Con fecha 5 de octubre de 2003, en Portland, Estados Unidos,
estadio PGE Park, ante 27.623 espectadores, la sempiterna goleadora de la
selección alemana terminaba de fulminar las esperanzas de ganar un nuevo
Mundial para las grandes favoritas en su propia casa, ubicando a base de goles
a su conjunto en la final de dicha competición.
Birgit Prinz nació el 25 de octubre de 1977 en Frankfurt, ubicada
por aquel entonces en la República Federal Alemana. Un día después, en Merca, Somalia,
a muchos kilómetros del hospital donde se encontraba la bebé, se descubría el
último caso de viruela en el mundo, lo que permitió asegurar a la Organización
Mundial de la Salud la total erradicación de aquel fatal virus, en lo que ha
sido considerado como el mayor éxito científico de la historia.
En su país la situación sociopolítica pasaba por un momento
complejo, quizás el más complicado desde la Segunda Guerra Mundial. A dicho
periodo se lo conoció como el "Otoño Alemán", que comprendió
una serie de incidentes criminales perpetrados por los grupos armados Fracción
del Ejército Rojo y por el Frente Popular para la liberación de Palestina. A
los asesinatos de un fiscal, un banquero y un dirigente empresarial, se sumó el
secuestro de un avión que volaba desde Palma de Mallorca a Frankfurt.
Ese último hecho, que se conoció como la "Operación Kofre
Kaddum", puso en jaque a la inteligencia de la Alemania Occidental. El
13 de octubre de 1977, un grupo de cuatro personas de origen palestino
secuestró un Boeing 737 de la aerolínea Lufthansa, obligándolo a aterrizar en Somalia.
Para liberar a los rehenes ofrecían como moneda de cambio la inmediata
excarcelación de altos miembros de la Fracción del Ejército Rojo. El gobierno
de Helmut Schmidt se mostró abierto a negociar, mientras maquinaba una gran
operación de rescate, que finalmente se materializó una semana antes del
nacimiento de Birgit. En un enfrentamiento armado, fallecieron tres de los
cuatro secuestradores, quedando una sola con vida, la que fue inmediatamente
arrestada.
En lo deportivo, los alemanes occidentales eran amos y señores del
balompié planetario. Al título mundial obtenido en casa en 1974, se sumó la
final continental de 1976, donde solo pudieron ser derrotados por los
checoslovacos en penales. A nivel de clubes, el Bayern Múnich se había quedado
con tres de las últimas cuatro ediciones de la competencia de mayor relevancia
que enfrentaba a los campeones de liga de cada país europeo. Fue en ese
contexto en que llegó al mundo Birgit, en el que el Fussball marcaba
la pauta de la vida cotidiana de un importante número de ciudadanos.
Los Prinz se dividían entre los que apoyaban al FSV Frankfurt y
los que le iban al Eintracht Frankfurt. Este último era claramente el más
importante de la ciudad, siendo el FSV una especie de hermano chico. Los del
Eintracht tenían un título de Bundesliga, una final de Liga de Campeones, dos
títulos recientes de Copa de Alemania y un poderío económico que llamaba la
atención en los setenta. Fue así como para la temporada 1979-1980, se lograron
quedar con el título de la Copa UEFA, en una electrizante final en que
derrotaron por goles de visita al Borussia Monchengladbach.
Aquel día hubo una revolución en la ciudad. La Birgit tenía dos
años y medio, y si bien dice que tiene recuerdos de los festejos que hubo en su
casa, nadie le cree absolutamente nada. "Que te vas a acordar, si
con suerte estabas aprendiendo a ir al baño sola", le decía su
abuela Gertrudis cuando la niña se jactaba de su memoria a temprana edad. Lo
que sí es claro que cuando tuvo una mínima posibilidad de discernir no dudó un
segundo en generar un vínculo más cercano con el deporte rey.
