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Colorín Colorado




Con fecha 28 de junio de 1998, en Lens, Francia, estadio Félix Bollaert, ante 31.800 espectadores, un toqui paraguayo lideró la defensa de su selección para oponer una férrea y memorable resistencia ante la dueña de casa, quedando a pasos de una proeza con tintes históricos. 


Carlos Alberto Gamarra Pavón nació un día 17 de febrero de 1971 en la ciudad de Ypacaraí, Paraguay. Por aquella época el tema que se robaba la atención en los ciudadanos era la pugna que libraba la Iglesia Católica con el aparato gubernamental controlado por Alfredo Stroessner. El Jefe, como lo llamaban en la interna, tenía especial animadversión hacia todos aquellos que osaran cuestionar sus métodos para comandar el buque de la nación, siendo los sacerdotes unos de sus más acérrimos críticos. 


Al dictador guaraní no le molestaba el sacerdocio en general, sino que una congregación específica que le hacía la vida imposible. Esos eran los jesuitas, que denunciaron todos los problemas asociados a violaciones a los derechos humanos que sufría el pueblo a manos de los matones mandatados por el bigotón. Los miembros de la compañía fundada por San Ignacio de Loyola ejercían una fuerte influencia en las capas medias y en el campesinado, quienes comenzaron a tener una mayor organización en aras de oponerse al Duce paragua. 


En dicho conflicto fue clave el rol jugado por Francisco de Paula Oliva, más conocido como el Pa’i, que significa padrecito en guaraní. Oriundo de Huelva, llegó a Paraguay en 1964 para desempeñar una labor educativa en el colegio Cristo Rey. Como curita bueno se la jugó por combatir las injusticias sociales y la dignidad humana por sobre todas las cosas. Eso le costó la expulsión del país cinco años después de su llegada. Volvería recién en los noventa, con la democracia restituida al lugar del que nunca debió salir. 


Otro luchador fue Bartomeu Meliá, defensor de derechos humanos que denunció el brutal genocidio cometido por los secuaces de Alfredo contra la comunidad aché. Expulsiones de sus terrenos para la instauración de negocios agrícolas, cacerías de dirigentes locales y secuestros de niños fueron algunas de las fechorías que se cometieron con ellos. Harto de estas situaciones, el sacerdote nacido en Mallorca escribió un libro donde no calló nada, lo que lo hizo beneficiario de una “Beca Paraguay”, que en dictadura no era otra cosa que exilio o plomo. 


Oliva, Meliá y tantos otros, dentro de los cuales hay quienes no vivieron para contarlo, tuvieron el coraje y la locura para protestar por los vejámenes cometidos durante la presidencia de Stroessner, quien de escrúpulos poco y nada sabía. “La vida castiga pero no a palos”, decía uno de ellos al ver cómo acabó su vida el tirano, en el más absoluto desprecio y olvido por parte de un pueblo que nunca le habrá de perdonar el daño que causó. 


Carlos no entendía mucho lo que pasaba. Era un niño más que crecía en el seno de una familia de clase trabajadora. En el sector de Compañía nueve comenzó a dar sus primeros toques al balón, junto a sus hermanos y primos. Eran felices, hacían travesuras y llevaban el día a día con la inocencia de que cada cagada que hacían era parte del aprendizaje extracurricular. 


Ya en la adolescencia comenzó a compatibilizar los estudios y el fútbol con un trabajo en una cerámica del barrio. Ahí trabajaba de madrugada, debiendo despertarse a las cuatro de la mañana para hacerse unas monedas que permitieran pagar algunas cuentas en casa. No era mucho el aporte, sin embargo, cada centavo servía. 


Cada día que llegaba a casa de noche, tras las clases y el entrenamiento, rezaba. Ahí le pedía a Dios que lo ayudara. En su cabeza no cabía la posibilidad de que todo ese sacrificio que hacía no tuviera rédito alguno. “Soy una buena persona. Ayudo en casa y hago mis deberes, llevando la vida que un hijo tuyo habría de llevar en la tierra. Necesito tu favor”, pronunciaba en una de sus oraciones a los quince años. 


Al poco tiempo, sus plegarias serían escuchadas por el divino. Comenzaría a desempeñarse en las artes futbolísticas en Cerro Porteño. Ahí se nutrió de la experiencia de grandes líderes, quienes le dieron su primera alegría: el título local de 1987. “¡Los grandes nos invitaron a la celebración y nos dieron de beber unas cervezas!”, gritaba Carlos en evidente estado de ebriedad tras los festejos por el campeonato ganado. 


