Con fecha 8 de julio de 2014, en Belo Horizonte, Brasil, estadio Mineirao, ante 58.141 espectadores, una pandilla de centroeuropeos perpetró el asalto más humillante que conozca la historia del fútbol brasilero, instalando a su ariete goleador como el mayor anotador en los Mundiales.
Miroslav Josef Klose nació en Opole, una pequeña ciudad situada a orillas del río Oder, Polonia, un nueve de junio de 1978. Al igual que otras naciones al este de Europa, su país se encontraba controlado por el Partido Popular de Polonia, siendo uno de los estados satélites de la URSS. Como en toda dictadura, era esa élite política conglomerada en el Politburó local la que tomaba las principales decisiones sobre el devenir de la patria, designando entre otros cargos a los jefes de estado y de gobierno. Para ese año aquellas magistraturas se encontraban en manos de Henryk Jablonski y Piotr Jaroszewicz respectivamente.
Sin embargo, ese año la política, el deporte y todo lo demás pasó a segundo plano tras el Cónclave de Octubre en la Santa Sede. En dicha reunión la curia papal decidió que el nuevo Sumo Pontífice de la religión con más adeptos a nivel mundial sería presidida por Karol Wojtila, quien hasta entonces era arzobispo de Cracovia. El bueno de la película asumiría bajo el nombre de Juan Pablo II y comenzaría con un plan de expansión evangélica sin precedentes en la historia de la Iglesia Católica. Estuvo en todas partes, se sentó con muchos de los grandes líderes mundiales y les dio cara. A los malos les pidió que dejaran de serlo y a los no tan malos les volvió a confirmar que serían bienvenidos al reino del Señor.
Un santo para la comunidad católica, no tanto para las miles de víctimas de abusos sexuales perpetrados durante décadas por parte de sus colegas, quienes presentaron denuncias ante el Vaticano, el cual, durante la gobernanza de Karol, hizo oídos sordos a semejantes “blasfemias”. Nunca se sabrá si lo hizo de ignorante, incrédulo o con mala fe, lo cierto es que fueron sus sucesores quienes alzaron la voz de manera más categórica ante este tipo de delitos amparados en la parábola del Señor.
Con la proclamación del oriundo de Wadowice en el trono del estado independiente con domicilio en Roma, Polonia volvía a aparecer en todas las portadas de los periódicos a nivel mundial. La última vez que había ocurrido esto fue cuando treinta y nueve años antes los nazis habían invadido su territorio, hecho que marcaría el detonante de la Segunda Guerra Mundial. “Si te metes con los polacos te metes con todos nosotros”, le habría dicho el gordo Churchill al bigotón Adolfo.
Otro de los grandes acontecimientos que marcaron el rating en el canal estatal de la República Popular fue el Mundial de fútbol celebrado en Argentina. La fuerte selección polaca, que venía precedida de un cuarto lugar en la copa anterior, se logró colar en la segunda ronda del torneo tras vencer a México y Túnez. Ahí la banda liderada por el sempiterno Lato, el talentoso Deyna y el potente Boniek, caería derrotada ante los locales y brasileros, viéndose privada de alcanzar la tan anhelada final.
Mientras tanto en Opole, Jozef y Barbara soñaban con que el pequeño Miroslav amara la vida y los deportes como ellos lo hacían. Jozef el fútbol y Barbara el balonmano. Ambos eran importantes atletas que hicieron lo que amaban y buscaron que a medida que sus hijos crecían siguieran su ejemplo. Si era en los deportes, la cultura, las humanidades o las ciencias daba lo mismo, dado que lo importante era hacer lo que a uno le gustaba.
Pero Jozef tuvo suerte, porque cuando su pequeño Miroslav tuvo por primera vez una pelota entre sus pies no la soltó más. Y eso ocurrió en su tierra natal, luego en Francia y, por último, en la que se convertiría en su lugar en el mundo por adopción: Alemania. En la escuela lo bautizaron como El Polaco, por más que se esmeraba en explicar que sus antepasados eran tan germanos como sus compañeros.
“Los Klose son originarios de la región de Silesia, que era parte de Alemania hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Tras eso, Opole pasó a ser territorio polaco”, les explicaba visiblemente acongojado el muchacho a sus camaradas. Daba lo mismo, ya que el bullying por su origen había llegado para quedarse. La vuelta de mano venía en los recreos, donde El Polaco se lucía humillando a conocidos y desconocidos, a amigos y rivales, a muchachos más pequeños y más grandes. Todos pasaban por esa máquina para hacer goles.