La nena creció viendo jugar a Rummenigge, a Völler, a Klinsmann y
también le comentaron de un tal Gerd Müller. Lo suyo eran los goles, no le
interesaba el gran defensor o el medio de condiciones técnicas extraordinarias,
su obsesión radicaba en el nueve de área. Le fascinaba la adrenalina que le
generaba empujar el balón dentro de los tres tubos. Era una sensación
insuperable, no había nada que la hiciera más feliz en su tierna infancia y en
su aguerrida adolescencia. Mientras sus amigas coqueteaban con los chicos, ella
discutía de tácticas de fútbol, de cómo debía parar a la selección germana el
DT Beckenbauer. No le perdonaba la derrota del 1986, en un partido que sintió
que Alemania pudo haber ganado.
Para Italia 1990, la Birgit le hizo una apuesta a Helga, su mejor
amiga de la escuela primaria. "Si salimos primeros en esta Copa
del Mundo, me meto a las cadetes de mujeres que acaba de abrir el FSV
Frankfurt". Su best friend sabía que su pasión
por el fútbol era real, pero dedicarse a eso le parecía un exceso. "Eres
buena en idiomas, podrías estudiar una carrera que te permita viajar o trabajar
en otro país. ¿Por qué el Fussball? Es un deporte peligroso y podría pasarte
algo", le aconsejaba en una pijamada bailable a mediados de ese
año. "Porque quiero viajar y hacer lo mío en otro país es que
quiero dedicarme a eso", respondía contundente la
goleadora.
La sociedad en la que creció Birgit era bastante conservadora. La clase política dominada por hombres tradicionales de derecha y centro, el empresariado que no se abría a otorgar las mismas oportunidades laborales a las mujeres, ni menos hablar de cargos gerenciales en alguna compañía, unas leyes que castigaban el aborto, los métodos anticonceptivos femeninos y que las desprotegía en casos de acoso, abuso o violación. Todas esas cosas no le hacían sentido a la futura goleadora, quien no concebía que su género estuviera tan sojuzgado a condicionamientos morales de personas incultas y ordinarias. Si ella quería partirse el cráneo peleando un cabezazo lo haría y el resto se podía ir un buen rato a la mierda.
Y el destino quiso que Prinz fuera futbolista. En el último minuto
de partido, Brehme le daba el título a Alemania tras dieciséis años de espera y
la muchacha cumplía su promesa. Al poco tiempo, la subían al primer equipo y
hacía su debut oficial con el FSV Frankfurt en 1993. La temporada siguiente
vendría el destape de la germana, que con solo diecisiete años sería clave para
el predominio de su club en el concierto local, quienes se adjudicaron la Liga
y la Copa.
Tras cartón la carrera de Birgit despegó como un cohete que llega
al espacio. La trituradora de redes se destapó metiendo goles, ya sea en la
institución que representaba como con la Selección Alemana. Los expertos
preveían que no tenía techo y ella tampoco se quería fijar uno. “Carpe diem
hermana”, le decía a la masajista del FSV al ser consultada por sus
expectativas en el mundo del balompié.
De lo que estaba segura era que quería dejar el nombre de la Die
Nationalelf en lo más alto. Siendo aún menor de edad, participó con casaquilla
nacional en la Eurocopa de 1995, la cual ganaría tras derrotar en la final a
Suecia por un marcador de 3-2. Como era de esperar, Prinz fue titular y
convirtió el 2-1 parcial a favor de las suyas. Tan solo tres meses después, se
ilusionaba con levantar la Copa del Mundo, pero las noruegas, vengando a sus
vecinas escandinavas, las vencieron por 2-0 dejándolas ad-portas de un
histórico doblete.
En 1997 sumaría otra Euro, esta vez tras derrotar en la final a
las italianas por un marcador de 2-0, siendo la bombardera de Frankfurt quien
sellara la victoria de las germanas. No cumplía dos décadas de vida y ya tenía
un palmarés que se lo quisiera cualquier jugadora al momento de retirarse.
“¿Será posible que la pueda nominar al equipo masculino? Haría una pareja de
ataque formidable con Jurgen”, preguntaba el técnico Berti Vogts al delegado
alemán ante la FIFA.
En su ciudad natal estaba siendo cada vez más conocida y para el
verano de 1998 lo sería aún más, porque optaría por cambiarse de vereda pasando
del FSV al 1.FFC Frankfurt, el equipo femenino del Eintracht. Desató una
revolución en el concierto local tras esa “alta traición”, siendo juzgada por
unas y alabada por otras. Las disputas sobre la actitud de deslealtad por los
colores contra la progresión personal y profesional que podría tener vistiendo
esta nueva camiseta se tomaron las canchas del futbol femenino en todo el país.