Con dos décadas en el cuerpo recién cumplidas el director técnico Sergio Markarian lo haría debutar en Primera División. Luego, con Paulo César Carpegiani acabaría consolidándose en la todopoderosa escuadra de la capital. Era un momento duro porque su clásico rival Olimpia se hacía con la Copa Libertadores de 1990 y alcanzaba la final un año después. En las huestes de El Ciclón era una pesadilla ver cómo su más acérrimo adversario se erigía como uno de los mejores continentes. “En Paraguay es Olimpia y de ahí viene el resto”, decían los periodistas deportivos al ser consultados. 


Tras una correcta campaña, su ex jefe lo mandó a llamar para que formara parte de la escuadra guaraní que se preparaba para el Preolímpico en 1992. El Pingüino Markarian conformaba un plantel con el Colorado, Celso Ayala, Chiqui Arce y José Saturnino Cardozo, que debía obtener la difícil clasificación jugando de locales. “La presión es alta pero ustedes tienen más pelotas que todas las demás selecciones juntas. Paraguay unida jamás será vencida”, recalcaba el adiestrador en la previa al inicio del torneo. 


Comenzaron en un arduo grupo con Colombia, Brasil, Perú y Venezuela. El primer duelo fue ante los llaneros, que se resolvió a uno del final merced a un gol de Gamarra de penal. Luego, una derrota por la mínima ante la Verdeamarela, sería compensada con una impresionante goleada por 7-1 ante Perú. Habiendo agotado su reserva de anotaciones, igualaron a cero con la banda del Tino. 


Por diferencia de gol accedieron al cuadrangular final dejando fuera al gigante domiciliado en São Paulo. Dicha fase partiría con una victoria ante Ecuador con anotación del central crecido en Capiatá, que ya empezaba a hacerse un lugar en los corazones de sus compatriotas. En la segunda batalla, Yegros pondría la única cifra, dejando a Paraguay con medio pie en Barcelona. Un empate sin emociones ante los vecinos uruguayos terminaría siendo la confirmación de que el vuelo al Viejo Continente saldría desde Asunción. 


Es mi primer éxito con la Albirroja. Ahora solo quiero ir de fiestas con mis amigos. Soy joven, famoso y apuesto, seguro conoceré a alguien”, decía un confiado central. En una de esas salidas Cupido le lanzó la flecha directo al cuore y lo embobaría con Norma, una periodista que reporteaba a la Selección. Entre preguntas decentes e indecentes y un par de sirikis, no se separaron en muchos años. 


En España, la banda del villano de Batman, tendría una respetable primera ronda, igualando ante Suecia y Corea del Sur, y derrotando a Marruecos por 3-1 en la última fecha. La guinda de la torta la puso el Colorado, que convirtió tras un tiro libre en el área concedido por el poco instruido golero africano. En cuartos vendría Ghana, equipo al que le remontarían un 2-0 en contra inicial, pero que los pasaría encima en tiempo extra. Finalizaría en 4-2 a favor de los de Accra, pero no importaba, porque esa banda dejaba un buen sabor de boca y muchas expectativas de cara al futuro. 


Tras ese torneo se sabía que los días de Gamarra en suelo nacional estaban contados. De Argentina aparecía Independiente y lo fichaba para ponerle un cerrojo a su defensa. En el Rojo duró un año, volviendo a Cerro Porteño. Esa segunda etapa en el Ciclón sería clave para el central, puesto que maduraría en las artes defensivas adquiriendo categoría continental. Fue así que el Inter de Porto Alegre, creyendo que había encontrado al sucesor del histórico Elías Figueroa, lo contrató a mediados de 1995. “O Colorado pra O Colorado”, titularon los diarios locales al conocerse la noticia.  


Su maduración futbolística tendría lugar en la ciudad del sur de Brasil. Durante su estancia en tierras gaúchas saldría escogido como Bola da Prata de la liga local en 1995 y 1996, mismos años en que los periodistas de todo el continente lo votarían para conformar el Equipo Ideal de Sudamérica. 


El perro de caza de Capiatá estaba en boca de todos, pero sus éxitos no tendrían sentido si es que no coronaba su buen momento con una participación en un Mundial. Con el nivel de futbolistas que tenía la Albirroja en ese momento no existía posibilidad de que no pelearan un cupo para llegar a la cita planetaria en Francia. 


Tras un delirio propio de un consumidor de LCD donde la Federación paraguaya trajo a dirigir la selección nacional a Ladislao Kubala, se lo dejó partir para enmendar su error y recurrir a un conocido del medio como lo era Paulo César Carpegiani. Con el brazuca, los guaraníes darían el puntapié inicial a una inolvidable era a nivel de adultos. 


