Con fecha 27 de septiembre de 2007, en Hangzhou, China, estadio Yellow Dragon, ante 47.818 espectadores, la mejor futbolista del orbe convirtió por duplicado para conseguir la victoria mundialera más importante de las brasileras en toda su historia.
Marta Vieira da Silva nació el 19 de febrero de 1986 en Dois Riachos, Alagoas, al nordeste de Brasil. El mismo día que esta virtuosa emitía su primer grito de gol, los soviéticos lanzaban al espacio su primera estación espacial, llamada MIR, cuyo significado en ruso es paz o mundo. Justamente paz era lo que faltaba en el mundo en aquel tiempo.
Por esa época gobernaba en Brasil don José Sarney, líder del Movimiento Democrático Brasilero, que asumió las riendas de la nación tras el fallecimiento del que fuera elegido en las urnas: Tancredo Neves. Dicen que éste al percatarse que sería el primer presidente tras décadas de militares en el poder dijo a sus cercanos: “Siento que he logrado la cima de mi carrera política. Ahora que se que el pueblo me quiere, me puedo morir tranquilo”. Lo paradójico es que perdió la vida solo tres meses después de que sus compatriotas le dieran su confianza.
Controlar el gigante sudamericano era una tarea titánica y bien lo habría de padecer el Joselo, cuyo principal dolor de cabeza estuvo relacionado con la economía. Con tal motivo, una semana y media después de la llegada al mundo de la Garota de Alagoas, impulsó lo que se conoció como el Plan Cruzado, un plan económico que se creó para controlar la inflación y produjo exactamente lo contrario, llevando a fuertes pérdidas económicas a muchos ciudadanos. “Si elegí de Ministro de Hacienda al loco que le iba mejor en Matemáticas en mi colegio. Que iba a saber que no entendía nada”, le respondía el mandatario a sus críticos.
La crítica a su administración fue dura, no obstante, durante la misma hubo dos grandes triunfos de carácter político, que fue el llamado a elecciones directas para Presidente de la República tras veintinueve años y la publicación de una nueva Carta Magna en 1988. Al menos en lo transicional, tras el trauma social generado por los de traje verde, el tipo entregó garantías de que la colonia portuguesa podía respirar tranquila nuevamente.
Mientras tanto, en casa de los Da Silva nada era muy distinto de los demás hogares de Alagoas. Doña Tereza cambiaba los pañeles de su nena recién nacida mientras escuchaba a Aldário celebrar las anotaciones de Zico y compañía en el Mundial de México. Por aquel entonces las ilusiones de los seguidores eran infinitas con esa extraordinaria banda de Telé Santana, sin embargo, se toparon con la Francia de Michel Platini que en un juego reñido los depositó en el avión de vuelta a Sao Paulo.
Quizás la niña fue reteniendo cosas de ese deporte practicado por hombres con un balón de cuero. Claro está, porque las chicas no podían disfrutarlo, viéndose obligadas a hacer cosas “propias de las mujeres”. Eso a Marta la irritó desde pequeña. Pensaba y pensaba y no lograba entender la razón por la cual a ella se la forzaba a generar un gusto por las muñecas. A ella le fascinaba lo que hacían los chicos y ante eso nada ni nadie se pondría en su camino.
Casa con techo de zinc, múltiples precariedades económicas y unos hermanos que le hacían la guerra cada vez que la veían entre varones en una improvisada cancha. Esa era la realidad de Marta. La garota no solo debía luchar contra la pobreza, sino que también contra su condición natural de mujer, que en una nación de raigambre conservadora, profundamente católica, es aún más duro.
“Como se te puede ocurrir pensar en regalarle un balón de fútbol a la nena. Mírame a los ojos Aldario, ¿volviste a beber?”, le recriminaba malhumorada Tereza a su marido. Su Marta debía ayudar en la casa y no andar corriendo detrás de una pelota de cuero. Al no poder pagar sus estudios, su madre la llevaba consigo a vender frutas. Y ahí estaba ella, imaginando que los plátanos eran marcadores rivales, las piñas los balones y las sandías el guardameta rival al que debía derrotar. Estaba decidida a torcerle la mano al destino, porque tenía claro que poseía un potencial poco habitual para este deporte.