Eso sí, durante su infancia y adolescencia, el balompié no era más que un hobby. El muchacho tenía condiciones pero no estaba totalmente decidido a dedicarse a tiempo completo al deporte. Miroslav veía al balón como una novia más dentro del proceso de descubrimiento de la vida. Lo pasaban bien juntos, hacían lindos panoramas, pero no convencía para tirarle anillo y sellar un compromiso hasta que la muerte los separe.
Su vida transcurrió entre las canchas de fútbol, las aulas de clases y los talleres de carpintería, puesto que hasta los diecinueve años tenía planeado ejercer dicho oficio. “Carpintero puedes ser cuanto te retires, en cambio, futbolista tienes que ser ahora. No puedes desperdiciar todo ese talento en andar haciendo cosas con maderas. Me llega a dar rabia pensar que Alemania se puede privar de un tipo como tú”, le decía Otto, uno de sus grandes amigos de infancia, en uno de sus últimos intentos por convencer a su partner de ser jugador profesional.
En eso estaba cuando el Kaiserlautern lo observó. El club domiciliado en el estado de Renania Palatinado le dio la chance de jugar en primera división y El Polaco se decidió por aceptar esa oportunidad. En la temporada 2000-2001 se afianzó como el ariete titular de Los Diablos Rojos y dos años después Rudi Völler lo nominaba para representar a la Selección de Alemania en la Copa del Mundo de Corea-Japón 2002. “Te dije concha de tu madre”, le recriminaba vulgarmente el mismo camarada tras conocerse la noticia de su convocatoria a la cita mundialera.
Su debut ante Arabia Saudita fue revelador convirtiendo un hattrick en una abultada victoria germana por 8-0. Las posteriores conversiones ante Irlanda y Camerún lo situaron como el máximo artillero de la fase grupal. Luego, su pólvora se mojaría, no así la de su colega Ronaldo, que metería ocho en esa Copa, siendo los dos más importantes aquellos que convirtió en la final ante los germanos, que permitirían a la Verdeamarela bajar su quinta estrella. Dicen que ahí comenzó a fraguar su venganza deportiva contra el Fenómeno, que no solo le hizo perder la final con su selección, sino que también el título de goleador de la Copa.
Sus actuaciones exigían un upgrade laboral, motivo por el cual se mudó de Kaiserlautern a Werder Bremen. Con los Verdiblancos se consagró como uno de los delanteros más letales de la Bundesliga y también como uno de los tipos más correctos, puesto que en un partido ante el Arminia Bielefield el árbitro pitó penal por una supuesta falta en contra suya, en condiciones que solo había resbalado dentro del área. Consciente de que su caída indujo a error al colegiado le confesó que el arquero rival no lo había tocado. Un loable gesto en un deporte donde muchas veces el engaño, la trampa y el sacar provecho de toda situación antideportiva parecen primar sobre la rectitud y lealtad en los comportamientos de los protagonistas. Por tal motivo, la Federación Alemana le otorgó el premio Fair Play del 2005.
A la temporada siguiente, salió goleador de liga. Dicha producción le aseguró de manera absoluta la titularidad para el Mundial 2006 que se celebraba en casa y el bombardero respondió con creces. Cuatro goles en la primera ronda, dos ante Costa Rica en el partido inaugural y otro doblete ante Ecuador para asegurar el liderato del grupo. Luego, en cuartos de final, le convirtió a Argentina, su víctima favorita en este tipo de competencias. Dicha conversión ante los gauchos fue la más importante que habría de conseguir, puesto que ocurrió a diez minutos del término de un juego en que caían por 1-0. Luego, en semifinales de la copa perderían con Italia, que a la postre resultaría el campeón.
“No llores amigo. Nadie es profeta en su propia tierra. Lo que sí te puedo asegurar es que antes de retirarte levantarás ese trofeo”, le decía su amigo Markus para consolarlo, sin saber que esa frase que reprodujo sin pensar se cumpliría efectivamente. “De haber sabido que podía predecir el futuro me habría puesto a leer las cartas y no seguiría de vendedor de juguetes eróticos”, se lamentaba unos años después.