Con Chilavert como el mejor arquero del mundo, Celso en River Plate, el Coloro en el Inter, el Chiqui en Gremio, el Pepe Cardozo en Toluca y Miguel Ángel Benítez en el Espanyol, más el Toro Acuña de Independiente, argentino nacionalizado, la Albirroja metía miedo. “Que bueno el equipo que tiene Paraguay señores”, se lamentaban los relatores de cada nación que se cruzaba con ellos. 


Les tocó iniciar visitando Barranquilla y cayeron por la mínima. Tras aquella caída, irían a Montevideo y se traerían los tres puntos. En la tercera fecha tendría lugar el recordado espectáculo de Chila ante los argentinos, que con un tiro libre dejó como pollo al Monkey Burgos y silenciado el Monumental. En la cuarta fecha, remontarían una desventaja inicial para derrotar a Chile por 2-1. El primero de esa victoria llegó con un fenomenal remate de fuera del área de sir Charles Red. 


Con la victoria ante La Roja, los dirigidos por Pablo Cesare agarraron un vuelo inimaginable. Vencieron a Ecuador en casa, se trajeron un difícil empate de La Paz y un nuevo triunfo en Caracas, para después ponerse cómodos y dar cátedra en Asunción. En tres fechas consecutivas, los miles de espectadores agolpados en las gradas del Defensores del Chaco vieron sucumbir a Perú, Colombia y Uruguay. El duelo ante los cafeteros será recordado por una más de las conductas antideportivas de Chilavert, quien tras ser expulsado se fue al banquillo rival y le dejó como plasticina la nariz al Tino Asprilla tras un golpe de puño. 


A esas alturas, la Albirroja estaba disparada en los puestos de avanzada, pero aún quedaba por competir. Así fue como les pasaron factura las selecciones de Argentina a domicilio, Chile en Santiago y Ecuador en Quito. Tres derrotas que los dejaron con el alma en un hilo. Una buena cachetada que permitió que otros acecharan su cómoda posición en la tabla. Por tal motivo, había que asegurar la clasificación.


Con solo tres fechas por jugar, recibían a Bolivia en el Defenders of Chaco. Si ganaban se clasificaban a la Copa, mientras que si perdían, sus posibilidades disminuían lapidariamente. En ese contexto de imperiosa necesidad de quedarse con los tres puntos entraron a la de hierba. El talentoso Miguel Ángel Benítez abrió el marcador. Minutos después un centro del Chiqui Arce fue conectado por el histórico hombre de caballera colorada, quien de un testazo ilusionaba a los más de treinta mil hinchas que veían el juego. Luego, descontó Bolivia, catapultando a la anotación de Carlos en la más importante dentro de todo el proceso eliminatorio.


Un mes después confirmarían el ticket a Europa venciendo por 1-0 a los venezolanos en casa. Tras doce años, los domiciliados en Asunción contentaban a todo un pueblo que vio en lo obtenido por esa generación una nueva oportunidad para creer. Su fútbol en el continente americano era avasallador. La derrota ante Perú en Lima no opacó la increíble campaña, donde concluyeron segundos tras Argentina. 


La ilusión crecía entre los ciudadanos del histórico territorio habitado por el pueblo guaraní. Sentían que estaban en presencia de una generación que podía marcar una época. Visitar la capital paraguaya a fines de los noventa era una tortura para cualquiera. “¿Te toca Paraguay de visita la próxima fecha? No cuentes con esos puntos”, se solía escuchar en las conversaciones de diferentes presidentes de las distintas federaciones de Conmebol. 


Con esa personalidad tomarían rumbo al país donde más guillotinados ha existido en la historia de la humanidad. Le France recibía a la banda de Paulo César con los brazos abiertos. En el sorteo, eso sí, no sería tan generoso con los sudamericanos, quienes quedaron en el grupo de la muerte con España, Nigeria y Bulgaria. 


El primer duelo fue ante los búlgaros, cuya generación dorada venía en el ocaso. Capitaneados por Stoitchkov, junto al bueno de Balakov, intimidaban más por el recuerdo que por su actualidad. Su cuarto lugar en la cita anterior era un antecedente a tomar en cuenta, sin embargo, nada de eso plasmaron sobre la cancha. El resultado final fue un triste empate a cero.


Con la necesidad de sumar, los sudamericanos enfrentaron a la Madre Patria. La selección española comandada por el aburrido Javier Clemente venía dolida tras perder con Nigeria. Zubizarreta figuraba cuestionado, mientras Hierro capitaneaba en las sombras a una insegura escuadra. En Saint Etienne midieron fuerzas, pero no se sacaron ventajas. Con una zaga sólida y un Chilavert superlativo, los guaraníes dejaban el arco en cero por segundo juego consecutivo. 