Fue así que jugando para el Centro Sportivo Alagoano fue vista por una cazatalentos que le ofreció una chance de probarse en Vasco da Gama. Sin dudarlo un segundo, la adolescente recogió dos prendas de vestir y tomó un bus que tardó tres días en llegar desde su natal Dois Riachos a Río de Janeiro. Dinero para comprar un ticket de avión era imposible en casa de los Vieira da Silva. “Me avisas apenas llegues a la residencia del club. No dormiré hasta que hayas llegado”, le decía su madre al despedirla en la terminal de buses.
En Vasco impresionó y obtuvo su primera oportunidad en el fútbol de primera línea. Del conjunto cruzmaltino pasó al Santa Cruz MG donde estaría dos temporadas antes de ser transferida al continente europeo. La competitiva liga de Suecia la recibiría con los brazos abiertos. El Umea IK sería el club que tendría los honores de contar con la joya en sus filas.
La escuadra representativa de la ciudad de Umea comenzaba a erigirse como la dominadora de la liga local por excelencia y sumaba a una zurda brasileña que llegaba con buenos pergaminos. Tras el primer entrenamiento, los dirigentes y sus compañeras no lo podían creer. “Es la versión femenina de Ronaldinho. Es impresionante lo que hace con el balón”, contaba una de sus colegas al llegar a su casa tras el primer día de Marta en el club. Y cómo no podía ser menos, la joya de Alagoas deslumbró en su primera temporada llevando a las suyas a coronarse en la Liga de Campeones.
Esa campaña comenzó de excelente forma para las escandinavas, que arrasaron en el grupo 3 de la segunda ronda del torneo. Partieron relajadas goleando 15-0 al Newtownabbey Strikers de Irlanda del Norte, para continuar con un 6-0 contra el Cluj de Rumania y concluir con un 2-1 ante el Sparta de Praga. Esa modesta campaña de veintitrés goles a favor y uno en contra los posicionó en los cuartos de final.
En la ronda de ocho mejores se vieron las caras con el Energy Voronezh ruso a quien derrotaron por 2-1 tanto de visitas como de locales. En semis vendría el concierto de Marta ante el Brondby danés. Clásico de las poderosas de la región, las mejores de Suecia y de Dinamarca se medían sobre las canchas nórdicas llenas de esperanzas, talentos y nieve. La ida fue para las suecas por 3-2, siendo la talentosa número diez sudamericana del Umea quien convertiría la última diana del cotejo. La vuelta para sellar el paso a la final de la Champions femenina volvió a tener como protagonista a Martica, que a los 35 minutos de juego pondría el único tanto de esa apretada llave con las vecinas.
A diferencia de la competición masculina que se disputa en sede única, la final femenina de Liga de Campeones incluía dos duelos. El sorteo quiso que el primer partido se disputara en la tierna y dulce Umea. Dulzona era para todas, menos para las muchachas del Frankfurt, que llegaban ilusionadas y se iban totalmente ultrajadas con un contundente 3-0 por la tropa nórdica. La heroína de aquel duelo de ida no fue otra que Marta, quien se matriculó por duplicado para sellar prácticamente la serie en el juego de ida.
No obstante la importante exhibición demostrada en Suecia, las muchachas debían confirmar que lo acaecido en su feudo no era mera coincidencia. Por tal motivo, se mentalizaron en obtener la Copa y se propusieron salir a buscar el cotejo desde el primer minuto. Las alemanas pujaban una y otra vez, pero la Joya de Alagoas no estaba para bromas. A los 27 minutos abrió la cuenta, dando paso a un carnaval de buen fútbol que concluyó con las escandinavas goleando por 5-0 a las germanas. La humillación sufrida por las jugadoras del Eintracht Frankfurt no tenía comparación. Frente a sus fanáticas eran vulneradas vil y descaradamente. Ahí estaba Birgit Prinz, quien años después cobraría venganza.
Con el Umea se cansó de obtener victorias. La liga local fue una verdadera dictadura de campeonatos por parte de las aurinegras. Cuatro al hilo de las suyas, con la zurda convirtiendo el balón de fútbol en su varita mágica para deslumbrar en los fríos céspedes del norte de Europa.