Si en la década de los noventa Birgit había demostrado que tenía
condiciones para ser una súper estrella, el nuevo milenio brindaría al
espectador una versión mejorada, rozando la perfección, de la goleadora.
Comandaría a la Die Nationalelf a una tercera Eurocopa consecutiva, ratificando
un predominio demoledor de las germanas en el Viejo Continente.
Comenzaron la titánica tarea compartiendo zona con Canadá, Japón y
Argentina. En esta primera etapa del camino a la gloria, las germanas fueron
brutales. Se alegó mucho tiempo la vulneración de derechos fundamentales que
habrían cometido las de Europa Central, pero a ellas no les interesaba.
Golearon 4-1 a las norteamericanas, 3-0 a las niponas y 6-1 a las
sudamericanas. “Han llegado a ser más crueles que los mismísimos nazis”, decía
una de sus rivales al acabar el duelo en que se vio enfrentada a esa tropa de
futbolistas que no tuvo piedad con las demás.
Birgit estaba contenta. Había metido cuatro goles e iba por más.
Cuando le preguntaban hacía el gesto con su mano, escondiendo solo el dedo
gordo para indicar la cifra de anotaciones que llevaba en su cuenta personal.
“Y tengo ganas de hacer muchos más”, decía la insaciable bombardera de
Frankfurt.
Los cuartos de final las enfrentaron con las rusas. Los primeros
veinticinco minutos de juego permitieron creer que se trataría de un duelo
apretado, que se podría definir con un marcador estrecho en beneficio de una de
las dos selecciones, pero tras la apertura de la cuenta por parte de Müller, se
desató el carnaval. El resultado final fue un 7-1 para las asesinas de Berlín,
con un doblete de Birgit, que puso la sexta y séptima estocada.
En semifinales tendrían la prueba de fuego. En su camino se
cruzaban las dueñas de casa. Portland, la ciudad más grande y poblada del
estado de Oregon, era el escenario que las cobijaría, esperando ver un soccer
de alta gama con las dos grandes favoritas al trono. Las norteamericanas eran
locales y habían demostrado un dominio contundente en las competencias
universales, mientras que las germanas eran amas y señoras del continente donde
se creó el fútbol. En un país que de todo hace un show, se montó toda
una parafernalia para recibir a sus ídolas. “Vamos a aguarle la fiesta a estas
infelices”, gritaban las visitantes previas a entrar a la cancha.
A los quince minutos, Garefrekes ponía el 1-0 para las germanas
con un anticipo en el primer palo tras un córner servido por la banda
izquierda. Esa temprana desventaja asustó a las locales que se volcaron al
empate, pero sus esfuerzos resultarían infructuosos, puesto que en los
descuentos las atrevidas foráneas acabarían con todas las ilusiones de un
pueblo que esperaba ver a las suyas consagrarse en el hogar.
Tras un gran contragolpe comandado por la Birgit, sería Maren
Meinert quien pondría la lápida. Pero los dioses ese día estaban con ganas de
más. Sentían que un inolvidable triunfo de las teutonas no sería nada si no
tenía un sello de la killer oriunda de Frankfurt. Ella era una loba
esteparia, se movía sola en ese mundo aparte que era el área rival, donde
reflexionaba sobre su razón de vivir y los movimientos de sus adversarias para
atacar cuando menos la esperaran. Así había crecido y así había triunfado
previamente. Esta vez no sería la excepción. Por esto, que cuando recibió el
pase en las proximidades del arco defendido por Briana Scurry supo qué hacer.
Recibió, la eludió y convirtió con el pórtico vacío.
Potente, inteligente, voraz, goleadora y líder eran parte del
ramillete de piropos que la prensa especializada le dedicó tras ese título
mundial. Fue elegida la mejor jugadora de la cita y lo tenía más que merecido.
Ella se sentía realizada, porque con solo veinticinco años le podía decir a su
familia: “Saben que, ahora me puedo morir tranquila”. Y eso que los éxitos
conseguidos para ese 2003 serían solo un aperitivo de lo que vendría.

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