El último match los confrontaba a la sorprendente Nigeria, que tras dos triunfos había asegurado su pase a la siguiente ronda. Paraguay iba segundo, pero si no vencía a las Águilas Verdes diría adiós al torneo galo. Bora Milutinovic, el DT de los campeones olímpicos, en una estrategia desacertada decidió ir con gran parte de los titulares. En un duelo donde no se jugaban nada, alineó a Kanu, Oliseh, West y Babangida, entre otros. 


En la previa, el Colorado se encomendaba al ser en el que muchos depositan su confianza pero que nadie nunca ha visto, el famoso Dios. Dicen que suele dotar a las personas que en él creen de poderes especiales y prueba de ello sería la grandiosa victoria que los paraguayos obtuvieron sobre los africanos. Todo se inició con un gol de Celso Ayala al minuto de juego, que sería contrarrestado por Oruma. A sabiendas de que España se fornicaba a Bulgaria, la presión aumentó, puesto que el empate no servía. Fue así como el fantasista Miguel Ángel Benítez clavó un derechazo maravilloso en las redes nigerianas, poniendo nuevamente arriba a los guaraníes. La función la selló el sempiterno goleador José Saturnino Cardozo con un disparo cruzado que dejó sin opción al guardameta.


Para la ronda de dieciséis mejores se enfrentarían a uno de los peores rivales que se podía tener. La Francia comandada por Aimee Jacquet venía envalentonada tras una campaña perfecta en la fase previa. Sin Zidane, pero con Henry, Trezeguet, Djorkaef, Pires y Petit, el volumen ofensivo no se vería mermado de gran forma. Eso le gustaba a Gamarra, Celso y Chila, verdaderos laburadores en lo que a evitar goles se trataba. Enfrentar a los mejores los motivaba y hacía que su nivel subiera considerablemente.


Aquella jornada en Lens tuvo un solo protagonista. La escuadra local intentó desde el pitido inicial vulnerar la valla defendida por José Luis, pero este tenía un muro impenetrable que protegía cada uno de los embates del adversario. Carpegiani no estaba de joda y dispuso una línea de cuatro con el Chiqui Arce, el Colorado, el Chito Ayala y el Cabo Sarabia. Bajo el lema “Puede pasar la pelota, pero no el jugador”, disputaron un partido que sacó elogios. 


Jacquet, absolutamente desesperado, sacó a su crack Thierry Henry porque había sido totalmente anulado por la zaga guaraní. Lo mismo un joven Trezeguet, que perdía cada duelo ante la indestructible dupla Gama-Yala. Llegó el partido al alargue, los franceses comiéndose las uñas, nerviosos, se llegaban a repartir ansiolíticos en las tribunas del estadio. Era todo un caos hasta el minuto ciento catorce, donde en la que tuvo, David de Argentina le pivoteó un balón al improvisando atacante Laurent Blanc, quien viéndose en inmejorable posición fusiló a Chilavert marcando el gol de oro que dejaba a Paraguay fuera del Mundial.


En la cancha la celebración fue total. Tras la tensión venía el relajo, pero al mismo tiempo el reconocimiento. Los vencedores saludaban a los vencidos, felicitandolos por haberles hecho la tarea tan difícil. Tiempo después, algunos miembros de esa plantilla campeona del mundo confesarían que el partido donde las vieron más negras fue ante la Albirroja. “Es que hermano, no sabíamos por donde meter un gol. Y si llegábamos a penales teníamos en frente al mejor del planeta. A Laurent le estaremos eternamente agradecidos”, revelarían de la interna de Le Blues.


Tras esa batalla, el saldo para los paraguayos sería tremendamente positivo. Se dieron cuenta que podían lograr cosas importantes y marcar una época de éxitos a nivel colectivo, puesto que demostraron no tener techo. Como si fuera poco, los expertos eligieron a Chilavert y Gamarra como miembros del equipo ideal de la copa.


El oriundo de Capiatá fue un central completo. No solo realizaba su función principal con maestría que era recuperar balones e impedir que los delanteros convirtieran, sino que se aventuraba en ataque con gran decisión y peligrosidad, cuando decidía dejar su feudo y embarcarse en una carrera hacia el arco rival. Fiero en la marca, gozaba de gran juego aéreo y condiciones naturales de liderazgo. Fue el Caudillo guaraní del fin de siglo, ese que por la Albirroja era capaz de dar la vida. 


Y es así niños cómo concluye la historia de Carlos, un tipo que le ganó la vida y que como los jesuitas contra la dictadura de Stroessner, no claudicó en su lucha, por más duras que fueran las derrotas. Descendiente de una raza de guerreros que dieron la vida por su patria, en la guerra contra la Triple Alianza y en la guerra del Chaco, replicando ese pundonor en la batalla de Lens. En todas cayeron, pero sacaron lecciones imborrables. Colorín Colorado este cuento se ha acabado.


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