Tras ese honorable tercer lugar, los bonos de Miro subieron como la espuma de la cebada en un vaso de quinientos centímetros cúbicos. El importante cuadro de Bremen que contaba con sus servicios le quedó chico. Era un clase mundial y necesitaba defender los colores de una institución acorde con su estatus. Como el tipo estaba tocado por la varita mágica esa oportunidad no tardó en llegar. El Bayern Múnich le abrió las puertas y el killer no lo pensó dos veces.
Ese mismo verano llegaría al gigante alemán el italiano Luca Toni y el francés Franck Ribery. Con el tano conformaría una delantera brutal que pulverizó redes en el ámbito local e internacional, ratificando que estaba en condiciones de rendir a buen nivel en la élite del fútbol de clubes. Mientras batallaba por posicionar a los bávaros entre los mejores llegó el Mundial 2010 y una nueva convocatoria para liderar el ataque de la Die Mannschaft.
Sudáfrica fue el escenario de la tercera copa de Miroslav. En tierras africanas convertiría cuatro, igualando así el registro del sempiterno artillero alemán Gerd Müller. Eso sí, el Torpedo lo había logrado en solo dos mundiales, siendo el último de sus tantos el que le dio el título a su selección en 1974. Veintiséis años después, el Polaco se matricularía con un tanto ante Australia, otro frente a Inglaterra y con un doblete ante la Argentina del Diego. Al igual que en casa, caerían en semifinales, esta vez ante España.
Una campaña más con el todopoderoso de Múnich sería suficiente. Había que decidir dónde recalar para seguir en forma y perpetuar su legado fuera de las fronteras de su nación era una idea que lo seducía. Entre las opciones surgió la Lazio. Recordó cuando estudiaba el ramo de historia universal en la escuela y lo impresionado que quedó ante la majestuosidad del famoso imperio romano. Asimismo, rememoró lo mucho que admiraba a los equipos de la Serie A. Deseoso de seguir cumpliendo sueños, firmó con el conjunto capitalino.
En Italia recobró la confianza que había extraviado la última temporada en su hogar. Su producción ofensiva volvió a tener números azules y sus ganas de causar una buena impresión para que Löw lo siguiera tomando en cuenta en el ataque de la selección persistían igual que la primera vez que lo nominaron. Su verdadero pacto de sangre era con la casaca blanca que tiene adherido un águila en el pecho, siendo con la que mejores rendimientos exhibió. “Puede llevar un mes sin anotar con su club, pero se pone la camiseta de Alemania y se transforma. Le vuelve el alma al cuerpo. Es realmente increíble”, sostenía emocionado su padre Josef.
Vistiendo la casaquilla de la Lazio comenzó a analizar a las futuras generaciones. Los chicos no venían con la misma cuota de humildad con la que había crecido con él. Para los de su generación el fútbol lo era todo, mientras que para estos muchachos era solo una profesión, centrando su atención en superficialidades como autos caros, chicas guapas, casas de lujo y joyas. Cuando viajaba a jugar por la selección alemana la sensación era la misma. “Estos pendejos están preocupados de puras imbecilidades. No son capaces de ayudar al utilero a sacar los balones del bolso. No muestran un mínimo de compañerismo y empatía. En nuestros tiempos éramos nosotros mismos quienes traíamos las pelotas y ubicábamos los conos para practicar”, le comentaba a su primo Stefan.
El momento del retiro se acercaba. Sentía que la disciplina de la que se enamoró ya no era la misma. ¿Era todo que cambiaba de forma vertiginosa o era él que con los años se había puesto más mañoso?. No lo sabía, pero se sentía raro. Eso sí, dichas emociones no fueron obstáculo para que se preparara como un muchacho que debe rendir una prueba de selección universitaria para un nuevo desafío. Le quedaba pendiente una última función con la Die Mannschaft: la Copa del Mundo de Brasil.
En las eliminatorias los teutones arrasaron. Acabaron líderes en una zona que compartieron con Kazajistán, Austria, Suecia, Islas Feroe e Irlanda. El saldo de veintiocho puntos sobre treinta en juego permite hacerse una clara idea de cómo perfilaban sus intenciones de dominar el mundo en las imponentes canchas brasileñas. El único empate se dio en un duelo increíble donde Suecia remontó un 4-0 en contra para igualar al minuto noventa y tres.