Tras llenar su palmarés personal de grandes competiciones a nivel de clubes, se venía un desafío mayor. En fútbol masculino han sido los más ganadores de la historia de los Mundiales, sin embargo, a nivel femenino no habían logrado reeditar esos éxitos. Con esa deuda pendiente llegó una nueva oportunidad de conseguir la Copa del Mundo para Marta y sus amiguinhas. El lugar, China. La misión, demostrarle al mundo que ellas podían ser las mejores y reinar en Asia. Los varones lo habían conseguido en Corea y Japón, por lo que el deseo de darse vuelta el continente asiático entusiasmaba a millones de brasileños.
El salto de la oriunda de Alagoas a la cúspide del fútbol femenino fue vertiginoso y osado. En sólo cuatro años partió de ser la primera mujer en las pichangas de barrio en su pueblo natal a ser campeona de Europa a nivel de clubes. “Es más o menos lo mismo. Lo único que cambia es que acá es más profesional”, ironizaba la mortífera goleadora cuando le preguntaban sobre la comparación.
Nadie es profeta en su propia tierra dice el refrán, pero Marta no quería escuchar eso. Tras sus buenos años en Suecia, soñaba con obtener el máximo trofeo mundial a nivel de selecciones. Ya se había quedado con los Juegos Panamericanos y el Sudamericano de 2003, había logrado la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Atenas, pero en Mundiales las mujeres estaban al debe. Muchos les exigían el mismo nivel de protagonismo que los varones y les hacían sentir ese peso.
Bajo ese contexto de presión, pero al mismo tiempo de ilusión, partieron las dirigidas por Jorge Barcellos a la cita planetaria en China. Era el quinto mundial y los títulos precedentes se repartían entre gringas, noruegas y alemanas. “Es hora de que la Copa se venga a Sudamérica”, decía un eufórico coach antes de subir al avión que los llevaría a la tierra más poblada del mundo.
En la fase de grupos las sudamericanas exhibieron lo bien que llegaron a la competición. Golearon por 5-0 a Nueva Zelandia, luego derrotaron a las locales por un contundente 4-0, para concluir con una nueva victoria, esta vez ante Dinamarca, con un gol en los descuentos de Pretinha. La número diez mostró todo su repertorio marcando un doblete ante oceánicas y asiáticas.
El mensaje fue claro en la fase grupal, pero nada estaba asegurado desde los cuartos de final en adelante. Una mala tarde y los pasajes de regreso con dirección a Guarulhos deberían ser tramitados con suma urgencia. Nadie buscaba eso ni lo merecían tampoco tras el glorioso fútbol exhibido previamente, pero este era un deporte donde las rivales se tenían que matar durante noventa minutos y los triunfos morales no se encontraban en el diccionario de las sudamericanas.
En el horizonte venía Australia, equipo duro, que venía invicto de su fase grupal. Las de Sydney soñaban con ganar y buscarían oponer toda la resistencia posible, pero sus expectativas tardaron cuatro minutos en ser enterradas. Formiga abría la cuenta para la Canarinha, que aumentaría a los veintitrés mediante un penal convertido por Marta. Las oceánicas no se quisieron dar por vencida y lograron igualar a dos el tanteador, pero Cristiane, la pareja de ataque Martuca convirtió el definitivo 3-2 con que se selló el pase a semifinales.
La ciudad de Huangzhou se vestía de gala para recibir a las dos mejores selecciones del continente americano. Por un lado, las descendientes de Lincoln y Washington, mientras que por el otro, las descendientes de portugueses. Claro está que acá las favoritas eran las norteamericanas, que ya contaban en sus vitrinas con dos mundiales y con un equipo de profesionales que se imponían con autoridad en la categoría. Las brazucas de a poco marcaban su camino, pero se tenían una fe de locos para ese duelo.
“Recordémosle al mundo quiénes son las herederas del jogo bonito. No hay lugar en el mundo donde se practique de manera más perfecta el fútbol que en nuestra tierra. Ahora sólo queda ratificarlo en la cancha. En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo. Amén”, rezaba el catedrático Barcellos previo a entrar a la cancha.
Nada más comenzar el partido se comenzaron a tomar el pulso en un entretenido comienzo. Veinte minutos de idas y vueltas, donde las veintidós gladiadoras sobre el terreno de juego demostraron que querían llevarse el triunfo. Veinte minutos, nada más, porque tras eso el dominio brasilero fue abrumador. La cuenta se abrió mediante un saque de esquina servido por Formiga que la displicente Leslie Osborne cabeceó en contra de su portería. Los ojos de los miles de asiáticos en las gradas se abrieron como nunca al no poder creer la chambonada de la mediocampista.
