señoras, la mejor defensa del planeta no exhibiría ni un mínimo de debilidad ante sus rivales.

Comenzó el cotejo con mayores aproximaciones del equipo de la urbe ubicada en la confluencia de los ríos Ródano y Saona. La Tiane Endler se transformaba en figura al impedir las diversas incursiones en ataque de las dirigidas por Vanseur. Mientras eso ocurría, las pelo liso del PSG se atrevían con un par de lanzamientos fáciles de controlar para Sarah Bouhaddi. Acababa el primer tiempo con una igualdad aburrida, que si bien había tenido vértigo y algunas opciones más claras para las damas de blanco, nadie había podido dar rienda suelta a una de las más bellas expresiones de euforia del ser humano, resumida en un grito de gol.

Jean Luc agarró a sus dirigidas en el segundo tiempo y les recordó que hace solo dieciséis días se habían enfrentado ante las mismas chicas y les habían ganado. Si bien aquella vez había sido mediante penales, ese día debían intentar resolver el trámite en los noventa minutos reglamentarios. Para ese tipo de desafíos estaba preparada Wendie, quien sentía que al momento de su concepción venía con un material genético que la hacía una luchadora sin parangón en la vida deportiva femenina de la nación donde ejercía labores.

Iniciado el segundo tiempo la tónica respecto del primero no varió. El Lyon optó por ser protagonista ante un PSG que descansaba en lo que podían hacer sus zagueras junto con la Tiane. La chilena puteaba porque veía que las traviesas que gobernaban el ataque rival estaban cada vez más cerca de su guarida. Dicho asedio tuvo recompensa en el minuto 65, que fue doblemente trágico para el conjunto de la ciudad donde se erigió la Torre Eiffel. Foul cometido por la mediocampista Geyoro, quien pegó una patada necesaria pero alevosa, motivo por el cual la jueza le puso la segunda amarilla y la expulsó del juego. El centro de Marozsán cobrado a raíz de esa infracción encontró a la única, grande y leonina Wendie Renard, quien se elevó por sobre las demás e impactó el balón violentamente con la testa para sellar la apertura de la cuenta. Con total autoridad aparecía la guerrera de Martínica, la virtuosa, la muchacha que venía de la isla con unas trenzas que dominaban su alocada cabellera y que ahora la exhibe en todo su esplendor como la melena que una felina osa tener. Y festejó, gritó y se abrazó con sus compañeras, porque su gol era el trampolín a una nueva final.


El juego no quiso otra protagonista, el marcador quedó fijado en el 1-0 y el Wolfsburgo esperaba en el last game. El estadio de Anoeta recibiría a las armadas francesas y alemanas en una excitante definición de la Champions League femenina. Las domiciliadas en la ciudad de los Wolkswagen, venían de dejar en el camino al Barcelona, el Glasgow City y el Twente. Venían las tetracampeonas que amedrentaban a cualquiera, pero la fé es lo último que se pierde y si hacían las cosas bien podían dar el golpe a la cátedra. Por el lado de las galas en cambio, la orden de Vasseur era clara “ir al ataque desde el primer minuto y arrasar con las blondas”.

Una vez que la jueza sopló el silbato, la orden de Juan Lucas se llevó a cabo a rajatabla. Fueron veinte minutos donde las leonas no pararon de bombardear, destacando como lo más peligroso las internadas de Cascarino por la banda derecha. En una de esas, la puntera logró centrar y el balón fue recibido por la rubia Le Sommier quien remató a portería, Abt dio rebote y éste fue recogido nuevamente por la mediocampista para con un zurdazo abrir el marcador. Si de goles lindos se trataba, el segundo del Lyon fue una joya. Nuevamente un disparo con la pierna izquierda sacudió las redes de la banda germana, que en este caso fue por obra y gracia de la nipona Kumagai. "¡Que remate sacaste china!", le decían sus compañeras. “Soy japonesa y la boca te queda donde mismo”, respondía una eufórica volante de contención. 

En el complemento el panorama fue totalmente opuesto. Las damas vestidas de verde platinado jugaron con todo el empuje que tenían, pero las azules estaban a otro nivel. No obstante la brutal exhibición de calidad de las tetracampeonas, las germanas se dieron el lujo de apretar el marcador en el minuto 56, mediante un cabezazo de Popp. Tras eso la ilusión en conseguir la remontada inundó los corazones de las que eran momentáneamente derrotadas, pero fue solo eso, porque la materialización de esas esperanzas en las piernas de las jugadoras y en las decisiones que tomaban con el balón, no fueron suficientes para vulnerar la zaga liderada por la Wendie. Para más remate, y como si esto fuera poco, al cierre del partido, un remate de Le Sommier es desviado por la pierna de Gunnarsdótir, quien cumplía con la inexorable "Ley del Ex" y dilapidaba las opciones de revertir el resultado. 3-1 y la orejona viajaba nuevamente a Lyon.

Campeonas por quinto año consecutivo se consagraban Renard y sus camaradas. Un verdadero dream team que ha dominado el concierto europeo de clubes en la última década, quedándose con nada menos que siete de las diez Champions disputadas. Ni hablar de la Liga Francesa, donde han encadenado la brutal cifra de catorce torneos ganados "in a row". Parte importante de esos éxitos se han basado en la solidez defensiva que tuvo y sigue teniendo como eje central la notable labor de la caudilla de Martínica.


Madame Bovary fue un personaje de ficción creado por Gustave Flaubert. El autor buscaba representar la vida de una mujer que cometió errores, pero que siempre persiguió los designios de su corazón, ella se movía por amor, porque entendía que eso era lo que importaba. Casi medio siglo después, una muchacha de la vulnerada isla de Martínica decidió hacer lo mismo y optó por jugar al fútbol, porque era lo que realmente amaba. Eso sí, a diferencia de Bovary, esta muchacha no tuvo fallas, tampoco graves problemas económicos, siendo hoy en día la mejor del mundo en su puesto. Fue voz de los sin voz, de los abandonados de ese "archipiélago" americano donde los continentales podían hacerse ricos a costa de la destrucción masiva del medio ambiente, y eso se le reconoce. Es por tal motivo, que nos sacamos el sombrero y le hacemos una reverencia a usted: madame Renard.  

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