La variedad de volumen ofensivo con la que contaban bordeaba la obscenidad. A Klose se sumaba el aporte de Özil, Schürrle, Müller, Götze y sobretodo de Reus, quien finalmente se perdería la cita planetaria por una desgraciada lesión en el último juego preparatorio ante Armenia. Si a eso se suma que en el centro del campo eran resguardados por Khedira y Kroos, tenemos una combinación más peligrosa que la mismísima SS nazi.
“Yo creo que este torneo puede ser nuestro. Veo al equipo más fuerte que hace cuatro años y la mezcla entre experiencia y juventud que poseemos es fundamental”, decía Löw mientras llevaba su mano derecha desde sus testículos a su nariz ante la mirada atónita de su ayudante Hans-Dieter Flick.
Al recibir la confirmación de que estaba entre los veintitrés, Miro reflexionaba sobre las coincidencias del destino. El año 2006, Ronaldo había superado el récord de anotaciones en un Mundial que tenía Gerd Müller llegando a la impresionante cifra de quince goles. Lo había hecho en Alemania, país de origen del Torpedo. Ahora él estaba en una situación similar. Si lograba convertir solo dos dianas superaría el registro del carioca en su propia tierra. Por otra parte, no olvidaba como el Fenómeno le había roto el corazón en Asia, motivo suficiente para planear una dulce revancha.
Para dicha competición la escuadra del Joaco Love quedó ubicada en el grupo G junto con Portugal, Ghana y Estados Unidos. Su participación comenzó enfrentando a la complicada escuadra lusa que contaba con el jugador del momento Cristiano Ronaldo. Sin embargo, ni el ariete ni los mediocampistas ni los defensas ni el arquero aparecieron esa vez, dado que los germanos los vapulearon por 4-0 con un hattrick de Thomas Müller. Para el segundo duelo del grupo, la poderosa escuadra africana les complicó la vida. No fue hasta el minuto setenta y uno que el oriundo de Opole puso la paridad a dos final. Se gritó harto ese gol, puesto que no solo permitía mantener el honor y rescatar un punto, sino que también con aquella anotación igualaba el récord de El Fenómeno de quince dianas en Mundiales.
El cierre en Recife también se lo llevaron los bávaros merced a un solitario gol del Thomas bueno, que permitió igualmente pasar de ronda a los norteamericanos, dirigidos por el bombardero Klinsmann, por lo que hubo doble celebración sobre el terreno de juego y abrazo fraternal entre los técnicos. Así la escuadra germana lograba cerrar una fase con sabor a menta y chocolate. En el país todo era optimismo pero en las batallas de eliminación directa era donde realmente se vería de que estaba hecha esa camada de cracks.
Se medían ante Argelia, que había dejado una imagen muy interesante en sus duelos previos. La sociedad en medio terreno de los pelados Brahimi y Feghouli fascinaba por su empuje a la hora de buscar el arco rival. También habían otros que en los años posteriores se situarían en grandes escuadras europeas como Ghoulam y sobre todo Riyad Mahrez.
En los noventa iniciales no se hicieron más que caricias, viéndose obligados los miles de concurrentes a la batalla, a permanecer treinta minutos adicionales. Fue ahí donde el rubio natural Andre Schürrle puso el primero de los goles de la prórroga, tarea que sería complementada por el zurdo Özil a poco del final sellando así el triunfo de los domiciliados en Berlín, dejando en nada el descuento conseguido por Djabou.
La guerra franco prusiana se exhibía ante los espectadores cariocas en un Maracaná lleno. A los trece minutos de juego, el fachero de Mats Hummels ponía un testazo que abría el marcador. Los galos, ofendidos tras ese tempranero golpe inicial, se volcaron desaforadamente sobre el pórtico de Manolo Neuer. Lo intentó Valbuena, Benzema y el Toni Griezmann, pero no hubo caso. Al igual que el conflicto en el siglo diecinueve, la victoria sería para el pueblo germano.
El estadio Mineirao de Belo Horizonte se ponía esmoquin, perfume, gomina y zapatos bien lustrados para recibir a los dueños de casa contra los invasores centroeuropeos que querían llevarse el botín de oro. Una multitud recibió a los del Orden y Progreso esperanzada de acceder a la gran final de la copa por ellos organizada. Sin embargo, la tropa comandada por Joaco Löw fraguaba una sorpresa sin precedentes en suelo brasileño.