Las damas de blanco aquella noche intentaron revertir la adversa situación inicial, pero no les fue posible. La razón tiene su origen en la pequeña Alagoas, responde al nombre de Marta y esa jornada quiso ratificar ante todo el mundo que era la mejor futbolista del orbe. Jugada intrascendente por la banda que la zurda recupera exitosamente al birlarle la bola a una rival, agarra la motocicleta y encara con una decisión inusitada el pórtico gringo. Como Maradona ante los ingleses fue dejando defensoras en el camino, se hizo un espacio y ensayó un zurdazo que se coló pegado al palo izquierdo de la golera. Golazo de Marta, para poner un esperanzador 2-0… pero quedaba algo más.
Como si de humillar al rival se tratara, las de arriba no bajaron la guardia y armaron una bella jugada de contragolpe para aumentar la ventaja. Recibió Marta, que vio como Formiga le picaba al vació y ahí envió la pelota. La mediocampista avanzó y observó como Cristiane totalmente destapada le alzaba las manos, le dio el pase y la ariete, con una cabeza fría que hiciera recordar al mismísimo Romario, no se arrugó un segundo, controló y definió ante el achique de la vulnerada portera.
“La vida es un carnaval y es más bueno vivir bailando”, rezaba el coro de la canción obra de Celia Cruz. La cubana se imaginaba su aplicabilidad en una pista de baile, no así en una cancha de fútbol, pero las domiciliadas en el gigante de Sudamérica quisieron improvisar esa lírica sobre la de hierba. Por tal motivo, lo ejecutado por Marta para el último gol es sencillamente sublime.
Recibe un balón en el vértice izquierdo del área yanqui. Sin pensarlo dos veces se hace un autopase de taco para eludir a la marcadora, quedando en una inmejorable posición de remate, pero al ver que una segunda defensa podría obstaculizar la materialización de su jugada maestra, enganchó con la zurda, quedando con un ángulo de remate inmejorable y definiendo de derecha. Tras esa conversión la algarabía fue total. En la cancha se escuchaba “cerremos la puerta por fuera”, en clara alusión a que esa noche a las de casaca amarilla les salía literalmente todo lo que intentaban.
Brasil llegaba con toda la perso a esa definición, pero al frente estaba Alemania. Las teutonas eran las últimas campeonas y no habían concedido un solo gol en los cinco partidos precedentes. Nadine Angerer no había experimentado aún la sensación de encajar un balón y temía perder ese invicto ante la nueva crack. También estaba Birgit Prinz, que no olvidaba la final que Marta y compañía les habían ganado, humillación mediante, con el Umea. La goleadora germana planeaba su venganza en Shangai.
Prinz liderando a las alemanas, Aline a las brasileras, se abría el telón de la gran final en una estrellada noche en la bella China. Marta le pedía a Deus que le diera la posibilidad de bajar la primera estrella, pero al parecer su Dios cristiano estaba atendiendo otra llamada. El que sí respondió a las plegarias fue el bueno de Martín Lutero, que les envió fuerza y rebeldía a esa tropa germana para derrotar con categoría a las meninas.
El primer gol fue de la Birgit tras un pase de Simsek, mientras que la estocada final la puso Laudher a cuatro del final. Para la ídola de Dois Riachos fue una jornada tristísima. Tuvo el empate a uno con un lanzamiento penal que la solvente Angerer detuvo adivinando la intención de la garota. Al parecer, el divino no quería concederle la dicha de triunfar en un Mundial. “Te di talento, un estado físico privilegiado y una salud indestructible. No me pidas que también te deje la Copa en bandeja”, cuentan que le susurró un ángel al momento de privarle del trono máximo.
Como fuera, Marta es una garota que se convirtió en mulher. En el Mundial de China fue una verdadera reina sin corona, quedándose con el balón y el botín de oro, los dos trofeos de carácter personal que se otorgaban. La victoria fue individual, pero la grupal debía esperar. Así había sido la vida de esta niña, que superó todas las adversidades, tanto socioeconómicas como de género, para llegar a ser la número uno. Su vida tuvo luchas duras, le torció la mano al destino, ese que la condenaba a comprometerse con un chico de su pueblo y ser una correcta ama de casa. Era una ganadora innata y su lucha por alcanzar la gloria estaba solo comenzando.
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