A los once minutos de juego Müller ponía a Alemania arriba en el marcador. La primera cachetada más que despertar a la Verdeamarela la terminó dopando, porque no existió atisbo de reacción en los seiscientos segundos de diferencia que tuvieron que pasar para presenciar un momento épico en los Mundiales.
Kroos tomó la pelota y encaró en dirección al área de los vestidos de amarillo con azul. Nadie le salió al cruce teniendo el espacio necesario para filtrarle un pase a Tomate Müller, quien viendo que Klose estaba increíblemente desmarcado y en mejor posición le dejó la pelota para que hiciera historia. El capo de Miroslav definió, pero Julio César contuvo, con la mala suerte que dejó un rebote que recogió el mismo killer de Opole para con el arco vacío poner el 2-0.
Con esa anotación, el muchacho que a los veinte años ejercía de carpintero en algún lugar del territorio alemán se convertía en el máximo goleador de la historia de la World Cup destronando en su propia casa a Ronaldo. “El verdadero superhombre del cual hablaba Nietzsche es él. No cabe dudas, es superior al resto. Su grado de desarrollo espiritual, moral y futbolístico es prueba de ello”, cuentan que decía un estudiante de filosofía en la Universidad de Frankfurt.
Tras cartón, Toni Kroos se apuntaría en el marcador con un doblete y luego Sami Khedira sellaría un 5-0 categórico a favor de la Die Mannschaft. En el vestuario, los caballeros que vestían de negro aquella noche dejaron bajar la intensidad, pero los brazucas exhibían un nivel tan pobre que aún así encajaron dos dianas más obras de Schürrle. Finalmente, Oscar maquillaría la peor derrota sufrida por la Verdeamarela en toda su existencia. 7-1 acababa un duelo que muchos pensaron que fue una ilusión. “Soñé que Brasil perdía por siete. Parece que debo dejar el consumo de alucinógenos”, le susurraba Joao a su hermano Vítor en una húmeda favela de São Paulo. El problema para el receptor del mensaje es que lo que su brother supuso que había soñado era la dolorosa realidad con la que tendrían que convivir desde ese momento en adelante.
En la final enfrentaron a Argentina. Era la tercera oportunidad en que se encontraban en la instancia decisiva. Dos países pioneros, que contaban con la particularidad de estar presididos por dos mujeres. Cristina Fernández y Ángela Merkel dejaban la sororidad de lado y le deseaban lo peor a la otra. El fútbol exacerbaba pasiones y eso bien lo sabían las dos mandatarias oriundas de tierras con altos índices de locura asociados al deporte rey.
En un partido no apto para cardíacos, el cara de bebé Mario Götze puso el único tanto a los ciento trece minutos desatando el descontrol en el banquillo de la fantástica Deutschland, así como también las hilarantes burlas del picante Thomas Müller a los gauchos. “Fiesta, que fantástica esta fiesta, esta fiesta con amigos y sin ti”, le cantaba la banda teutona a Leo Messi.
Mientras todo eso ocurría, Miroslav agradecía al divino por tamaño favor concedido. En su última experiencia mundialera, el astro había batido récords y se había hecho con la medalla de oro. Su aporte fue único y revelador, como el mensaje que muchos consideraron tuvo otro polaco, que adoptando el nombre de Juan Pablo II predicó parábolas por todo lugar donde lo dejaron entrar. JP fue canonizado en Roma, mientras Klose fue declarado santo patrono de los goles en una calurosa tarde de Belo Horizonte.
La leyenda que es contada a los niños en el pequeño condado de Saarbrücken, así como en Bremen, Kaiserlautern, Stuttgart y en Opole, dice que hubo un goleador que optó por defender a la Selección Alemana pudiendo haberlo hecho por Polonia, que a base de esfuerzo y dedicación trabajó para aportar en lo suyo que eran los goles y que tras cuatro citas planetarias se erigió como el que más pelotas en las redes hubo de meter entre todos los mortales que alguna vez las disputaron. “... con gol a Brasil en Brasil y sacándole el podio a un brasilero”.
Quienes lo conocen aseguran que Ronaldo es un tipo por esencia alegre, que no derrama lágrimas por nada y que sabe sobreponerse a las adversidades. El tipo parecía de fierro, pero no lo era. Ese 8 de julio es también conocido como El día en que Ronaldo lloró.
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